La corrida de El Freixo en la Feria de San Bernabé de Marbella no fue únicamente un éxito de taquilla ni una suma de trofeos. Fue, sobre todo, una demostración de cómo tres conceptos distintos del toreo, la inspiración artística de Morante de la Puebla, la creatividad técnica de Alejandro Talavante y la verdad valerosa de David de Miranda, encontraron en un encierro de gran calidad el escenario ideal para expresar su mejor versión. La aparición de “Laborioso”, premiado con la vuelta al ruedo, elevó una tarde que dejó lecciones sobre la importancia de la bravura, la clase y la autenticidad en la tauromaquia contemporánea.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. La Feria de San Bernabé de Marbella vivió una de esas tardes que trascienden el simple resultado estadístico para instalarse en la memoria colectiva de la afición. El lleno absoluto, el histórico cartel de “No hay billetes” y la apertura de la Puerta Grande por parte de Alejandro Talavante y David de Miranda constituyen datos relevantes, pero insuficientes para explicar la verdadera dimensión de lo acontecido en el ruedo marbellí.
Lo esencial ocurrió en un plano más profundo: el encuentro entre tres toreros de personalidad definida y una corrida de El Freixo que, más allá de sus diferencias morfológicas y de presentación, ofreció un elemento cada vez más escaso y valioso en la tauromaquia moderna: la posibilidad de crear arte desde la autenticidad de la embestida.
La corrida permitió comprobar que cuando la bravura se combina con la clase, el toreo recupera toda su capacidad de emocionar. Y precisamente ahí radica la grandeza de esta tarde. No fue una corrida de facilidades, sino una corrida que exigió interpretación, sensibilidad y capacidad para comprender las condiciones particulares de cada toro.
Morante de la Puebla, posiblemente el torero que mejor representa la dimensión artística del toreo actual, volvió a demostrar que su inspiración no depende exclusivamente del triunfo numérico. Su actuación dejó una enseñanza fundamental: el arte taurino no siempre se mide en orejas, sino en la profundidad de los pasajes creados.
Desde que se dirigió al burladero cercano a toriles para esperar la salida de su segundo ejemplar, el sevillano transmitió la sensación de estar buscando algo más que una faena convencional. Las verónicas, ejecutadas con extraordinaria cadencia, revelaron una vez más esa capacidad única para ralentizar el tiempo y convertir cada lance en una composición estética.
Sin embargo, la verdadera dimensión de su labor apareció cuando comprendió las limitaciones físicas del animal y decidió administrar la faena con inteligencia. Allí emergió el torero reflexivo, el lidiador experimentado que supo extraer profundidad de un toro medido de fuerzas. Los muletazos de trazo largo y mando sobre la diestra, así como los naturales cargados de intención, constituyeron una demostración de que la inspiración auténtica nace del conocimiento y de la comprensión exacta de las condiciones del toro.
Mientras Morante construía desde la pureza clásica, Alejandro Talavante ofrecía una lección magistral sobre la creatividad contemporánea. Su actuación fue la confirmación de que la inspiración también puede expresarse a través de la improvisación y la imaginación.
El extremeño encontró en los ejemplares de El Freixo la materia prima necesaria para desarrollar un toreo de enorme riqueza expresiva. Su capacidad para alternar profundidad técnica y espontaneidad artística convirtió sus dos faenas en auténticos ejercicios de creación taurina.
Especialmente significativa resultó la labor ante el quinto. Allí apareció un Talavante desatado en imaginación, capaz de enlazar recursos, cambios de mano y circulares con una naturalidad asombrosa. Lo verdaderamente relevante no fue la espectacularidad de algunos pasajes, sino la coherencia interna de una obra construida desde la inspiración y el dominio.
Cuando un torero alcanza ese nivel de entendimiento con el toro, la técnica deja de percibirse como una herramienta y se transforma en lenguaje. Eso fue precisamente lo que ocurrió en Marbella: Talavante habló el idioma del toreo con fluidez, emoción y personalidad propia.
Pero si Morante representó el arte y Talavante la creatividad, David de Miranda simbolizó la dimensión más heroica y comprometida de la tauromaquia.
El onubense protagonizó posiblemente la actuación más rotunda de la tarde. Su triunfo no se fundamentó únicamente en el corte de cuatro orejas, sino en la forma en que consiguió construir sus faenas desde la verdad absoluta.
Su actuación frente a “Laborioso” quedará como uno de los momentos más importantes del festejo. Desde los primeros compases se percibió una comunión especial entre toro y torero. El ejemplar de El Freixo poseía transmisión, profundidad y una calidad excepcional en la embestida, pero hacía falta un torero dispuesto a asumir riesgos para descubrir toda su dimensión.
Y David de Miranda aceptó ese desafío. La quietud, el valor sereno y la firmeza en los terrenos comprometidos permitieron que la emoción creciera de manera constante. Cada tanda fue construyéndose sobre la base del mando y la exposición, logrando que el público percibiera la autenticidad del compromiso asumido por el torero.
En una época donde con frecuencia se confunde la cercanía con el valor, Miranda recordó que el verdadero riesgo consiste en quedarse inmóvil cuando el toro exige responsabilidad, temple y convicción.
La vuelta al ruedo concedida a “Laborioso” terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la tarde. Más allá del reconocimiento individual al tercer toro, supuso una reivindicación del trabajo ganadero orientado hacia la calidad de la embestida.
Porque si algo dejó claro esta corrida de El Freixo es que el futuro de la tauromaquia depende de la existencia de toros capaces de emocionar desde la bravura y la clase. Los grandes triunfos de Morante, Talavante y Miranda nacieron precisamente de esa condición.
Marbella asistió así a una corrida que trasciende el resultado de una hoja de servicios. Fue una tarde donde coincidieron tres inspiraciones distintas y complementarias: la sensibilidad artística de Morante, la imaginación creadora de Talavante y la verdad innegociable de David de Miranda.
Cuando eso ocurre y además aparece un toro como “Laborioso”, la tauromaquia deja de ser únicamente un espectáculo para convertirse en una manifestación cultural de enorme profundidad emocional.
Por eso, más allá de las orejas, de la Puerta Grande o de las estadísticas finales, la Feria de San Bernabé de 2026 será recordada como la tarde en que tres toreros encontraron inspiración frente a una corrida que dignificó la esencia misma del toreo.





















