San Isidro: Novillada de Actitud y Verdad

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La décima novillada de San Isidro dejó una tarde de gran contenido taurino en Las Ventas, marcada por la entrega absoluta de la terna y la variada condición de los novillos de Fuente Ymbro. Entre la firmeza de Pedro Luis, la verdad y el valor de Mario Vilau y el golpe de autoridad de Julio Norte, Madrid vivió una función de emoción, riesgo y autenticidad, coronada por el bravo comportamiento de “Jaleo”, el mejor novillo del festejo.

Redacción: Héctor Esnever Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. La décima cita de San Isidro no fue una tarde de simple estadística ni de triunfos fáciles. Fue, por el contrario, una novillada de lectura profunda, de esas en las que el aficionado encuentra matices técnicos, comportamientos cambiantes y, sobre todo, la dimensión real de quienes pisan el ruedo de Madrid con hambre de sitio. La corrida de Fuente Ymbro mostró precisamente eso: una variedad de registros que obligó a la terna a resolver problemas distintos, sin margen para la comodidad ni para el toreo de escaparate.

Desde el primero quedó claro que el encierro no venía a regalar nada. Hubo utreros de querencia acusada, otros faltos de transmisión, algunos deslucidos por su escasa fuerza y uno, el extraordinario sexto, que terminó convirtiéndose en el eje emocional del festejo. Esa diversidad de comportamientos terminó otorgándole autenticidad a la tarde, alejándola de la monotonía y convirtiéndola en un verdadero examen de capacidades.

Pedro Luis abrió plaza ante “Levítico”, un novillo que nunca terminó de entregarse. El utrero, sin celo ni continuidad, obligó a plantear una lidia basada más en el oficio que en la inspiración. El torero mostró concepto y serenidad, intentando construir faena donde apenas había combustible. El problema fundamental del animal fue la ausencia de raza y emoción, dos factores indispensables en Madrid. Aun así, el espada sostuvo la compostura y dejó detalles de buen gusto técnico, especialmente en la colocación y en la intención de llevar largo el muletazo.

Su segundo, “Soplón”, sí ofreció mejores opciones por el pitón izquierdo, aunque sin terminar de romper hacia adelante. Allí apareció un Pedro Luis más asentado al natural, dibujando muletazos de trazo correcto y criterio clásico, pero nuevamente condicionado por la falta de transmisión del animal. El fracaso con la espada emborronó cualquier posibilidad de premio, aunque quedó la impresión de un novillero con estructura conceptual y disposición seria.

La tarde comenzó a tomar temperatura con la presentación de Mario Vilau. El catalán entendió desde el primer instante que Madrid exigía impacto y personalidad. Por eso se fue a portagayola con el segundo y volvió a repetir la apuesta en chiqueros frente al quinto. No fueron gestos vacíos; fueron auténticas declaraciones de intenciones.

Su primero, “Infortunado”, tuvo movilidad limitada y un fondo de fuerzas muy justo, pero Vilau supo administrar las inercias con temple y sentido de las distancias. Toreó despacio cuando el novillo pedía alivio y tiró de una embestida precaria con notable pulso, especialmente al natural. Ahí apareció uno de los aspectos más valiosos de su actuación: la capacidad de interpretar las necesidades del animal sin violentarlo. La oreja no llegó únicamente por la estocada recta y decidida, sino por la inteligencia con la que sostuvo una faena amenazada constantemente por la falta de poder del utrero.

El quinto, “Rebueno”, fue otra historia. Un novillo áspero, afligido, reservón y muy complicado para banderillear y ligar. Ahí emergió el aspecto más crudo y heroico del toreo. Vilau no se escondió jamás. Se quedó en el sitio cuando el animal no ofrecía garantías y terminó sufriendo una cornada en el muslo izquierdo en uno de los embroques más comprometidos de la tarde. Aquello elevó definitivamente el tono de la actuación del catalán, porque mostró una verdad que Madrid reconoce por encima de cualquier estética: la capacidad de jugarse la vida sin renunciar al mando. Su ovación tuvo verdadero peso moral de triunfo.

