Valencia: Domingo de Pasión en Fallas

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La jornada dominical de la Feria de Fallas en la Plaza de Toros de Valencia dejó una intensa doble sesión taurina marcada por el arte ecuestre en la mañana y el toreo de a pie en la tarde. Diego Ventura firmó la actuación más rotunda del festejo matinal con dos orejas, mientras Andy Cartagena y Lea Vicens mostraron momentos de alto nivel frente a los toros de Cortés de Moura. Por la tarde, una corrida irregular y el desacierto con los aceros impidieron que faenas de gran contenido artístico de Sebastián Castella y Pablo Aguado se tradujeran en trofeos, en una tarde donde el palco también fue protagonista.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Morawww.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. La Plaza de Toros de Valencia vivió este domingo una de esas jornadas que definen el carácter de la Feria de Fallas: intensidad, rivalidad artística y emociones contrapuestas entre la gloria y la frustración. Dos festejos, uno matinal de rejones y otro vespertino de lidia a pie, conformaron un día taurino completo, en el que el público valenciano asistió a una montaña rusa de sensaciones donde el temple ecuestre, el clasicismo del toreo y el desacierto con los aceros marcaron el destino de los trofeos.

La mañana tuvo sabor a espectáculo caballeresco con los toros portugueses de María Guiomar Cortés de Moura, mientras que la tarde, con toros de Puerto de San Lorenzo, La Ventana y Jandilla, dejó momentos de gran profundidad artística que, sin embargo, se diluyeron en gran parte por la espada.

VENTURA IMPONE SU JERARQUÍA EN UNA MAÑANA DE GRAN REJONEO

La corrida de rejones abrió la jornada con una entrada cercana a los dos tercios del aforo y con un cartel de figuras encabezado por Andy Cartagena, Diego Ventura y Lea Vicens.

El primero en pisar el ruedo fue Cartagena, que se enfrentó a un toro negro de notable presencia al que supo parar con inteligencia, administrando un único rejón de castigo. El jinete alicantino desarrolló después una lidia templada y muy torera en el tercio de banderillas, donde destacó su dominio de las distancias y el temple en las reuniones al estribo. Uno de los momentos más celebrados llegó cuando, montando un vistoso caballo de capa appaloosa, se aproximó a los tendidos para clavar banderillas cortas con enorme cercanía. El público respondió con entusiasmo, aunque el rejón final quedó algo trasero y el toro tardó en caer, lo que dejó el premio en una cálida ovación.

Si Cartagena encendió los primeros aplausos, Diego Ventura terminó de encandilar a los tendidos con una actuación de gran altura frente al segundo. El toro, de buen tranco, permitió al maestro de La Puebla del Río desplegar todo su repertorio. Sobre Quirico, Ventura templó la embestida con precisión milimétrica, dibujando reuniones de enorme pureza. La faena alcanzó su cénit cuando montó a Brillante, con el que dejó varias rosas de impecable ejecución que encendieron definitivamente el ambiente. El rejón de muerte, certero al primer intento, rubricó una obra de gran rotundidad que fue premiada con una oreja.

La francesa Lea Vicens encontró dificultades con el tercero, un toro distraído que tardó en fijarse en la cabalgadura. La amazona tiró de oficio para encelar al animal y logró momentos brillantes montando a Diluvio, clavando de poder a poder banderillas que despertaron el reconocimiento del público. Más tarde, con Fermín, colocó banderillas cortas con solvencia, aunque el fallo con el acero en la suerte suprema dejó la actuación en ovación.

La segunda parte del festejo mantuvo el interés. Cartagena volvió a demostrar su categoría frente al cuarto, hilvanando una faena de riesgo y entrega, con banderillas al violín que elevaron la emoción del público. Sin embargo, un pinchazo privó al jinete de un premio que parecía seguro.

Ventura, por su parte, volvió a exhibir su jerarquía frente al quinto. Desde el primer momento impuso mando sobre la embestida, alternando caballos y registros con una facilidad pasmosa. La faena alcanzó gran intensidad con Nómada, Lío y Bronce, antes de cerrar con un rejonazo contundente que puso en pie a la plaza. El público pidió con fuerza la segunda oreja, pero el palco solo concedió una, decisión que generó cierta controversia mientras sonaban los ecos de la mascletá fallera desde el cercano Ayuntamiento.

