Los pasos perdidos

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Antoñete. Foto (fragmento): El Mundo, “Memoria de los 80”
El toreo es arte ritual. Arte sacro digamos, para sus fieles. Componente litúrgico de una ceremonia de ofrenda y sacrificio.


Es tan antiguo como la prehistoria, pero sus maneras, estéticas y éticas, igual que en todo arte, han adoptado diferentes expresiones. La llamada corrida moderna es apenas una, la más reciente y quizá no la última. Este formato que tiene unos trescientos años, no abandona sin embargo el esquema primigenio; un oficiante, un toro, una feligresía, un significado.

Formato ya representado en los frescos del palacio de Cnosos (taurocatapsia) hace cuatro milenios. El asunto siempre es la muerte real del animal y/o el torero, alegoría de la relación fatal hombre-naturaleza. Desde la introducción en el siglo XVIII de la muleta, el capote, los tercios y las preceptivas (tauromaquias, luego reglamentos), el quid original se mantuvo: Aceptar la superioridad física de la naturaleza (el toro), enfrentarla, honrarla y si es posible sobrevivir a ella sin faltar ni a la dignidad ni al arte.

Por entonces, Pedro Romero, un torero de muchísimas corridas, que había visto morir a dos hermanos en el ruedo, y que después de ello seguía sosteniendo y predicando su estoicismo frente a las embestidas; “El toreo es de brazos, no de pies”. O como definiera su rival Pepe-Hillo, también muerto de toro: “Sin valor para ver llegar los toros no hay ninguno que ejecute bien las suertes”. Parar, es mandamiento de honor. No se trata de dejarse coger, se trata de darle oportunidad al toro, respetarlo y conducirlo limpia y estéticamente.

Pero la corrida, que refleja la sociedad y sus épocas, fue también deviniendo en show business, contrayendo picarescas e interpretaciones acomodaticias. Y se refinaron maneras de hurtar el bulto, fementir sin dejarse pillar del público. Sacar ventaja y taparlo con una belleza retórica. Toda una técnica.

Torear fuera de cacho, adornarse a toro pasado, largar tela, abusar del pico, echar el viaje lejos, descargar la suerte, ir de parón. Sí, de parón, vaciar sin ligar, enmendar el terreno, escapar tras cada encuentro, ponerse bonito al paso de la siguiente y volver a poner pies en polvorosa. Los hay que aplauden y premian eso como “toreo puro”. Aun con los toros francos. ¿Modernizadores? Quizá. Son los tiempos que corren.

Hasta dicen justificándose, que Paco Ojeda “hacía el parón”. No, no es cierto, le vimos tantas veces, ahí están los videos. Él paraba, mucho, que es todo lo contrario, no vivía huyendo en busca de los pasos perdidos.

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