Pero la gran sacudida emocional del festejo llevó el nombre de Julio Norte. El salmantino aterrizó en Las Ventas con personalidad, frescura y una ambición visible desde el primer capotazo. Su primero, “Retamo”, fue protestado por presentación y además desarrolló complicaciones derivadas de su mansedumbre y de una embestida a media altura, descompuesta cuando tocaba tela.

Lejos de descomponerse, Norte entendió perfectamente el terreno de la lidia: limpieza, precisión y muletazos aislados para no romper el viaje del utrero. El mérito de aquella faena estuvo en la colocación y en la firmeza. Cada pase exigía citar muy encima, enganchar la embestida y sostenerla sin ayuda de inercias. El novillero apostó fuerte metiéndose entre los pitones con circulares invertidos de enorme exposición, dejando una imagen de quietud impropia de un debutante en Madrid. La oreja premió una actuación de enorme responsabilidad.

Sin embargo, el verdadero estallido llegó con “Jaleo”, el sexto. Ahí apareció el mejor Fuente Ymbro de la tarde: un novillo con prontitud, humillación, movilidad franca y clase inicial por el pitón derecho. El utrero acudió con alegría al caballo, empujó con bravura y confirmó en banderillas una condición vibrante y encastada.

Julio Norte lo entendió desde el principio y planteó una faena basada en el ajuste, el valor y el mando por abajo. El inicio en los medios, cambiándose el novillo por la espalda, encendió rápidamente los tendidos. Después llegaron series de enorme categoría sobre la diestra, con la mano baja y tirando del viaje con autoridad. Aquello tuvo aroma de figura emergente: profundidad, ligazón y capacidad para gobernar la embestida sin perder el sitio.

La faena cambió radicalmente cuando el novillo se orientó por el izquierdo y comenzó a quedarse corto. Fue entonces cuando apareció el torero de verdad. Lejos de venirse abajo, Norte asumió la nueva condición del utrero y decidió pisar terrenos de máxima exposición. El volteretón, durísimo y espectacular, no modificó un ápice su actitud. Volvió a la cara del novillo con determinación y entendiendo que la faena ya no podía construirse desde la largura, sino desde las cercanías, cortando las series y apostando por la emoción directa.

Aquello conectó profundamente con Madrid, porque el público percibió autenticidad, ambición y capacidad de sobreponerse al peligro real.

La novillada terminó dejando una conclusión evidente: Fuente Ymbro ofreció un encierro de contrastes, pero lleno de lectura ganadera. Hubo nobleza, bravura medida, mansedumbre, movilidad y emoción verdadera. No fue una camada uniforme, pero sí una novillada que exigió capacidad técnica y valor a los espadas. Y precisamente ahí radicó la grandeza del festejo.

Porque si algo sostuvo la tarde fue la actitud irreductible de la terna. Nadie pasó de puntillas. Nadie administró esfuerzos. Cada uno, desde sus propias armas, asumió la responsabilidad de Madrid con una seriedad que dignificó el escalafón novilleril. Pedro Luis dejó concepto; Mario Vilau, verdad y entrega; Julio Norte, además de todo eso, el golpe de autoridad de quien parece dispuesto a abrirse paso en las grandes ferias.

Las Ventas, plaza donde las imposturas se derrumban rápidamente, encontró en esta décima de San Isidro una tarde de autenticidad taurina. Y eso, en tiempos de espectáculos superficiales y triunfos huecos, vale mucho más que cualquier cifra de trofeos.

Parte médico de herida sufrida por Mario Vilau: Herida por asta de toro en cara anterior del tercio superior del muslo izquierdo, con una trayectoria ascendente de 15 centímetros, que produce destrozo en músculo sartorio y contusiona arteria femoral. Pronóstico grave. Firmado: Dr. Máximo García Padrós.

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