Óbito: La Última Vuelta al Ruedo de “El Relicario”

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La fiesta brava colombiana despide a un hombre que hizo del toreo una forma de vida, dejando en las plazas y en el corazón de los taurinos la huella imborrable de una pasión vivida con entrega, respeto y profunda afición.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. Hay noticias que llegan como un pase cambiado: de repente, inesperadas, dejando al toro de la memoria embistiendo por dentro. Así ha llegado a la familia taurina colombiana la partida de Jairo Pardo, “El Relicario”, fallecido este 20 de septiembre de 2026. Con él se marcha un hombre que conoció el misterio del ruedo desde dentro y que, cuando dejó atrás la arena, continuó viviendo para los toros desde los tendidos, las conversaciones, las plazas y la memoria de una fiesta a la que permaneció fiel hasta el final.

La muerte de “El Relicario” deja un vacío enorme en el paisaje humano de la tauromaquia colombiana. Porque la fiesta no está hecha únicamente de grandes faenas, orejas, trofeos y nombres que ocupan los carteles. También está construida con hombres que, silenciosamente, sostienen su memoria; aficionados que saben reconocer una buena verónica, que conversan de toros con la pasión de quien habla de una parte de su propia existencia y que entienden que una plaza no es solamente un escenario, sino un lugar donde generaciones enteras han dejado parte de su historia.

Jairo Pardo fue uno de esos hombres.

Antes estuvo el torero. El hombre que conoció la responsabilidad de ponerse delante del toro y que llevó consigo el nombre de “El Relicario”, aquel apodo taurino que terminó convirtiéndose en parte inseparable de su identidad. Después vino otra etapa, distinta en el oficio pero no en la pasión: la del aficionado permanente, la del hombre que siguió los caminos de la fiesta, que acudía a las plazas de primera categoría y también a los escenarios provinciales, atento a cuanto sucedía en el ruedo y alrededor de él.

Y quizá ahí estuvo una de las grandes dimensiones de su vida taurina: entender que abandonar el traje de luces no significaba abandonar el toreo.

Porque hay hombres que dejan de torear, pero nunca dejan de ser toreros. Cambian el capote por la conversación, la muleta por la memoria y el ruedo por el tendido. Continúan sintiendo el silencio que precede a una embestida, la emoción de un toro que humilla, la belleza de una verónica bien trazada y ese instante inexplicable en el que hombre y animal parecen encontrarse en un mismo lenguaje. Jairo Pardo perteneció a esa estirpe de aficionados para quienes el toro no era una simple afición, sino una manera de mirar la vida.

Su nombre quedó además registrado en publicaciones especializadas que han conservado buena parte de la memoria gráfica de la tauromaquia colombiana. La revista Toros y Toreros recogió en distintas ocasiones su presencia junto a personajes vinculados con la fiesta. En 2021, por ejemplo, aparece acompañado de José Caldas, Rosiga Méndez, Janeth Forero de Pardo y el periodista Héctor Julián Chaparro, en una de esas fotografías que hoy adquieren un valor diferente: el valor que tienen las imágenes cuando quienes aparecen en ellas comienzan a convertirse en memoria.

También quedó registrada su presencia en Madrid, junto a Janeth Forero de Pardo, en una publicación de 2022. Madrid, capital taurina de referencia, no era para él un lugar extraño o distante, sino otro punto de encuentro con esa cultura del toro que trascendía las fronteras colombianas. Y todavía en noviembre de 2025, pocos meses antes de su partida, Toros y Toreros volvió a incluirlo en su “Palco de reconocidos taurinos”. Allí estaba, como había estado tantas veces: cercano a la fiesta, atento a sus protagonistas y formando parte de esa silenciosa legión de hombres que mantienen encendida la llama de la afición.

Hoy aquella fotografía duele un poco más.

Porque cuando muere un taurino, no desaparece solamente una persona. Se va una conversación, una anécdota, una mirada particular sobre el toro, una manera de interpretar una faena y un pedazo de la historia que solamente ese hombre podía contar. Se pierde una voz del tendido y, con ella, una página de la memoria taurina.

