Marbella, Tres Verdades en la Arena

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La Corrida de los Candiles dejó en Marbella algo más valioso que una triple Puerta Grande: dejó tres maneras de entender el toreo. Morante puso la genialidad y la paciencia de quien sabe encontrar el misterio donde otros apenas encuentran embestidas; Manzanares volvió a demostrar que la profundidad también puede vestirse de elegancia; y Aarón Palacio confirmó que la juventud puede venir acompañada de entrega, serenidad y concepto. Tres toreros, tres lenguajes y una noche en la que el toreo volvió a ser, por encima de todo, una cuestión de personalidad.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Morawww.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. Hay tardes de toros que se explican con las orejas cortadas, con la Puerta Grande o con el nombre de quienes abandonan el ruedo a hombros. Y hay otras en las que el resultado, aun siendo importante, apenas alcanza a contar todo lo que ocurrió. La Corrida de los Candiles de Marbella perteneció a esta segunda categoría. Porque la noche del 7 de agosto dejó seis orejas y una triple salida por la Puerta Grande, sí, pero dejó sobre todo algo mucho más difícil de medir: tres maneras diferentes de entender, sentir y gobernar la embestida.

El cartel reunía a Morante de la Puebla, José María Manzanares y Aarón Palacio, tres toreros instalados en momentos muy distintos de su trayectoria y, sin embargo, capaces de encontrarse en una misma exigencia: la de buscarle sentido a toros de condición desigual. Los de Cayetano Muñoz no compusieron una corrida uniforme. Hubo nobleza y clase, pero también aspereza, falta de transmisión, escaso celo y fuerzas medidas. Hubo toros que permitieron el lucimiento y otros que obligaron a construirlo. Y precisamente ahí, cuando el toro dejó de ser un colaborador perfecto y empezó a exigir respuestas, fue cuando aparecieron con mayor claridad las personalidades de los tres espadas.

Morante puso la inspiración; Manzanares, la profundidad; Palacio, la entrega acompañada de concepto. Tres lenguajes distintos para una misma liturgia. Tres formas de buscar la emoción sin renunciar a la personalidad.

Y por eso Marbella tuvo algo más que una corrida triunfal: tuvo una corrida con argumentos.

MORANTE: LA INSPIRACIÓN NACE CUANDO EL TORO PARECE ESCONDERLA

A Morante no se le puede juzgar solamente desde el marcador. Sus dos orejas dicen que triunfó, pero no explican por qué su actuación dejó esa sensación de torero distinto que tantas veces acompaña al de La Puebla.

Su primero no era un toro para dejarse llevar. Tenía obediencia, pero también aspereza; acudía, aunque sin esa generosidad de embestida que permite al torero caminar cómodamente sobre ella. Desde el capote, Morante pareció comprender que delante no había materia para una faena de gran recorrido, sino una embestida que debía ser medida y administrada con precisión.

Y no se equivocó. El sevillano no quiso violentar al toro ni convertirlo en algo que no era. Lo tomó desde su propia condición y comenzó a extraerle aquello que tenía: obediencia, cierta humillación y un recorrido que había que alargar con el temple. Su toreo a dos manos por arriba tuvo ya esa condición de obra pensada, de gesto que parece nacer de una concepción previa y no de la necesidad inmediata de llenar el ruedo.

Después vino la muleta y con ella la paciencia. Morante aceptó las protestas del animal, esperó sus tiempos y fue llevando aquella embestida áspera hacia terrenos de mayor suavidad. La faena no necesitó grandes cantidades de pases porque su interés estaba precisamente en lo contrario: en demostrar cuánto puede decir un muletazo cuando el torero sabe medirlo.

La lentitud no fue aquí una cuestión ornamental. Fue una forma de dominio. Torear despacio a un toro que no tiene un gran recorrido significa conseguir que el animal permanezca más tiempo dentro del engaño, que la embestida se estire y que el muletazo adquiera una dimensión que el propio toro no traía de salida. Morante consiguió eso y, al hacerlo, volvió a demostrar que su inspiración no depende de que el toro venga perfecto.

Es capaz de encontrar un argumento artístico allí donde otros encontrarían solamente una dificultad. Por eso su primera faena tuvo algo de descubrimiento. No fue simplemente aprovechar al toro; fue interpretarlo.

La segunda oreja tuvo, además, otro significado. Ante el cuarto, Morante ya no tuvo que demostrar solamente al artista, sino al torero capaz de lidiar hasta el final con un animal que se resistía a entregarse.

