¿Y DESPUÉS DE…?

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La historia hablará de un antes y un después de aquellos meses del 2020 como antes hicimos al repasar las cicatrices de la historia. Nos documentamos sobre los efectos que tuvo en el toreo la epidemia de gripe de 1918; cómo se reconstruyó la Fiesta después de la Guerra Civil con Manolete como mesías revitalizador y sabemos que la pérdida de las colonias conllevó consecuencias negativas en la percepción de los toros, como conciencia colectiva hasta que surgieron José y Juan para darle el brillante barniz de la regeneración. Estamos en shock invadidos por vaticinios con propuestas de fórmulas paliativas no experimentadas. En los laboratorios sociológicos del mundo se investigan las tendencias de novedosos hábitos sociales que se asentarán atraídos
por la ley de la gravedad del día a día que nos aguarda.

La temporada, en el aire

En clave taurina la primera incógnita por despejar es cuándo se reiniciará la temporada, en qué momento las medidas de descomprensión facilitarán las grandes concentraciones de personas. Todo queda supeditado a los avances farmacológicos para paliar el  tratamiento del Covid-19. Los cálculos más optimistas sitúan en julio la estación de retorno mientras los pesimistas dan la temporada por perdida. Quién sabe si en medio de
ambas hipótesis se hallará el punto de reencuentro, allá por agosto. Una vez encendida la luz verde los empresarios tendrán que plantear las programaciones con la incógnita del calado real de las heridas abiertas en las trayectorias de los temores. Dos miedos que restauran el quédate en casa ya sea para evitar contagios o forzados por la falta de liquidez en los bolsillos. Tengamos presente que estamos en la primera de las tres crisis: la sanitaria, la económica y la social. Cada una depende de la anterior. Se intuye que con las plazas de titularidad privada los acuerdos para acomodarse a la evidencia serán más factibles al no depender de una compleja burocracia administrativa. Otra cuestión es la órbita de lo público. Si ayuntamientos y diputaciones no relajan los acuerdos contractuales firmados en aquel mundo previo al marzo de 2020, los empresarios se verán limitados para poder aguantar. Aunque el nivel de los políticos es el que es, hasta los de miras cortas son conscientes de que los toros constituyen una inyección en la economía que desemboca principalmente en los afluentes de una hostelería necesitada
de todo tipo de respiradores para sobrevivir. Si los técnicos de la oficialidad se ponen estrictos, si no se adoptan medidas paliativas que incentiven las programaciones taurinas, las consecuencias pueden ser devastadoras. A todo esto han quedado pendientes concursos de plazas tan importantes como Málaga, Albacete o El Puerto. La única alternativa es plantear pliegos factibles de acuerdo con el momento de excepcionalidad que se vive o de lo contrario pueden quedarse sin toros salvo que asuman una gestión directa de carácter temporal.

Toros y toreros

Abaratar las entradas parece medida prioritaria e imprescindible como acicate para no perder demasiada clientela en los tendidos. Para ello no queda otra alternativa que rebajar sensiblemente los costes organizativos. Dadas las provisiones de toros que va a quedar en el campo, por aquello de la oferta y la demanda, puede que baje el precio de las corridas hasta que se regule el mercado. A día de hoy se ofrece a precio de saldo matar animales a puerta cerrada, están cargándose reses con destino a los mataderos y se han pasado a cercados con pasto toros para reducir los comederos. El balance anual por parte de los sufridos ganaderos no se medirá en beneficios si no en pérdidas, y cuanto menores sean estas mayores resultarán las opciones para resistir en espera de la llegada de tiempos menos traumáticos. Esta situación de los precios en el mercado del
bravo será coyuntural pues se teme la desaparición nada anecdótica de vacadas que estaban en el alambre que sumado a la reducción de cabezas en aquellas que puedan aguantar, provocaría en unos años un aumento en el precio de las corridas siempre que se vuelva a números de festejos similares a los de las últimas temporadas una vez salga del túnel la economía del país. Y tampoco nos olvidemos de las intenciones de la UE de reducir las ayudas al campo, incluidas las vacas nodrizas de vacuno de las que se beneficia el toro bravo. La amenaza de ruina no deja sitio para el romanticismo, sólo tiene cabida un racional pragmatismo forzado por la cruda realidad.

Sería loable que las figuras del toreo, es decir menos de una decena, asumieran un
ejercicio de responsabilidad y compromiso con la profesión vista como conjunto para superar situación tan crítica. No descarto que a final de temporada más de uno corte por un tiempo con el propósito estratégico de reaparecer una vez calmadas las aguas. Las estrellas del toreo tienen el ejemplo en deportistas de élite, caso de los jugadores clubes de fútbol que han reducido sus salarios un setenta por ciento. Sin hacer comparaciones con los ídolos del deporte rey estimulados con otras fuentes de ingresos de las que no
dispone el toreo, ello no impide que sirva como planteamiento de solidaridad por parte de aquellos que están en lo más alto. Adjuntada a su postura, futbolistas de equipos estelares han exigido que las directivas se comprometan a no tocar los sueldos de los empleados. Desde luego que las figuras del toreo, que lo son por algo, se olviden de cobrar unos honorarios que tardarán en volver. Su implicación generosa por comprensiva repercutiría en el resto que ya no puede asumir mayor merma de ingresos.