La historia de “El Relicario” no puede reducirse entonces a las tardes que pudo protagonizar vestido de luces. Su verdadera dimensión se prolongó mucho más allá de la arena. Su vida quedó ligada a la permanencia de la fiesta, a la amistad taurina, a los encuentros en las plazas y a esa fidelidad que distingue al verdadero aficionado: estar cuando hay triunfo, pero también permanecer cuando las circunstancias son adversas y la fiesta necesita de quienes creen en ella.

En Colombia, donde la tauromaquia ha construido durante décadas una rica tradición de toreros, ganaderos, empresarios, periodistas, subalternos y aficionados, Jairo Pardo ocupó un lugar dentro de esa gran familia taurina que se reconoce en los tendidos antes que en los despachos. Su presencia era parte de ese paisaje que muchas veces pasa inadvertido mientras está vivo y que, cuando desaparece, deja un silencio imposible de disimular.

Hoy la plaza parece distinta.

Falta un rostro.

Falta una conversación.

Falta ese aficionado que sabía que cada tarde de toros comenzaba mucho antes de que sonaran los clarines y terminaba mucho después de que el último toro hubiera regresado a los corrales. Falta Jairo Pardo.

Y la ausencia se siente.

La fiesta brava tiene una particular manera de despedir a sus hombres. No necesita grandes discursos. Basta con descubrirse la cabeza, guardar un instante de silencio y mirar hacia el ruedo. Allí, sobre la arena, quedan las huellas invisibles de quienes alguna vez soñaron con triunfar frente a un toro.

Quizá por eso la partida de “El Relicario” tenga algo de última vuelta al ruedo.

No una vuelta de triunfo, porque esas pertenecen a los toreros que reciben el reconocimiento después de una gran faena. Esta es diferente. Es la vuelta que da la memoria cuando un hombre se marcha y quienes lo conocieron comienzan a reconstruir su historia a través de fotografías, encuentros, tardes de toros y recuerdos compartidos.

Jairo Pardo ya no estará en los tendidos, pero estará en la memoria de los tendidos.

Ya no seguirá con la mirada la salida del toro por chiqueros, ni comentará la colocación del torero, ni esperará ese muletazo que puede cambiar una tarde. Pero quedará la imagen del hombre que siguió caminando junto a la fiesta mucho después de haber dejado atrás el protagonismo del ruedo.

Y eso también es hacer tauromaquia.

Porque la fiesta brava no solamente se torea: también se vive, se transmite, se recuerda y se defiende desde la memoria.

Por eso, hoy Colombia taurina despide a Jairo Pardo “El Relicario” con el respeto que merecen quienes hicieron de los toros una parte esencial de su existencia. Su partida abre un vacío difícil de llenar, porque cada aficionado lleva consigo una historia irrepetible y cada hombre que se marcha se lleva una parte de la conversación taurina de su tiempo.

Quedan, entonces, sus recuerdos.

Quedan las fotografías.

Quedan las plazas.

Quedan los amigos.

Queda la familia.

Y queda, sobre todo, el nombre de “El Relicario” unido a una vida de permanente cercanía con la fiesta brava.

Cuando el próximo clarín rompa el silencio en alguna plaza colombiana, cuando el toro aparezca por la puerta de chiqueros y los tendidos contengan la respiración, habrá seguramente alguien que mire hacia un lugar determinado y diga: “Aquí solía estar Jairo Pardo”.

Y entonces comprenderemos que los hombres verdaderamente taurinos no desaparecen del todo.

Se quedan para siempre en el tendido de la memoria.

Hoy, la fiesta guarda silencio.

Se ha ido Jairo Pardo, “El Relicario”.

Y en ese inmenso ruedo que es la memoria taurina de Colombia, su última vuelta al ruedo acaba de comenzar.

Descanse en paz.

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