Aquel toro tenía poco celo. Venía mejor de lo que terminaba y, cuando la muleta estaba delante, tendía a quedarse debajo de ella. No era un enemigo que se entregara voluntariamente al trasteo. Había que convencerlo. Y Morante se quedó. No buscó una salida rápida ni convirtió la faena en una colección de recursos. La sostuvo con una paciencia que terminó siendo, por sí misma, una demostración de valor. Fue esperando, colocando, probando y cincelando hasta que aquella embestida aparentemente insulsa comenzó a adquirir una cadencia distinta. El toro terminó yendo despacio porque el torero consiguió enseñarle a ir despacio. Ahí estuvo el fondo de la faena.

Y quizá ahí también estuvo el Morante más completo de la noche: el artista que no renuncia a su estética, pero que sabe que antes de la inspiración está la obligación de entender al toro.

Su valor tampoco necesitó proclamas. Estuvo en quedarse delante, en insistir cuando el animal ofrecía pocas garantías de lucimiento y en buscar ese último muletazo que justificara la espera. Fue una actuación en la que la genialidad apareció sin necesidad de disfrazarse de genialidad.

MANZANARES: CUANDO LA PROFUNDIDAD SE VISTE DE NATURALIDAD

Después de Morante, el toreo cambió de acento. Con José María Manzanares llegó otra forma de interpretar la embestida: más ligada a la armonía, a la composición, a la elegancia corporal, pero también a una profundidad que no se puede confundir con la simple belleza de las formas.

El segundo de la tarde tenía calidad. Era un toro de buena hechura, suave, largo, noble, aunque con el poder justo. Un toro de esos que pueden regalar una faena extraordinaria si el torero sabe no gastarlo antes de tiempo.

Manzanares lo comprendió desde el principio. No hubo ansiedad por demostrar. Hubo administración. La cintura acompañó las embestidas, el trazo fue largo y el torero fue envolviendo al animal en una faena que creció sin necesidad de apresurarse. La naturalidad fue la primera gran virtud de la obra, pero detrás de esa aparente facilidad había una enorme precisión.

Porque nada de aquello era casual. La distancia, el sitio, la forma de llevar la muleta y la manera de medir las fuerzas del toro respondían a un conocimiento técnico que el público apenas percibe porque el gran torero tiene la capacidad de hacer que la dificultad parezca sencilla.

Manzanares fue construyendo. Y cuando el toro comenzó a exigir algo más, también supo cambiar el registro. La faena ganó intensidad, el torero apretó los tiempos y consiguió que la nobleza inicial terminara convertida en entrega. Al natural aparecieron algunos de los pasajes de mayor hondura, con esa combinación tan característica entre suavidad en la ejecución y autoridad en el mando.

El toro no solamente pasaba. El toro era conducido. Y esa diferencia es la que convierte una faena bonita en una faena verdaderamente taurina.

La espada terminó de cerrar el capítulo y las dos orejas viajaron al esportón, pero la dimensión de la actuación estaba ya construida antes del acero.

El quinto, sin embargo, le exigió una versión distinta. Era un toro informal, andarín, poco entregado, sin la claridad del anterior. Y en ese momento se vio quizá mejor al torero que había detrás de la estética. Porque Manzanares tuvo que trabajar sobre una embestida que no venía hecha.

No fue una faena de facilidades. Fue una faena de insistencia. Poco a poco consiguió que el animal se fijara, que aceptara mejor la muleta y que terminara entregándose en los últimos compases. Los naturales tuvieron trazo y hondura, y la actuación adquirió un valor añadido precisamente porque el toro había obligado al torero a construir cada logro.

La espada, al tropezar con una banderilla, dejó sin premio una obra que merecía mejor fortuna.

Pero el argumento quedó intacto. Manzanares había demostrado que su profundidad no depende únicamente de la bondad del toro; también aparece cuando hay que convencerlo.

PALACIO: LA ENTREGA EMPIEZA A CONVERTIRSE EN UNA FORMA DE TOREAR

Y entonces llegó Aarón Palacio, quizá el nombre que salió de Marbella con una cotización emocional distinta. No porque sus tres orejas fueran un dato menor, todo lo contrario, sino porque detrás de ellas quedó la impresión de que hay un torero joven que empieza a saber qué quiere ser.

Palacio no quiso esperar a que la tarde le concediera protagonismo. Lo reclamó desde el capote.

Su recibo al tercero, de rodillas, ya llevaba implícita una declaración de intenciones. Después llegaron las chicuelinas templadas, la media con tiempo y gusto, y una manera de estar en la plaza que decía que el joven maño no había viajado a Marbella para acompañar el cartel.

Había venido a competir. Pero lo verdaderamente interesante no fue la cantidad de entrega, sino la manera en que empezó a gobernarla.

