Luis F. Esplá, un original maestro del toreo con un peculiar sentido de la vida: “Solo fui feliz las dos horas que estaba en la plaza”
Al cumplirse el 50 aniversario de su alternativa, dedicado a cuidar bosáis, leer y pintar, confiesa que fue un perfeccionista y un insatisfecho cargado de dudas.
No resulta fácil seguir el discurso de Luis Francisco Esplá (Alicante, 69 años), un original maestro del toreo retirado de los ruedos en 2009, que no habla como un torero ni como un jubilado del traje de luces que descansa en el campo tras toda una vida de miedos. Dice que se dedica a cuidar sus bonsáis, a leer, a pintar (es licenciado en Bellas Artes) y a disfrutar de las cosas pequeñas. Parece más bien un ser humano peculiar, políticamente incorrecto, al que le cuesta comunicar los preceptos taurinos que determinaron su carrera, y no por carencia de expresión, sino porque suenan tan singulares como extraños.
Quizá, Esplá sea un tipo raro, un intelectual que ha interiorizado su vocación, y la ha escudriñado de tal manera que cuesta asimilar su mensaje. Conoció las primeras lecciones en una escuela taurina de las de antes, vivió largas temporadas de verano junto a una punta de vacas bravas en la provincia de Jaén, donde aprendió siendo un chaval que cada animal es un universo, que tiene familia e historia; y en ese momento, cuenta él, llegó a renegar de la fiesta de los toros. Pero se hizo torero con un compromiso de exaltación del animal a los ojos de los aficionados.
“Mi acceso al toro es etológico”, afirma Esplá. [La etología es la parte de la biología que estudia el comportamiento de los animales]. “Cuando quiero ser torero, mi objetivo era penetrar en el cosmos del toro, y deseaba hacer participar al toro de mi creación”, añade.
“De niño llegué a renegar de los toros, y me hice torero con el compromiso de exaltar al animal a los ojos de los aficionados”
Y ese planteamiento le convierte en un torero sospechoso. “Sí, hasta mi padre decía que yo no sería torero porque estaba en otra cosa, en otro mundo; y yo lo que pretendía era usar el animal para alcanzar concreciones que luego fueron estéticas, pero mi carrera no se inicia con el objeto del arte; eso fue secundario y vino más tarde”.
Tan sospechoso que Joaquín Vidal, crítico taurino de este periódico, que después sería uno de sus grandes admiradores, no entendió el planteamiento del nuevo torero.
“Es cierto que Joaquín me dio muy fuerte al principio; yo generaba muchas dudas y algunos me tacharon de histriónico”, comenta el torero. “Yo era un señor que se movía en la escena, convencido de que el toreo no podía ser episódico, sino una concatenación de actos desde el inicio al final de la lidia, algo así como en las novelas: presentación, nudo y desenlace. La escenografía no podía tener tiempos muertos. Y esa concepción del toreo despertaba sospechas en un momento en que el toreo se limitaba al derechazo y al natural”.
“Si algo he sido en la vida, con todos mis defectos, es leal a mi verdad. Es de lo único que estoy satisfecho en el toreo”
Pero Luis Francisco Esplá consiguió superar esas dudas iniciales y se convirtió en un ídolo de la afición madrileña.
“Gracias al toro; Madrid busca ese equilibrio constante entre toro y torero. Fui sospechoso cuando la afición pensó que trataba de desviar la atención hacia otro lado, pero Madrid entiende como nadie lo auténtico, y si algo he sido en la vida, con todos mis defectos, es leal a mi verdad. Es de lo único que estoy satisfecho en el toreo”.
Y el 5 de junio de 2009 dijo adiós a la profesión en Las Ventas, acompañado por el toro Beato de Victoriano del Río, al que cortó las dos orejas. A hombros por la Puerta Grande, la cuarta de su carrera, entre el clamor de una afición conmovida se despidió de los ruedos.
Desde entonces, vive en el campo, entre bonsáis, libros y pinceles, y con motivo del 50 aniversario de su alternativa, que tomó el 23 de mayo de 1976 en Zaragoza de manos de Paco Camino, se aviene a desempolvar recuerdos y a desgranar vértices escondidos de su personalidad.
Y a tenor de sus palabras, es un ser humano tan sospechoso como lo fue vestido de luces. Confiesa que ha sido siempre un perfeccionista, un insatisfecho cargado de dudas, y que su relación con el éxito y el fracaso se aleja de los estándares modernos.