El festejo lo cerró Vicens frente a un sexto complicado que buscó tablas desde los primeros compases. Con temple y oficio, la rejoneadora logró algunos pasajes meritorios a lomos de Bético, clavando banderillas con determinación pese a la dificultad del astado. Sin embargo, el esfuerzo quedó sin recompensa tras varios intentos fallidos con el rejón de muerte, escuchando silencio tras dos avisos.

La mañana dejó así una conclusión clara: Diego Ventura fue el gran triunfador, mientras que Cartagena y Vicens dejaron muestras de su calidad en una corrida de interés variable.

LA TARDE: ARTE, FRUSTRACIÓN Y POLÉMICA CON LOS TROFEOS

Si la mañana tuvo brillo, la corrida de la tarde estuvo marcada por el contraste entre el arte desplegado y los premios que nunca llegaron. La corrida anunciada de Jandilla tuvo que ser parcialmente remendada tras movimientos de corrales, saliendo finalmente toros de Puerto de San Lorenzo y La Ventana, lo que condicionó en parte el desarrollo del festejo.

El francés Sebastián Castella abrió plaza con un toro débil y deslucido que pronto evidenció falta de fuerza. El animal se cayó repetidamente durante el recibo capotero y terminó rajándose en la muleta, buscando querencia. Castella insistió con voluntad, tratando de construir una faena digna, pero el escaso fondo del toro y el posterior fallo con los aceros terminaron por diluir cualquier opción de lucimiento.

Mejor suerte tuvo José María Manzanares con el segundo, un toro que también acusó falta de empuje pero que permitió algunos pasajes de gran estética. El torero alicantino fue imponiendo su temple poco a poco, logrando tandas profundas al natural y redondos de notable cadencia que arrancaron la música en la plaza. La obra tenía aroma de trofeo, pero el desacierto con la espada enfrió el ambiente y dejó la actuación en ovación.

La tarde alcanzó uno de sus momentos más inspirados con Pablo Aguado frente al tercero. El sevillano dejó un recibo capotero de gran elegancia y una serie de quites cargados de torería que despertaron los primeros olés rotundos. Con la muleta, Aguado construyó una faena de profundo sabor clásico, especialmente al natural, donde surgieron los muletazos más hondos de la tarde. El público percibió que estaba ante una obra grande, pero el acero volvió a cruzarse en el camino del triunfo y el premio quedó reducido a una ovación.

El cuarto toro devolvió el protagonismo a Castella. El francés firmó aquí la faena más sólida de la corrida, dominando la embestida con autoridad y temple desde los medios. La obra fue creciendo en intensidad hasta poner a los tendidos en pie, pero el fallo con la espada en el momento decisivo cambió el rumbo del desenlace. A pesar de la fuerte petición de oreja, el palco decidió no concederla, lo que provocó protestas entre parte del público.

El quinto toro apenas ofreció opciones a Manzanares, que se limitó a despacharlo con eficacia tras comprobar la falta de posibilidades del animal.

La corrida concluyó con Aguado frente a un sexto sin entrega. El sevillano intentó meterse con el público iniciando la faena de rodillas cerca de tablas, pero la escasa transmisión del toro limitó la profundidad del trasteo. Aun así, dejó detalles de su personalidad torera antes de cerrar con media estocada.

UNA JORNADA QUE DEJA HUELLA EN FALLAS

El domingo taurino en Valencia terminó así con sensaciones encontradas. Por la mañana, Diego Ventura reafirmó su dominio en el rejoneo con una actuación de peso. Por la tarde, en cambio, el arte de Castella, Manzanares y Aguado chocó contra el muro del acero y las decisiones del palco.

Pero si algo quedó claro es que la Feria de Fallas sigue siendo un escenario donde el toreo se vive con intensidad absoluta: donde cada muletazo puede encender una plaza entera y donde, incluso sin trofeos, las grandes obras permanecen en la memoria de los aficionados.

Porque en Valencia, cuando llega marzo y el olor a pólvora se mezcla con el de la arena del ruedo, cada tarde puede convertirse en historia.

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