El tercero tenía calidad, aunque poco fuelle. Palacio apostó fuerte con la muleta, inició de rodillas y asumió una distancia comprometida, pero no se quedó atrapado en la espectacularidad del comienzo. Conforme avanzó la faena, fue apareciendo otro torero: más asentado, más reposado, más consciente de que el compromiso solamente alcanza su verdadera dimensión cuando está acompañado por el temple.

El toro se iba quedando sin gas y Palacio no se precipitó. Lo trató con mimo, sostuvo la embestida hasta donde podía y terminó recurriendo a recursos más ajustados cuando el animal ya buscaba las tablas.

Aquello tuvo una lectura importante. La entrega de Palacio no es solamente física; empieza a ser también intelectual. Está aprendiendo a leer lo que sucede delante de él.

Y esa evolución volvió a aparecer con el sexto. El último de la corrida tenía menos celo que calidad. Humillaba, sí, pero no se entregaba con la claridad suficiente como para regalar una faena. Palacio lo brindó a Morante y se fue a buscarlo a distancia, con la disposición de quien acepta el riesgo de descubrir por sí mismo cuánto hay detrás de una embestida.

Después comprendió que había que construir. Y construyó. Sin urgencias, sin amontonarse, dejando que la faena encontrara su propio ritmo, fue acercándose al toro y dando forma a una actuación de mayor clasicismo. La colocación fue buena, los vuelos llegaron cerca del belfo y la muleta viajó con una suavidad que contrastaba con la energía del comienzo.

Ahí estaba lo más interesante de su tarde. Palacio empezó la noche demostrando que tiene valor y la terminó demostrando que también tiene concepto. Esa diferencia puede marcar una carrera.

Porque toreros valientes ha habido muchos. Toreros capaces de convertir esa valentía en una tauromaquia personal, muchos menos.

La oreja del sexto cerró una actuación de tres trofeos, pero el premio mayor fue la sensación de que Aarón Palacio no solamente quiere ser torero: empieza a saber cómo quiere torear.

CAYETANO MUÑOZ PUSO LAS PREGUNTAS; LOS TOREROS DIERON LAS RESPUESTAS

La corrida de Cayetano Muñoz tuvo desigualdad de comportamientos, pero precisamente por eso resultó útil para medir a los toreros. El segundo permitió el lucimiento por su clase; el tercero mostró calidad, pero fue perdiendo fuelle; el primero obligó a administrar una embestida obediente y áspera; el cuarto exigió paciencia; el quinto reclamó oficio; y el sexto pidió construcción.

No todos los toros pusieron lo mismo. Y eso hizo más interesante la tarde. Porque cuando el toro bueno facilita, el torero puede lucir; cuando el toro limita, el torero tiene que aparecer.

En Marbella aparecieron. Morante encontró posibilidades donde parecían esconderse. Manzanares administró la calidad y después trabajó para conquistar la entrega. Palacio convirtió la ambición inicial en una faena cada vez más asentada. Por eso la corrida merece ser leída más allá de sus seis orejas.

TRES TOREROS, UNA PLAZA Y UNA MISMA NECESIDAD: TENER ALGO QUE DECIR

La triple Puerta Grande quedará como el dato rotundo de la noche. Morante se llevó una oreja de cada toro; Manzanares abrió la Puerta Grande con dos orejas del segundo y se marchó sin premio del quinto; y Palacio terminó la corrida con tres trofeos y la sensación de haber dado un paso adelante.

Pero el toreo no siempre se queda en las estadísticas. Hay tardes que dejan números. Y hay tardes que dejan sensaciones. Marbella dejó la sensación de haber contemplado tres tauromaquias diferentes, tres maneras de relacionarse con el toro y tres tiempos distintos de una misma historia. Morante puso el misterio y la inspiración. Manzanares puso la profundidad y la elegancia convertida en mando. Palacio puso la entrega, la ambición y ese buen concepto que empieza a transformarse en personalidad. Por eso la Corrida de los Candiles fue más que una noche de triunfo. Fue una demostración de que el toreo, cuando conserva personalidad, no necesita hablar con una sola voz. Puede hacerlo desde el silencio inspirado de Morante, desde la hondura templada de Manzanares o desde la juventud comprometida de Palacio.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de lo sucedido en Marbella. Que, durante unas horas, el ruedo no fue solamente un lugar donde tres toreros buscaron las orejas. Fue el espacio donde tres hombres intentaron explicar, cada uno a su manera, por qué siguen necesitando torear. Morante buscó la belleza donde apenas parecía haberla. Manzanares convirtió la embestida en profundidad. Palacio convirtió la entrega en esperanza. Y cuando terminó la corrida, la plaza tenía tres nombres para recordar, tres conceptos para discutir y una certeza difícil de discutir: el toreo sigue siendo grande cuando el torero tiene algo propio que decir. Aquella noche, en Marbella, se escucharon tres voces. Y las tres hablaron de toreo.

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