Off Line -Barquerito

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Hace diez días, Barquerito, remató su “Previa de Bilbao” con esta frase: “Sin televisión, se calcula que las cifras de asistencia doblarán las del último año. Todo un reto”.


Un reto incumplido. Desconozco las razones o de quién, pero desconectar a los aficionados del resto del mundo no hizo que las entradas a Vistalegre aumentaran. Al contrario, bajaron a niveles de pobreza extrema. Ayer solo 3.000 parroquianos para la gran corrida de Dolores Aguirre, por ejemplo, (ni Roca Rey pudo llenar).

No podrá decirse que la inasistencia fue por los carteles caros, cuajados de figuras con sus ganaderías preferidas, y emergentes de moda. Para completar, se renunció a los ingresos de televisión, pocos, muchos, los que fueran. Mala pata. Las Corridas Generales son devoción de la afición mundial. Hay que cuidarlas.

En cambio, este año las ferias de: Sevilla (abril), Madrid (San Isidro), Valencia (julio), Pamplona (San Fermín), Azpeitia (San Ignacio) se han transmitido en directo, con gran predicamento taquillero, e impacto televisivo. Ese que promociona y vende todo. Tanto, que los quejosos cambian de tema y ya en vez de catástrofes profetizan renacimiento, rejuvenecimiento del público y saneamiento de las carencias que dejó la pandemia.

Está demostrado. Si algo hay anacrónico en los toros hoy, es prescindir de la televisión. Como no prescinden el fútbol, el béisbol, el baloncesto, las carreras de ciclismo, la fórmula uno, el tenis, los juegos olímpicos, y ni siquiera el exclusivista golf, que van en pantalla permanente con inmensas teleaudiencias, asistencias multitudinarias, pingües ganancias y afianzamiento comercial.

Quizá los esnobs que claman: “Para salvar el toreo hay que cambiarlo, ponerlo a tono con los tiempos que corren y morigerarlo” (degenerarlo), se den cuenta de que por ahí no es la cosa. Que, al contrario, es su autenticidad lo que vende la televisión taurina en tantos países que no lo son. Es que por ella se ve todo, tal como es.

Las cámaras en las corridas no alejan el público, lo atraen. Que sigan, y tras ellas las multitudes que no quepan en las plazas. En el siglo de la globalización total, esa es la modernidad que admite la fiesta, que la salva.

Desenquistarla, conservar el rito intacto y transmitir sus verdades a “los tiempos que corren”. No el cacareado transformismo, el dejar de ser para seguir siendo, y encima off line. La próxima, on line Bilbao, please.

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