Crónica de Vistalegre: Donde Huele a Cloroformo

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La entrega descarnada de Román sobresale de una tarde en la que Del Álamo y Garrido tuvieron que tirar de escofina para limar las aristas que sacaron los de Adolfo Martín

Redacción: Marco Antonio Hierro – Cultoro.es – Web Aliada – Foto: Luis Sánchez Olmedo

Madrid – España. En tiempos de pandemia y mascarilla y en circunstancias de resta por mor de lo que entró por la nariz, uno debe tener mucho cuidado en la arena de no permanecer mucho rato donde huele a cloroformo. En ese lugar escalofriante, donde pesan más los pies y menos las esperanzas, hay que estar como decía Robles de ponerse de rodillas: en misa y poco rato. Siempre que no lo hagas -claro está- con la conciencia, la consciencia y el dominio de la ciencia al servicio de tu objetivo y te venga a dar bastante igual que se te lleven los demonios por cometer el menor error. Y ahí… Ahí no pisa cualquiera.

Pero se paseó por ahí esta tarde un tipo que ya sabe lo que es el precipicio, que conoce los riesgos de las cornadas y que no lo pilla de nuevas estar en Vistalegre para matar este hierro. Y más cuando no hay relevancia en el cartel, más allá de la honradez necesitada de triunfos que la avalen que exhibieron los de hoy. Este cartel tendría otro hierro y otro encaste si se diera en algún año anterior, pero ya pasó el pasado para los tres chicos ilusionantes, sorprendentes, adelantados a su edad que fueron en su tiempo. Y eso lo saben los tres. Pero Román un poco más.

O al menos tuvo más urgencia para ponerle remedio a su estado y volver a las que matan los de los demás carteles, porque muchos –la mayoría- no evidencian su valor. Sabe Román no dormirse cuando huele a cloroformo, y perder pasos deprisa para quedarse quieto y conducir despacio, como le hizo a ese cuarto de hoy que fue una auténtica prenda. También lo había visto él por su desarrollo en banderillas, pero aún así lo brindó al público. Porque con este se iba a arrimar como un perro y no podía quedar duda alguna. Por eso se fijó en la media distancia, decidió atornillar las plantas y confiar en que no le alcanzase en la reposición, pero la condición tobillera de ese cárdeno no lo hacía ver muy posible. Y hasta una zancadilla le puso con la pala del cuerno el de Adolfo al valenciano, pero no logró –por fortuna- evitar que saliese por su propio pie. Aunque sí de vacío, pero la culpa de eso la tuvo solo la errática espada.

También la espada fue responsable de que no tocase pelo hoy un Juan del Álamo que se llevó dos sorpresas hoy mientras intentaba sobrevivir donde huele a cloroformo. A más y mejor se vino un primero cornipaso y degollado al que le pudo meter mano el charro a base de tragar y pasar. Y hasta una serie al natural supo darle Juan, emotiva por el peligro de ver que no era tonto el toro y que lo podía atrapar. A menos, en cambio, se fue un cárdeno cuarto que había embestido con entrega y rectitud en los primeros capotes y que se volvió el mismísimo demonio nada más dejar Juan la montera en el suelo, una vez brindado al público.

También brindó Garrido la muerte del sexto, pero hubo un buen rato de sexto hasta que se terminó. Hasta un aviso le dieron toreando, porque tenía que exprimir al animal para no reprocharse nada cuando repasase la acción. Y no creo que pueda hacerlo, porque supo limpiar contenidos y presencias hasta que se pudo pensar que allí sólo mandaba él. Y era eso lo que él buscaba, pero con 2.000 personas arriba tuvo que dejarlo para mejor ocasión.

Olía a cloroformo esta tarde porque no salió ninguno que mantuviera humillado el cuarto y mitad de arrancada. Olía porque en estos carteles y en esta situación, a los que brillan no les queda más opción que volver a la senda. Olía porque sólo con ese sabor saben mejor todos los logros. Hasta matar una de Adolfo que te quiere matar a ti sólo por estar en su camino.

Ficha del Festejo

Plaza de toros Palacio de Vistalegre. Undécima y última de la Feria de San Isidro. Corrida de toros. Unas 2.000 personas en los tendidos. Toros de Adolfo Martín, entipados en varias líneas de la casa y desiguales de presencia. Humillado pero simplón y sin clase el vulgar primero, ovacionado; medidor y tobillero el zorrón segundo; mansurrón y reponedor el deslucido tercero; violento, temperamental y orientado el peligroso cuarto; exigente y correoso el mirón quinto, complicado pero con cierto fondo; obediente sin clase ni entrega el vulgarón sexto. Juan del Álamo (blanco y plata): vuelta al ruedo y silencio. Román (blanco y plata): ovación tras aviso y ovación tras aviso. José Garrido (marino y oro): silencio y palmas tras aviso.

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