Madrid: Cuando Citas a la Historia

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El Juli sale en hombros en su última tarde en Las Ventas con una lección más de magisterio; Rufo cobró otra pieza.

Redacción: Marco Antonio Hierro – Cultoro.es – Web Aliada – Foto: Luis Sánchez-Olmedo

Madrid – España. Pasaban sólo unos minutos de las seis de la tarde cuando un Juli emocionado, responsabilizado y consciente saludaba la ovación que le ofrecía Las Ventas por citar allí a la historia. Una vez más. En aquella plaza en pie que reconocía 25 años de carrera se escondían filias, fobias, placeres, sinsabores, gloria y fracaso, todo vivido en esta plaza, la primera del mundo mientras nadie consiga lo contrario. Porque cuando citas a la historia corres el riesgo de que llegue y se ponga de tu parte.

No lo hizo con un lote de medio pelo para Julián que hubiera sido calvo para cualquiera. Lo hizo poniendo las muñecas de El Juli al servicio del arte de lidiar toros. Hubo toreo, por supuesto. Vaya si lo hubo; pero hubo, sobre todo, un torero demostrando que su capacidad puede que sea la mayor que se ha visto en la historia de este arte a la hora de imponerse a un toro. Por eso citó a la historia aquí y le puso el hierro de El Puerto, que trajo una corrida tan desigual en todo que te hacía pensar que, si acudes a tu cita con la historia, tienes que hacerlo al menos bien vestido.

Y ese toro quinto, lisardón y en el tipo de los toros buenos que le embisten a Lorenzo, venía tan bien vestido que todos pensaron que iba a embestir. Pero se negó en telas y petos, apretó en banderillas y se puso galopón cuando Juli ya estaba brindando su último toro en Las Ventas a la concurrencia que había llenado el aforo. Nadie daba un duro por él. Nadie pensaba que podría llegar a entregarse, a humillar, a coger el ritmo para redondearse, siquiera, en su huida hacia adelante. Nadie excepto Julián, que tuvo paciencia, buscó la media distancia y le encontró el diapasón que le fue haciendo romper hasta que llegó un cambio de mano soberbio, monumental, glorioso, que Madrid coreó con la barriga.

Ese fue el inicio de una faena corta que parecía imposible. De una obra tan efímera que todos se la llevaron dentro, como una chapa en el pecho en la que puede leerse: yo estuve allí. Yo estuve el día que El Juli citó a la historia con la muleta oblicua -plana sólo la ponen los julays-, la escupió recta para que tomase inercia y luego la reventó en tres naturales y otro cambio de mano que fue un redondo completo. Hasta ahí llegó el engaño a Faraón, que se cansó de tragar por mucho que fuese El Juli. La estocada, fulminante, provocó el pañuelo de Eutimio sobre el gancho. Y hubiese sido premio justo, pero aún sacó el palco otro más.

El que se llevaba a Julián por la calle de Alcalá camino de un adiós glorioso, sí. Pero también el que no salió con Cantapájaros, con Novelero, con el otro Afanes que fue toro y no novillo, y con tantos toros que cuajó Julián en esta plaza y la historia se encargó de negar. Pero también el de aquel Licenciado con el que no quiso entrar la espada; y aquel toro de La Quinta del pasado año, con el que Juli rompía a llorar entre burladeros por no haberlo matado por derecho después de su mejor obra -de largo- en Madrid. Todos ellos viajaban hoy en ese segundo pañuelo que sacó a pasear Eutimio.

También le habían pedido la oreja del segundo, al que había cuajado de manera soberbia con el capote en un saludo a la verónica, un galleo por chicuelinas para ponérselo a Barroso -magnífico en su actuación- y un quite de chicuelina, cordobina y tres medias que volvieron a poner en suerte al de La Ventana. Con ese no le fue difícil aprovechar las inercias, pero fue tan soso que a nadie le extrañó que terminase viviéndose abajo. No había lugar al trofeo.

Sí lo hubo para un Tomás Rufo al que la responsabilidad de saberse heredero del gran Juli pudo por momentos con el tercero de la tarde. Pero cuando el cierraplaza se le vino como un tren, con Tomás de rodillas en el tercio, esperando la llegada para torear, la plaza fue un clamor con el chaval de Pepino. Tomás le sopló cuatro derechazos de rodillas que muchos no sueñan ni pegar de pie. Una serie soberbia de poderosa mano baja siguió al éxtasis que pareció vivir la plaza, pero al rajado sexto se le puso en el morro embestir a ráfagas informales. Las manoletinas que epilogaron la obra fueron de pastillita bajo la lengua, pero antes había pasado por la amargura de heredar también a los que fueron en su día detractores de su maestro. Un volapié fulminante les tapó la boca con un trofeo. Pero la tarde era de Juli.

Porque también había hecho el paseíllo Uceda Leal, impecablemente vestido, que no terminó de profundizar su estético toreo con el primero -el mejor del encierro- ni se fue a fajarse con el cuarto a chiqueros, donde le pedía el manso la guerra. Por eso se quedó en ovación y silencio y se fue tan impecable como había llegado a la plaza.

Juli no. Juli se fue por la puerta donde te zarandean, te desnudan, te rasgan músculos y ropa y aún, así, te sientes feliz. Porque sabes que has cerrado el círculo abrazando a la historia en tu cita. Y porque sabes que te vas en paz…

Ficha del Festejo

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Feria de Otoño, primer festejo de abono. Corrida de toros. No hay billetes. Toros de El Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto (segundo y tercero). De fuerza justa, pero clase y emotividad la del primero; deslucido y a menos un segundo que no se entregó; con buena intención, pero a menos el tercero; manso de libro el cuarto; de cierta clase, pero sin nada de fuerza el quinto, muy a menos; de emotividad hasta que decidió irse a tablas el buen sexto. Uceda Leal (buganvilla y plata): ovación y silencio. Julián López «El Juli» (berenjena y oro): ovación tras petición no atendida y dos orejas. Tomás Rufo (nazareno y oro): silencio tras aviso y oreja.

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