Una tesis doctoral defendida en la Universidad de Murcia sitúa a la ganadería de lidia en el centro de un debate ambiental de creciente importancia: su capacidad para actuar como sumidero neto de carbono. La investigación de Inmaculada Torrego Arranz, centrada en explotaciones de Castilla y León, concluye que la captura y el almacenamiento de carbono del ecosistema estudiado superan las emisiones generadas por la actividad ganadera. Un resultado que abre nuevas perspectivas para valorar la contribución del toro bravo a la conservación del medio natural, sin perder de vista la necesidad de ampliar los estudios a otras explotaciones y territorios.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. La ganadería brava encuentra en la investigación científica un argumento que va más allá de la tradición, la genética y la cultura taurina. El toro de lidia puede contribuir a la lucha contra el cambio climático a través de un modelo de explotación extensiva cuyo balance de carbono resulta favorable al medio ambiente. Esa es la principal conclusión de una tesis doctoral defendida el 21 de octubre de 2026 en la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Murcia, un trabajo que aporta una nueva perspectiva sobre la relación entre el campo bravo y la conservación de los ecosistemas.
La investigación, realizada por Inmaculada Torrego Arranz bajo el título Estudio del impacto medioambiental de las ganaderías de toro bravo en la Comunidad de Castilla y León, fue dirigida por los doctores Manuel Sanes y Juan Seva. Según la información publicada tras la defensa, el estudio concluye que las explotaciones analizadas presentan un balance neto negativo de gases de efecto invernadero: la capacidad de captación y almacenamiento de carbono del ecosistema asociado supera las emisiones atribuibles a la actividad ganadera. El tribunal concedió a la tesis la calificación de sobresaliente cum laude.【turn820346search0】
La conclusión merece atención porque introduce un matiz importante en la discusión sobre la huella ambiental de la ganadería. No todas las explotaciones funcionan de la misma manera ni pueden evaluarse atendiendo únicamente a las emisiones de sus animales. También importa el territorio en el que se desarrolla la actividad, la vegetación que se conserva, el manejo de los pastos y la capacidad del suelo para almacenar carbono. En el caso de las ganaderías estudiadas, el resultado apunta a que el sistema completo puede retirar de la atmósfera más carbono del que emite.
La clave no está únicamente en el toro, sino en el ecosistema que permite criarlo. El animal forma parte de una estructura productiva vinculada al aprovechamiento extensivo de grandes superficies, donde la cubierta vegetal, los pastizales, los árboles y los suelos desempeñan funciones ambientales que no pueden separarse del manejo ganadero. Por eso, cuando se habla del toro bravo como aliado climático, conviene entender la afirmación en su dimensión correcta: es el conjunto formado por la explotación y su entorno natural el que puede alcanzar un balance neto favorable.
Este planteamiento ofrece una lectura distinta del campo bravo. Frente a una valoración limitada al número de animales, al consumo de recursos o a las emisiones de metano propias de los rumiantes, la investigación incorpora la capacidad de captura de carbono del territorio. No se trata de negar que el ganado genera emisiones, sino de determinar si, al contabilizar también los procesos de absorción y almacenamiento, el balance total de una explotación resulta positivo o negativo para el clima.
La distinción es esencial. Que una ganadería estudiada actúe como sumidero neto de carbono no significa que el toro, considerado de forma aislada, absorba más gases de efecto invernadero de los que produce. Significa que, dentro del sistema evaluado, la captura de carbono supera las emisiones computadas. Para establecer la magnitud de ese resultado, su duración y su posible aplicación a otras fincas, es necesario conocer la metodología, los límites del cálculo y los datos concretos de cada explotación.
La dehesa y los pastizales asociados a la ganadería extensiva adquieren así una relevancia que merece ser examinada con rigor. La conservación de la vegetación y del suelo puede favorecer el almacenamiento de carbono, mientras que el mantenimiento de hábitats naturales contribuye a sostener una diversidad de especies vegetales y animales. Allí donde la actividad ganadera se integra adecuadamente en el territorio, la producción y la conservación ambiental pueden formar parte de una misma estrategia.
Desde esa perspectiva, el toro de lidia no debe contemplarse exclusivamente como el protagonista de la corrida, el resultado de una selección genética específica o una pieza de la cultura rural. También constituye el eje de una actividad ganadera cuyo desarrollo depende de la disponibilidad de espacios abiertos y de la conservación de unas condiciones ambientales determinadas. La continuidad de esas explotaciones puede tener consecuencias para el paisaje, la biodiversidad y la economía de las zonas rurales.
La tesis de la Universidad de Murcia aporta, por tanto, un argumento relevante a la hora de discutir el futuro de la ganadería brava. Su interés no reside en presentar una actividad tradicional como una solución universal al calentamiento global, sino en mostrar que existen sistemas ganaderos cuyo impacto climático debe evaluarse atendiendo al balance completo de emisiones y capturas. Esta aproximación permite superar las simplificaciones y abre la puerta a decisiones de gestión fundamentadas en resultados científicos.






















