Fernando Botero, el Torero de las Artes Plásticas, Nos Dejó a los 91 Años

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Pocos saben que en la plaza de toros «La Macarena» de su Medellín natal, un jovencísimo Fernando Botero prefería el percal y la franela antes que el lienzo y los pinceles para dibujar verónicas y naturales en la arena.

Redacción: David Jaramillo – Cultoro.es – Web Aliada

Madrid – España. La noticia de la muerte del artista más grande e internacional de cuantos han nacido en Colombia, Fernando Botero, ha golpeado al mundo del toro con tanta fuerza como lo ha hecho con el de las artes plástica, porque con él, la tauromaquia también ha perdido a uno de sus embajadores más apasionados e influyentes. El maestro siempre ensalzó, valoró y defendió el toreo sin tapujos en la plaza, en su obra y en su vida cotidiana.

Pocos saben que en la plaza de toros «La Macarena» de su Medellín natal, un jovencísimo Fernando Botero prefería el percal y la franela antes que el lienzo y los pinceles para dibujar verónicas y naturales en la arena. Allí, con el viejo Aranguito como su maestro, soñaba con ser torero, se imaginaba la plaza llena coreando su nombre y después, en los descansos, cogía papel y lápiz para dibujar los tendidos de la plaza, los arcos de sus balcones y las montañas que sobresalían detrás de muros. Si no le gustaban, arrancaba las hojas de su cuaderno y las dejaba allí, en el callejón de la plaza. Cuentan los que entrenaban con él que, de haber sabido que finalmente Botero sería pintor y no torero, habrían recogido aquellos bocetos descartados con más alegría que el cabreo que les generaba limpiar la plaza de aquella «basura» tras los entrenamientos. Entonces, aquellos dibujos eran tan flacos como los torerillos que entrenaban un oficio que les pudiera sacar de pobres. Pero fue en la plaza donde, según confesó después, «a través de los toros llegó su afición por la pintura».

Habiéndose decantado Botero por los caballetes, el maestro nunca se olvidó del toreo. En Colombia, como en España, México y Francia, era normal verle en las plazas de toros disfrutando de las corridas que tanto le emocionaban. Pero, sin duda, consiguió dejar su profunda huella en lo taurino con su obra. Igual que Goya y Picasso, Botero tiene sus «Tauromaquias»; una extensa colección dedicada al mundo del toro, pues, según él «los toros hacen la vida fácil al pintor porque es una actividad que ya de por sí tiene mucho color. El traje de luces del matador, la arena, la barrera, el público… Es un tema maravilloso, le da poesía a la pintura», opinaba.

Pero no sólo, el torero colombiano más importante de la historia, César Rincón, con motivo del LC aniversario de la inauguración de la plaza de toros «Santamaría» de Bogotá, lució un capote de paseo diseñado por el artista y su pintura ha ilustrado los carteles de no pocas ferias en el mundo, como la de Sevilla en 1999, o la encerrona a beneficio de los damnificados por el terremoto que destruyó Haití que su amigo personal, el francés Sebastián Castellá, realizó en Nimes en 2010 y en la que Botero realizó un retrato del propio torero, algo poco usual en su obra.

Incluso, iba más allá en su afición, pues su sensibilidad le llevó a impulsar la carrera de novilleros de su país. Por eso, cuando conoció la historia de Juan Pablo Correa, un novillero que salió de uno de los barrios más conflictivos de Medellín, no dudó en apoyarlo, actuando como mecenas para que viajara a formarse en España, de donde regresó para tomar la alternativa en la misma «Macarena» que Botero dibujaba en su niñez. Este domingo 17, cuando Juan de Castilla, ahora convertido en el matador de toros colombiano con mayor proyección, confirme su alternativa en Las Ventas de Madrid y seguramente su montera se eleve al cielo en agradecimiento al maestro, Botero se asomará a desearle suerte.

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