Se analiza la evolución de la tauromaquia y el movimiento antitaurino a lo largo de la historia, mostrando cómo el toreo pasó de ser una práctica ampliamente admirada y representativa de una época a ser cuestionado y prohibido en algunos lugares. El autor destaca que las costumbres, los valores y las opiniones de la sociedad cambian con el tiempo, como parte del constante movimiento de la historia.
Redacción: Jorge Arturo Díaz Reyes – https://todotoroblog.blogspot.com – Web Aliada
Cali – Colombia. Antitaurinos hubo siempre. Bueno, siempre no, es una exageración. Digamos que quizá solo desde que los homínidos bajados de los árboles hallaran vital desafiar con su cuerpo al uro para cazarlo.
O acaso antes de que el sapiens descubriera que además de alimenticio, provocar y esquivar las embestidas de un toro creaba emoción estética. Pero podría ser antes también de que lo tomasen por símbolo de la naturaleza, deidad y culto (los primeros). Y de que las pinturas prehistóricas de las cavernas europeas, los monolitos persas o los frescos cretenses, fueran testimonios de tal reverencia.
Aunque de cuando en cuando imagino que la primera vez que un niño halló divertido jugar al toro, su madre habría opuesto a ese acto libre, su propia libertad de considerarlo peligroso, insensato, innecesario…, y al pasar de regañar a prohibir, ejecutó la primera imposición antitaurina. El antiguo asunto del poder y la libertad.
Así que cuando en la primavera parisina de 1968, los revoltosos estudiantes gritaban por toda nuestra generación el “Prohibido prohibir”, estaban otra vez pregonando el viejo espíritu de la autodeterminación. Del niño jugando al toro. De una retoma de la libertad; en sensación, pensamiento, expresión y acción. Una liberación en la cultura toda; por eso los llamaron “contraculturales”, quienes consideraban la suya particular como la única. Su solo arte, su sola filosofía, su sola ciencia, su sola política, su sola estética, su sola idolatría.
Y su sola tauromaquia también. La insurrección cordobesista sintonizó con eso, con la época. Contrastó, la puso patas arriba, la cautivó, la cazó y la capitalizó. Por eso las versiones clásicas rivales tuvieron que afinar mucho, mucho. Y por eso, florecieron aquellos años del toreo, en que sus enemigos sempiternos, no fueron silenciados, pero tampoco escuchados. Nadie les paraba bolas, pues nadie podría siquiera imaginar entonces discutir la existencia del toreo, y muchísimo menos predecir que sesenta años después, con una nueva ola contra libertaria (la historia es péndulo;), el culto al toro llegase a ser ya no infamado, sino prohibido. En la segunda ciudad de España, y en las restantes capitales nacionales taurinas hispanoamericanas; México, Bogotá, Caracas, Quito…, y que con ello se prospectara su total aniquilación mundial en aras del “derecho” animal.
Quién iba a preverlo por esos días cuando fervientes llenábamos las plazas y en ellas, al filo mismo del ruedo, veíamos exhibiéndose complacidos a los íconos del momento, los famosos, los poderosos, los adorados, los imitados. Las bellas y los bellos de Hollywood, los escritores, los cantantes, los bailadores, los pintores, los faranduleros, los presidentes, y los políticos claro, (gratis), usando las multitudinarias corridas como calvas oportunidades promocionales, cotos de caza. Los mismos que años después, iban a legislar las prohibiciones.
Y atrás de ellos, arriba en la grada, o a su lado, como escribiera Hemingway en el 59, de un remate de corrida en Málaga… Un conglomerado de aficionados al toreo, toreros, apoderados, ganaderos, periodistas, turistas, vagos, pervertidos de ambos sexos, conocidos, amigos, aristócratas, tipos dudosos, contrabandistas, gente dudosa en tejanos, gente agradable en la misma ropa, viejos amigos, ex viejos amigos, gorrones y personajes pintorescos.”
Porque si alguna cosa deparó el toreo de la época, fuera de su ruptura con lo sistemático…, fue la universalización, el cosmopolitismo, la vulgarización. Todo ello en medio de la temporal ventolera juvenil, que justificaba el romántico: “quién a los veinte años no ha sido revolucionario, no tiene corazón…” y que pronto sería comprada por el prosaico: “quién a los cuarenta lo sigue siendo no tiene cabeza”. La historia es péndulo. El hombre es el hombre; sentimiento y razón, corazón y estómago, Quijote y Sancho…, “cosa vana, variable y ondeante”, que en todas partes dejó memoria amarga de sí.
Ejemplos manidos de lo que pasaba, y disculpen la falta de originalidad, pero no se me ocurren otros más ilustrativos. Grace Kelly y el Principe Rainerio. Ava Gardner, “el animal màs bello de la creación”, mujer de Frank Sinatra, con Luis Miguel Dominguín. Audrie Hepburn con su marido Mel Ferrer. Sofía Loren sola. Orson Welles, Hemingway, El Rey desde antes de ser Rey, El Ché Guevara…, en la barrera de Las Ventas; Dalí, Picasso y proporcionalmente, celebridades y micro celebridades regionales o locales por las otras plazas del mundo en dónde se hacía lo que Madrid hacía. Es que vivían los toros en el imaginario colectivo de una manera nunca antes ni después vivida. Más allá de la tradición y el rito. El asunto es que las corridas eran aconteciemintos insoslayables, necesarios, chic y además útiles. Aunque no gustaran, había que ir, convenía.
Pero el imaginario popular es dinámico, cambia como el clima, toma y desecha modas una tras otra, que lo diga la minifalda. La tauromaquia no es moda, claro, pero su consumo, frívolo, masivo al llamado de la publicidad sí (“Cénate Las Ventas”). Igual que puede serlo pugnar por una marca, una estrella, un color, un torero, un toreo…, y asumir como solo válida esa necesidad inducida, pasajera.
«El toreo eterno», repetimos presumiendo que el culto y su significado podrían serlo. Por que como nos pasa con el universo y el tiempo, no alcanzamos a divisar su origen ni su fin. Metáfora. Nada humano es eterno. Si acaso la energía y la materia que aleatoriamente nos componen y descomponen.
Aquellos años en los que sentíamos como han sentido los jóvenes de todas las épocas que la lozanía era perenne, que las cosas buenas permanecerían, que los abuelos no morirían, o al menos en el tiempo que nos cabía en la cabeza. Qué Ordóñez, Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés tampoco pasarían…, y creíamos que nuestro alboroto cambiaría el mundo de una vez y para siempre, aunque no la Fiesta y lo que amábamos, por supuesto.
Qué tan embriagados andábamos con esas nada originales ilusiones, que ahora desde la vejez nos hacen ver como archivos apilados bajo el rótulo “generación perdida” y olvidada. Como tantas anteriores, cientos, quizá todas. Ese mismo rótulo con que como gran cosa marcó Gertrud Stein a la literaria y sufrida de Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald, la de entreguerras.
Los antitaurinos, que también se mueven con la moda, permanecieron acallados por el clamor de las plazas en aquella década. Pero luego sacaron las uñas con una beligerancia retenida, llegando hasta las asonadas, las bombas (Colombia), las leyes de prohibición, y la colocación del toro bravo en la mira de la extinción, por primera vez desde que pisó la tierra.
Es la historia. La fatal futilidad y fugacidad de lo humano qué va y viene, invirtiendo valores e invalidando épicas. Lo señaló Thomas Mann en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra Mundial; perdieron, pero ganaron. Y hay qué ver. Antitaurinos hubo siempre, bueno casi siempre, a veces han avanzado, a veces retrocedido como en los sesenta…






