Cuando se le pregunta, por ejemplo, si fue tan buen torero como escribió Joaquín Vidal en algunas de sus crónicas, Esplá recapacita un momento y asegura que tiene dudas, “muchas dudas”. “Siempre he mantenido —prosigue— que el éxito y el fracaso son dos alcaloides que tomados en las dosis necesarias son medicinales, pero que también pueden ser letales. Y ese planteamiento me ha llevado a no dar importancia a lo que hacía. Vamos, que la repercusión me ha importado siempre un pepino. Lo que siempre me ha preocupado ha sido satisfacer exigencias internas. Casi siempre, al final de cada tarde comprendía que me había dejado en el tintero muchas cosas, y solo me quedaba una especie de resignación. He sufrido una obsesión por la perfección”.
“La repercusión me ha importado siempre un pepino; lo que me ha preocupado ha sido satisfacer exigencias internas”
Y es muy autocrítico cuando analiza su paso por el toreo. “Me veo fatal, fue un fracaso”, asegura sin pensarlo. “Pero también he disfrutado”, añade, “mi momento en la plaza era mi sonrisa, que no era de compromiso sino una señal inequívoca de que me lo estaba pasando bien”.
Disfrutaba, cómo no, con los triunfos, pero con un matiz particular. “Mi premio consistía en que la gente estuviera contenta, pero no mi satisfacción como artista. Había cumplido con las expectativas del público, pero también era consciente de que la generosidad del toro había sido mayor que la que había sido capaz de extraer, y la conclusión habitual es que el toro había aportado más que yo”.
Declara que le gustaría tener algo más de vanidad para hablar de su aportación al mundo del toro. “Quizá, he predispuesto al público a valorar otro tipo de toreo más allá del natural y el derechazo, a un concepto del espectáculo al que no colabora el toro de hoy”.
Pero Esplá vuelve de nuevo a su empeño creativo con el toro y apela a la indecisión que le ha acompañado toda su carrera.
“Soy un tipo que ha vivido siempre en una duda permanente; nunca me he fiado de lo que veía y me ha costado mucho aquilatar conceptos. Esa duda me convirtió en un tiquismiquis en mi profesión, de modo que nunca he estado convencido de lo que hacía”.
“Nunca tuve la sensación de que me jugaba la vida, pero ves el precipicio, y eso le da una dimensión sublime a la vida”
— ¿Y con esa incertidumbre se puede ser feliz como torero?
— No, porque yo solo fui feliz las dos horas que estaba en la plaza. Nunca me he sentido orgulloso por mí mismo, pero sí cuando he visto felices a mi familia y a mis amigos. Cuando me dan un premio, la emoción la vivo a través de los que me rodean. Recuerdo que en los días de éxito la gente se sorprendía de la serenidad que transmitía, pero era real; mi felicidad era ver felices a los demás.
El 5 de junio de 2009 dijo adiós en la plaza de Las Ventas. Y Esplá relaciona su despedida con la dignidad.
“Había que anticiparse. Ves cómo le ha ido a otros toreros y… No es que no me preocupe la posteridad, pero sí la dignidad. Un torero debe ser digno hasta el final. Y yo quiero recordar mi relación con el toro sin que me la distorsione el público”.
Señala a continuación que no echa de menos el toro, y que no tiene claro que la afición lo añore. “Es difícil porque mi toreo no ha sido imitable ni por el toro actual ni por el respeto a la liturgia que me inculcaron en la escuela. Y lo que yo echo de menos de verdad es la fricción con el toro. Nunca tuve la sensación de que me jugaba la vida, pero sabes que está ahí, ves el precipicio, y eso le da una dimensión sublime a la vida. Eso sí lo añoro, no las palmas, ni las servidumbres que tiene el toreo, ni siquiera el dinero…”
El tintero queda sobre la mesa, rebosante de temas pendientes. La conversación con Luis Francisco Esplá da para mucho más, pero deberá continuarla él, si lo desea, en unas memorias mientras cuida de sus bonsáis, lee y se inspira con los pinceles.
— Por cierto, en su biografía torera destaca sobremanera que nunca perteneció al “sistema” taurino, lo que le creó algunos problemas.
— ¿Algunos? Todos. Pero una de las cosas que he aprendido en esta vida es que no hay nada mejor que ir en contra del sistema. Duermes como un ángel. Tengo 69 años y no sabe usted cómo duermo…






