La crisis que nos precede, y que se solapa con la que acaba de iniciarse, se llevó por
delante la clase media del toreo por lo que ahora quedan los ricos y los que sobreviven en mayor o menor grado. Además de las cuestiones económicas, sería plausible que los líderes toreros relajaran sus exigencias, no pocas veces caprichosas, de negarse a abrir carteles, rechazar compañeros o rehuir de fechas. Como sería encomiable que se apuntaran a lidiar ganaderías que teniendo buenas simientes van a desaparecer si no se les da un poco de calor abriéndoles algún escaparate atractivo en el mercado de la temporada.

Ahora aquel G-10 que se plantó ante empresas como la de Sevilla tiene el compromiso moral de demostrar que son ras también fuera del ruedo, asumir valores para impedir una debacle. Para ellos dar será pedir menos. No bastará con apuntarse a festivales benéficos a los que últimamente también ponían trabas alejados del ejemplo que les dejaron maestros de otras épocas no tan lejanas. El poco dinero que durante un tiempo va a generar el toreo debe repartirse de manera más equitativa y en ese sentido los más fuertes deberían de facilitar ese oxígeno que tanto se necesita en la metafóricas UCIS que
van a quedar instaladas en los mapas del inmediato futuro de la tauromaquia. Si no es así, si esos toreros que tienen el riñón cubierto para aguantar sin agobios lo que se viene encima son incapaces demostrar altruismo solidario, los empresarios deberían de pensar en un modelo de carteles que aunque no colmen los tendidos permita, atendiendo a costes, programaciones factibles. Aunque baje el nivel medio de los espectáculos la
economía del toreo aguantará en esta posguerra en que nos vemos inmersos. Si los
generales renuncian a ponerse al frente habrá que recurrir a la fuerza de la infantería para asegurar la sostenibilidad del horizonte.

Una oportunidad en momento inoportuno

Esta catarsis debería de servir para afrontar una reestructuración profunda de la tauromaquia como modelo de negocio y como oferta de ocio. Prioritario es racionalizar los pliegos de condiciones y dejar desiertos aquellos concursos con condiciones abusivas e inadmisibles. Si algún osado hace ofertas temerarias, las asociaciones de profesionales tendrían que adoptar medidas disuasorias sin descartar vetos. Es imprescindible apoyar a
los ganaderos sin los cuales no existiría el toro y, por tanto, la fiesta de los toros. Ojo con no quedarnos sin la necesaria materia prima para abastecer el mercado a mediados de la década. Hay que sentarse con las administraciones para rebajar la presión fiscal, algo que puede venir de rebote al estar el toreo bajo el paraguas de Cultura. De recibirse alguna ayuda en forma de partida presupuestaria lo más posible es que sea calderilla. Que el tejido económico de la Fiesta haya sobrevivido con ridículas ayudas estatales, que
salvo las ferias televisadas el negocio (¿) tenga asumido que depende exclusivamente de las taquillas, le aporta una experiencia vital de la que carecen otros espectáculos amparados por dinero público, espónsores y en consecuencia dependientes de los ingresos atípicos, partidas abocadas a traumáticos recortes.

Amoldar a las circunstancias otros costes como los de los equipos veterinarios, intentar que Sanidad asuma gastos de enfermerías, racionalizar las cuadrillas para las novilladas en plazas de tercera, proponer reformas reglamentarias que abran nuevas posibilidades de añadirle interés sugerente al espectáculo sin alterar sus esencias o la profundización en las nuevas herramientas que contribuyan a una lidia más atractiva para el gran público
son parcelas que el crudo presente aboca a aplicar con urgente consenso. Todos los
implicados deben partir de la premisa de conjugar los verbos dar y ceder. La aguda crisis que nos espera tras el confinamiento supondrá sustanciales cambios del modelo de vida. Se producirá una vuelta al mundo rural, la España vaciada verá cómo se reactiva gracias a una progresiva operación retorno y el ecologismo y animalismos de asfalto hasta ahora subvencionados serán reemplazados por otros pegados a la realidad de la naturaleza.

Será un ecologismo racional y no emocional, por tanto menos manipulable. En este entorno podemos intuir que las actividades ligadas a la tauromaquia verán un relajamiento del acoso al contemplarse con una mentalidad más abierta y menos excluyente gracias a ese vínculo con la naturaleza de la que parte el toro de lidia. La clase política, antes o después, también sufrirá una criba con el deseo que lleguen menos predicadores de lo vacuo y si más gestores que dejen al toreo en paz sin marginarlo o fustigarlo por contaminaciones ideológicas encorsetadas. Lo políticamente correcto pasará a un segundo plano en beneficio de la eficacia. Las prioridades han cambiado.
Vienen tiempos duros, muy duros, con traumatismos económicos y tensiones sociales que no serán fáciles de gestionar. Dentro del engranaje de la fiesta de toros aún se dispone de alternativas para no perder el tren del nuevo futuro. O las adopta el sector como un todo o éste será víctima de miopías y egoísmos sin posibilidad de retorno. El toreo tiene en sus manos la vacuna aunque el pinchazo duela y dé reacción.

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