Corridas de Toros en el Virreinato de la Nueva Granada

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Corridas de toros en el Virreinato de la Nueva Granada en el siglo XVI

Redacción: Carlos Cruz https://www.elnacional.com/

Dedicado al Lcdo. César Dao Colina, excelente cronista de la historia taurina

Al revisar diariamente la historiografía del período hispano en América, frecuentemente nos topamos con estudios bastante interesantes; y aunque estos trabajos a menudo no estén directamente relacionados con nuestra investigación actual, su relevancia nos lleva a detenernos para leerlos y analizarlos a fondo.

El caso del Dr. Pablo Rodríguez Jiménez, un académico con maestría y doctorado en historia y docente de la Universidad Nacional de Colombia, es notable. En 1995, en la publicación Credencial Historia —una colección de artículos e investigaciones históricas disponible en la Biblioteca Virtual de la Red Cultural del Banco de la República de Colombia—, presentó un excelente trabajo titulado «Los toros en la colonia: fiesta de integración de todas las clases neogranadinas». En este documento ofrece una detallada explicación sobre las corridas de toros y sus orígenes en el Virreinato de la Nueva Granada, que fue uno de los primeros lugares en América donde se llevaron a cabo estas festividades.

En dicho estudio, el Dr. Rodríguez Jiménez da cuenta de que la primera corrida que se realizó en ese virreinato ocurrió en la ciudad de Acla, en el Darién, en el año 1532, con motivo de la llegada del gobernador don Juan Gutiérrez de Altamirano. Este personaje se había casado con una princesa indígena que adoptó por nombre cristiano Isabel del Corral, y además está considerado como el fundador de la ganadería de Atenco en México, la cual está reconocida oficialmente como la primera ganadería de toros de lidia en el continente americano y la más antigua del mundo que todavía existe.

Sobre este agasajo, la documentación de la época relata lo siguiente: “Con toda la dicha gente se salió a la plaza y corrió y capeó un torillo pequeño que se había encerrado, y porque era bravo se lo mandó a echar fuera…”.

Por otra parte, el autor ofrece una explicación pormenorizada del desarrollo de la tauromaquia en dicho virreinato, la cual podemos sintetizar de la siguiente manera:

  • En primer lugar, registra seis corridas de toros muy importantes celebradas en el siglo XVI: en 1532, por la llegada de Juan Gutiérrez de Altamirano; en 1545, con la llegada del adelantado don Luis Alonso de Lugo; en 1547, cuando tomó el mando Pedro de Úrsua; en 1551, a la llegada de don Miguel Díaz de Armendáriz; en 1551 (nuevamente), cuando tomó posesión Juan de Montoro; y en 1564, cuando Juan Diez Venero de Leyva asumió el gobierno de Santafé.
  • En segundo lugar, establece que las corridas de toros se realizaban en celebraciones civiles y religiosas —como la coronación del rey, el nacimiento de los infantes y las festividades de los santos patronos—. Estas eran organizadas por los cabildos, los cuales solicitaban ayuda a los hacendados para proveer los toros, y a los vecinos estantes para el financiamiento del llamado “Tablado de la Plaza Mayor” y la construcción de palcos y balcones. Esto significaba que en esa época las plazas mayores o reales se convertían temporalmente en plazas de toros mediante obras de carpintería; toda la plaza quedaba cercada con madera y las calles de alrededor se despejaban para que la población presenciara el espectáculo y lanzara sus vítores a los toreros.

Evidentemente, así como en las iglesias el lugar para sentarse dependía del estatus social, aquí ocurría lo mismo: los palcos y balcones se reservaban para las autoridades civiles, la alta sociedad y las autoridades religiosas. Según el Dr. Rodríguez Jiménez, antes de iniciarse la fiesta brava ocurría lo siguiente: “Las fiestas normalmente se iniciaban con un desfile a caballo de las autoridades locales, que recorrían los barrios leyendo los bandos e invitando a las festividades. Este recorrido iba acompañado de músicos y polvoreros. Había también mojigangas, comparsas y disfraces. Las jornadas de toros duraban según resultara bravío y furioso el animal. En cada día podían correrse cuatro o cinco toros. Tal parece que las cornadas y muertes de los temerarios no alteraban la alegría del certamen; simplemente eran sacados y las faenas continuaban. Las fiestas calaron hondo en todos los sectores de la sociedad neogranadina”.

Un dato curioso y muy valioso de este trabajo es que se documenta que a los indígenas les gustaban las corridas de toros; de hecho, se menciona que hubo indígenas de Coyaima, Natagaima y Ataco que se desempeñaron como toreros, al igual que personas negras de Cali, Medellín, Santafé y Cartagena.

Sin embargo, las corridas de toros no siempre disfrutaron de apoyo incondicional. En Europa surgieron opositores: en Roma se emitió una orden prohibiéndolas y, del mismo modo, S.M. el rey Carlos III de España intentó poner fin a esta práctica, aunque sin mucho éxito a largo plazo, debido a que estas festividades estaban profundamente arraigadas y permeaban todos los niveles sociales.

Para ilustrar este punto, podemos recurrir a las palabras del antiguo cronista Pedro María Ibáñez, quien al hablar sobre estos eventos señaló: “Luego de la corrida que fue brillante y aplaudida con frenético entusiasmo (como sucede en los pueblos que tienen mezcla de sangre española…), el virrey obsequió en palacio un delicioso refresco a la Real Audiencia, empleados y a las damas de la nobleza, ágape que se repitió en los días siguientes”.

Finalmente, animamos a todos los apasionados de la historia y la tauromaquia a sumergirse en este fascinante artículo, el cual nos ofrece una mirada detallada a una parte de nuestro pasado que merece ser recordada y que también nos habla del mestizaje de la hispanidad en América, tal como lo reflejaba el cronista Ibáñez al apuntar: “Como sucede en los pueblos que tienen mezcla de sangre española…”.

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