Crónica de Vistalegre: Consagrar el Rito

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Fueron 120 minutos de una corrida que trajo consigo la consagración de una liturgia inmortal por lo real del espectáculo: la verdad arrolladora de Roca Rey y la naturalidad sublime de Aguado.

Redacción: Javier Fernández Caballero – Cultoro.es – Web Aliada – Foto: Luis Sánchez Olmedo

Madrid – España. Fue espeluznante. Terrorífica. La plaza se pensaba lo peor cuando se llevaban a la enfermería a Juan José Domínguez nada más comenzar el festejo. Era el prólogo de una tarde de emociones, de la consagración de una tragicomedia en la que el toreo fue el rito inviolable que dos jóvenes en duelo estaban llevando al último término. De ahí hasta que José Chacón se tiraba a cuerpo limpio para salvar del quemazón del pitón a Pablo Aguado en el sexto habían pasado dos horas. 120 minutos en los que se cerraba, con ello, el portón de una corrida que trajo consigo esa tragicomedia de una liturgia inmortal por lo verdadero del espectáculo.

Hubo sangre, pero hubo vida; hubo duelo, pero hubo compañerismo. Lo que no hubo fue mentira: todo fue de verdad. Hubo sinceridad y mucha en Roca Rey, el hombre de la tarde; y la hubo en las verónicas de trazo limpio y natural de Aguado que son ya el mejor toreo de capote de toda la Feria.

Que no se te vaya el valor por el agujero que acabas de ver en la persona con quien compartes vida a diario es, sólo, de superhombres. Es sólo de toreros al alcance de Roca Rey, capaz de sobreponerse al ambiente opaco y soltarle el inicio de faena que le dio al toro que acababa de coger a su banderillero. Horrible fue la cogida de Domínguez; quedó un malestar evidente en el ambiente enrarecido, del que emergió su torero para soplarle esos estatuarios y sacarlo por delante y por detrás con pasmosa seguridad. Pero fue aún mejor cuando el toro fue claudicando al poder del peruano, que fue cuando lo cosió a la mano diestra y terminó entregado el animal al ritmo del joven. Mucha pureza la de Andrés, que fue paseando su gobierno muy de frente por delante de la cara del animal en un momento en que acababa de cornear a su peón de confianza.

Y aún estaba por llegar lo mejor, porque el tercero le ofreció la codicia y el motor perfectos para que Andrés hiciese el toreo de mano baja que el humillador animal le iba pidiendo y, aunque no terminó de cuajarlo por abajo al de Garcigrande, dio un espectáculo de valor y firmeza con él. Por cambiados en el centro primero en pie y luego de hinojos inició una faena en la que por ambas manos ligó al bravo de Justo. Final por circulares y espeluznantes bernadinas. Estoconazo y dos orejas. Acababa de hablar Andrés.

Y la comunión a la tragicomedia de este rito la entregó Aguado al soplarle al cuarto las verónicas que le recetó: ¡Qué forma de torear de capa! Fue un toro de imponente presencia al que el sevillano le meció el toreo a la verónica por el pitón derecho con tremenda personalidad. Trazo ralentizado, como si torease con un trapito, con la mano de dentro metida hacia el otro extremo del percal, el de la mano de torear. Una fotografía del maestro Curro Romero se pasó por la mente de los presentes. Y volvió a hacerlo en el turno de quites, haciendo crujir las barrigas del tendido. Todo despacio, como el inicio ganando el paso y dejando el trapo en la cara, que ya no resultaba tan fija y viajaba suelta en el trazo, desluciendo el toreo delicado de Pablo. Y se fue agriando cada vez más, mientras intentaba Aguado no perder el paso de Andrés, pero el empeño del animal de agarrarse al suelo dio al traste con la esperanza del sevillano. Esta vez sí viajó certera la espada para escuchar ovación.

Con el sexto no pudo brillar Aguado con el capote porque no se entregó el de Núñez del Cuvillo. Y tampoco su desarrollo en los primeros tercios hizo presagiar las bondades del animal, que las sacó, sin embargo, para premiar la naturalidad y la parsimonia de Aguado. Y es que siempre buscó el sevillano su toreo, y quiso emplearse con su toreo de delicada expresión, pero el celo y la fijeza del animal iban a menos a zurdas. Final al ataque para terminar de exprimirlo sabiendo ya que no albergada premio, y una estocada tirándose a matar o morir en la que penetró el pitón en su muslo derecho mientras caía el animal.

Ahí puso su fin una tarde de consagrar una tragicomedia, que fue lo que hoy hicieron dos toreros en duelo que dieron más futuro si cabe a este espectáculo.

Ficha del Festejo

Plaza de toros Palacio de Vistalegre, Madrid. Séptima de la Feria de San Isidro. Unas 3.,500 personas. Toros de Vegahermosa (asperote pero a más en la entrega el primero), Garcigrande (de gran calidad y celo el humillador tercero, ovacionado; de cara suelta y agarrado al piso el deslucido cuarto), Jandilla (deslucido y manso el desentendido segundo) y Núñez del Cuvillo (de gran clase y escaso fuelle el quinto; noble y de bondad máxima pero sin raza ni celo el sexto). Andrés Roca Rey (blanco y oro): ovación, dos orejas y silencio. Pablo Aguado (negro y plata): silencio tras dos avisos, ovación y herido.

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