Alcalá 28028: Simplemente Santiago

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Comenzamos una nueva serie: Alcalá 28028 realizará un repaso -a través de epístolas- por la importancia pasada, presente y futura de algunos de los actores más reconocidos de la historia de Las Ventas

¿Y si Las Ventas pudiera escribirle al torero de a pie que más veces ha abierto la Puerta Grande…?

Hola, Santiago.

¿Cómo te trata la vida? Espero sinceramente que lo haga, al menos igual que lo hice yo. O igual que lo hiciste tú conmigo. Supongo que todavía me echarás de menos, aunque sólo sea de vez en cuando. Hemos vivido tantas tardes juntos que ya no me acuerdo de que hubo un tiempo en que no existías.

Llegaste a mí siendo aún un niño asustado. Un imberbe de provincias en el que nadie -incluida yo misma- había reparado. Sólo mi hermana, La Chata, la de Carabanchel, me había dicho tu nombre de pasada, pero se me olvidó sin que hubiese terminado de pronunciarlo. Aún no habías llegado a pisar mi albero. Porque entonces… ¡Ay, entonces! Desde aquel día no he sido capaz de olvidar tu empaque, tu porte de encina castellana que no ve pasar la vida, sino que la vive y aprende de ella. Incluso pareciendo que no muda el gesto ni la color. ¡Ay, Santiago! ¡Cuánto te echo de menos!

Recuerdo el día en que viniste para convertirte en matador de toros. Tu inmaculado vestido blanco y oro escondía los nervios que se te agarraban a la barriga antes de que ‘Guapito’ saltase a la arena. Ha pasado más de medio siglo desde entonces y todavía reconozco en ti a aquel muchacho de gesto seri y expresiva mirada de grandeza.

Aquélla fue sólo la primera de tantas jornadas de gloria en que te ibas en hombros por la calle de Alcalá y a mí se me entornaban los ojos porque sabía que en cada uno de esos paseos, en cada latido de tu corazón exaltado, en tu pasmosa templanza, tu vida y la mía se iban haciendo una sola.

Son muchos los toros que te he visto cuajar mientras en mi vientre se iba gestando tu leyenda. Aquel de María Teresa Oliveira, con ese compás tan tuyo de enganchar y transportar el muletazo hasta el infinito del Olimpo donde solo los dioses tienen franca la entrada y expedito el camino.

O aquéllos dos toros de tu paisano Paco Galache, que traían el triunfo puesto desde Salamanca para que tú te encontrases con ellos, cuando se iniciaba tu carrera y más falta te hacía el calor y el cariño de mi público. Ellos te lo dieron y yo jamás te lo pude negar. Porque fue aquí donde quisiste que ocurrieran tus grandes gestas, tus detalles de torero gigante y capaz que escribieron las letras de más dorado brillo de la historia del arte.

De todos, fue quizá el toro de tu familia Garzón, aquel año de tu gracia de 1966, el que más indeleble huella dejó en mi arena. Y aquella mano izquierda, tan tuya y tan nuestra, quedó inmortalizada en el bronce de la escultura de cada trazo, de cada dibujo sereno y seguro. ¡Ay, Santiago! ¡Qué fácil parecía contigo aquello de cargar la suerte! Hasta el rabo te pidieron tras la espectacular muerte del animal.

Para el recuerdo queda aquélla tarde de primavera en que te empeñaste en anunciarte aquí, en el templo del toreo, con la corrida de Miura. Que sólo se contrató porque tú la pediste. Después de más de una década sin que los toros de Zahariche pisasen mi ruedo. Y tú, charro terco y empecinado, hiciste embestir a aquel toro para cortarle las orejas. ¡Hay que ver, Santiago! ¡Cuando tú te empeñas…!

Y también recuerdo la tarde de tu reaparición en esta arena. Con una victorinada que pasó con mucha dignidad ante la parroquia que puebla este tendido. Pero tú soñaste con ella porque sabías que debías cortarle también las orejas.

Aún conservo en la retina tu majestuoso porte ante la muerte de aquel toro de Osborne cuya estampa dio la vuelta al mundo. Él se entregaba vencido y vacío por tu muleta, que descansaba ya plegada en tu brazo mientras contemplabas con agradecida arrogancia ese final que fue el principio de un manicomio lleno de pañuelos blancos en un tendido, el mío, que se entregó a ti como no lo hizo con nadie. Cómo te zarandeaban cuando los clarines del miedo tocaban a tarde muerta y las trompetas de la gloria ordenaban la apertura de mi Puerta Grande. Como tantas otras veces…

Aquélla tarde, en cambio, aquélla del 79 en que me dijiste adiós la conservo en mi viejo corazón por la verdad de tu entrega, por el amor de tu franela roja, siempre acariciando mi arena, por la sinceridad de tu duelo al romper conmigo el cordón umbilical. Y te convertiste en el Señor, en el añorado Maestro de blanca cumbre y alcanforado recuerdo que volvía a mis entrañas para degustar ahora las obras de otros. Y para recibir los parabienes y homenajes que tan merecidos tienes y tan poco te gustan.

¿No seas terco, Santiago? No haberme tratado tan bien. Y así tu nombre no estaría en los azulejos de mis paredes. Pero si no lo hubieras hecho, qué les ibas a contar tan orgulloso a tus nietos…

Ve con Dios, hombre, que aquí seguiré yo para mantener la llama de tu recuerdo como aquel que fue capaz de cautivar a mi público y de abrir mi puerta más gloriosa 14 veces. Y de seguir siendo, a pesar de todo, simplemente Santiago. Esa buena persona que tu madre siempre supo que serías…

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