Sangrienta tarde en Las Ventas con las cogidas de Espada y el mexicano Fonseca, gravemente corneado en la espalda

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Isaac Fonseca recibe una cornada durante la corrida. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)

El azteca sufre una herida de 20 centímetros tras haber cortado una oreja con serenidad a un toro de mucha clase de Pedraza; el torero de Fuenlabrada sufre traumatismo craneoencefálico

Redacción: www.elmundo.es/autor/zabala-de-la-serna.html

La corrida adquirió un tinte sangriento con las cogidas a Francisco José Espada y, sobre todo, a Isaac Fonseca por la gravedad de su cornada en la espalda. Eran las 21.25 cuando el mexicano, jugándose el todo por el todo, con media Puerta Grande abierta, fue atrapado por una bestia durísima de Torrestrella, el último toro de la tarde. En la puerta del quirófano había silencio y preocupación por la delicada zona de la herida y los gestos de dolor del valiente mexicano ya en el ruedo. Cuando ha salido el parte facultativo se ha constatado la gravedad de la cornada de 20 centímetros pero a la vez se ha respirado tranquilidad por el control de la situación.

Reza así el parte médico: «Herida por asta de toro en cara posterior hemotórax izquierdo con una trayectoria ascendente de 20 cm. y que produce destrozos en músculos dorsal archo y paravertebrales, alcanzando y contusionando parrilla costal y apófisis espinosas dorsales. Puntazo corrido tercio superior muslo derecho. Es intervenido quirúrgicamente bajo sedacion y anestesia local en la Enfermería de la Plaza de toros y trasladado posteriormente al Hospital Fraternidad Muprespa-Habana con pronóstico grave»

Un mes exacto había transcurrido desde que Francisco José Espada pisó el ruedo de Las Ventas: el pasado Dos de Mayo dejó el pabellón alto con una dura emboscada de los toros/bueyes de El Montecillo, tan sólo no materializado el triunfo por el acero. Este domingo nació de nuevo cuando el fuerte y bruto quinto lo barrió con los cuartos traseros y lo cogió con un violencia terrorífica. El derrote en el aire fue para haberle arrancado la cabeza: afortunadamente fue con la pala del pitón. Quedó inerte, semiinconsciente. Y asi se lo llevaron a la enfermería, de donde no volvería para ser trasladado a la clínica de la Fraternidad con un traumatismo craneoencefálico (pendiente de estudio radiológico).

Era el principio de faena y se hizo cargo Juan Leal. Que se dobló -como procedía- con él. Increíblemente una parte de la plaza no le dejó desarrollar faena. La ineducación taurina de Madrid asusta. Leal, sin entender nada, abrevió. El currículo de Espada en Las Ventas es a sangre y fuego, preñado de infortunios.

Volvía también a esta plaza el hierro de Pedraza de Yeltes que lidió una importante corrida el Domingo de Resurrección, y lo hacía de nuevo con un conjunto enteramente cuatreño (remendado en esta ocasión por un toro de Torrestrella, con los cinco años cumplidos como el sobrero de Chamaco). Precisamente el de Chamaco sustituyó con su feo tipo de las calles a un hechurado toro que prometía cosas extraordinarias con su humillación y su son. Pero su frágil poder fue objeto de poco cuido -ay, la cuadrilla- y mucho capotazo. Un volatín en uno de ellos lo precondenó y el resto de su manejo lo sentenció. El suplente, sin cuello, descolgaba escasamente, manejable, de quebradizos apoyos, sin decir nada. Espada estuvo como suele cada vez que pisa esta arena, es decir, muy asentado. Le cogió el aire a su altura y sacó a pulso todo lo que había.

Con esas líneas y estilo del toro tristemente devuelto saltó Liriquillo. Como si en Pedraza hubieran hecho un trabajo de desbrozar las exageradas alturas de su procedencia Aldeanueva para seleccionar con más fineza. De aquellos pedrazas gigantes a este dibujo hay un abismo. Liriquillo fue preclaro de salida, tan definida su clase, su templanza, el medido poder -perfecto Raúl Ruiz en la brega- y, sobre todo, un pitón izquierdo sensacional. La cara colocada en los vuelos con admirable categoría. Esa fue la mano de Liriquillo y de la faena. Fonseca lo trató con inteligencia tras comprobar que el empuje menguaba por el derecho. Y al natural elevó la faena con tacto, oficio y listeza en la última de las tres series, a pies juntos. La serenidad a su cargo y la calidad a cuenta del toro. Un espadazo inapelable y una oreja en consecuencia y buena lid.

Le quedaba a Isaac Fonseca un cartucho y media Puerta Grande abierta. El torazo de Torrestrella también habría servido para la tauromaquia popular. Fonseca, que dejó la montera en la puerta de la enfermería por su compañero como un mal augurio para él, salió a tumba abierta hasta que lo hirió en un pase de pecho con saña. Atrapó el corazón de la plaza el percance, sembrando la angustia.

Juan Leal -que acabó matando cuatro toros- estrenó la tarde a porta gayola con un toro que salió como luego fue: muy distraído. Pasador y suelto, sin maldad, con movilidad, limitada capacidad de humillación y, por tanto, de entrega. Cada vez menos pese a que Leal apostó por no castigarlo.Quiso el francés darlo todo pronto con un inicio de rodillas que a poco no le cuesta un disgusto con la temeraria resolución del pase cambiado. Después persiguió la ligazón y dejársela siempre en la cara, pero no pasó nada -ni cuando acortó terrenos- por cuanto el toro salía desentendido. De muy parecido corte fue el otro de su cargado y casi exacto juego, de no ser porque arrollaba más, haciendo hilo en alguna ocasión. También hubo susto en el arranque -lo barrió con los cuartos traseros-, deseos no materializados en nada y un espadazo.

 

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