David Martínez, a la Altura de Ayaviri

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El matador colombiano David Martínez tuvo su cita peruana del 13 de septiembre de 2026 en la plaza Lucho Coronado de Ayaviri, dentro de la III Tarde Taurina en honor a la Virgen de Alta Gracia. Una comparecencia en el exigente altiplano puneño, compartiendo cartel con Luis López y Óscar Quiñonez, ante un encierro anunciado de Checayani, Navarrete, Ángeles de Santa Rosa y La Daniela.

Redacción: Juan Pablo Garzón Vásquez – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Lenguazaque – Colombia.  Hay plazas que no necesitan presentación porque llevan en su propia geografía el argumento de la dificultad. Ayaviri, en el corazón del altiplano puneño, es una de ellas. Allí, donde el ruedo se encuentra próximo a los 4.000 metros sobre el nivel del mar, la tauromaquia adquiere una dimensión particular: el ambiente, la altura, el frío y la tradición conforman un escenario en el que cada torero debe poner a prueba su capacidad de adaptación.

En ese marco se produjo el 13 de septiembre de 2026 la comparecencia del matador colombiano David Martínez, anunciado como cabeza de una terna internacional junto a los espadas peruanos Luis López y Óscar Quiñonez, dentro de la III Tarde Taurina en honor a la Virgen de Alta Gracia. La cita tuvo como escenario la plaza de toros Lucho Coronado, uno de los puntos de referencia de la actividad taurina de esta localidad puneña.

La tarde llegaba precedida por una feria de tres jornadas, programada los días 11, 12 y 13 de septiembre, como parte de las celebraciones en honor a la patrona de Ayaviri. El domingo estaba reservado para un cartel de marcada proyección internacional, con Martínez compartiendo responsabilidad con López y Quiñonez y un encierro anunciado de seis toros de casta, pertenecientes a las ganaderías Checayani, Navarrete, Ángeles de Santa Rosa y La Daniela.

La composición del cartel ya encerraba un atractivo especial. David Martínez llegaba desde Colombia para medirse con una plaza de características muy particulares, mientras que los toreros peruanos aportaban el conocimiento del terreno y de una afición que vive la fiesta con intensidad. En el toreo, esa combinación de procedencias y experiencias suele enriquecer el argumento de una tarde, porque cada espada debe encontrar su propio camino frente a las condiciones del ruedo y las particularidades de los astados.

Para Martínez, además, no se trataba simplemente de sumar una fecha al calendario. Ayaviri representaba una nueva estación dentro de su trayectoria como matador en los ruedos peruanos, país en el que ha venido encontrando escenarios de actuación y nuevas oportunidades para desarrollar su concepto. El propio anuncio de la corrida recordaba que el colombiano cumplía ya once años de alternativa, recibida el 19 de julio de 2015 en Sogamoso.

Y once años de alternativa significan mucho más que una cifra. Significan miles de kilómetros, plazas distintas, toros de diferentes procedencias, tardes luminosas y tardes ásperas; significan, sobre todo, la acumulación de oficio que solamente puede proporcionar la profesión de torero.

En Ayaviri, ese oficio debía ponerse al servicio de una plaza con personalidad propia. La altura no entiende de nombres ni de trayectorias. Frente al toro, todos parten nuevamente desde cero y deben construir la faena sobre las condiciones reales que ofrece cada ejemplar. De ahí que el conocimiento de los terrenos, la administración de las distancias, la colocación, el temple y la lectura de las embestidas adquieran un valor especial.

El cartel anunciado también reunía cuatro procedencias ganaderas: Checayani, Navarrete, Ángeles de Santa Rosa y La Daniela. Esa diversidad obligaba a mantener abierta la capacidad de interpretación. El buen lidiador no puede acudir al ruedo con una faena preconcebida; debe saber leer al toro, descubrir sus virtudes, reconocer sus defectos y decidir dónde y cómo plantear la pelea.

Ahí comienza precisamente el verdadero oficio.

El toreo es diálogo, pero también es inteligencia. El capote ordena, prueba y descubre. La muleta conduce, somete y expresa. La espada culmina. Entre esos tres momentos se construye una tarde de toros, y en cada uno el matador debe demostrar que conoce el lenguaje del animal al que tiene delante.

La organización había previsto, además, una infraestructura taurina acorde con la importancia del festejo, con el servicio de pica y arrastre de la cuadrilla de caballos “La Rosada de Lampa” y la participación de banderilleros oficiales vinculados a la feria del Señor de los Milagros de Acho. El componente musical estuvo igualmente integrado en el carácter festivo de la jornada, con la presencia de la Gran Banda Armonía Brass “Señor de la Ascensión” de Puquio-Ayacucho.

Todo ello dibujaba una tarde en la que la tauromaquia convivía con la tradición religiosa y cultural de Ayaviri. La corrida no aparecía aislada de su entorno: formaba parte de las celebraciones patronales de la Virgen de Alta Gracia y de una tradición festiva profundamente arraigada en el sur peruano.

Y en medio de ese escenario apareció nuevamente el nombre de David Martínez.

El torero colombiano ha encontrado en el Perú un territorio taurino de características singulares. Las plazas del interior ofrecen al matador la posibilidad de mantenerse activo, conocer diferentes encastes y procedencias, enfrentarse a públicos con una fuerte identidad taurina y, sobre todo, seguir acumulando ese rodaje que en esta profesión resulta irremplazable.

Ayaviri, por tanto, fue mucho más que una coordenada en el calendario. Fue otra página en el recorrido peruano de un torero colombiano que continúa llevando su tauromaquia por escenarios donde la fiesta conserva una extraordinaria fuerza popular.

Entre la inmensidad del altiplano y la arena del Lucho Coronado, el nombre de David Martínez volvió a quedar ligado a una tarde de toros en el Perú.

La importancia de una comparecencia no siempre puede medirse únicamente por el número de trofeos. También está en la capacidad de un torero para asumir plazas diferentes, aceptar las condiciones del escenario y mantener viva su trayectoria lejos de casa. En ese sentido, cada nueva tarde constituye un capítulo y cada plaza aporta una experiencia distinta.

Ayaviri volvió a abrir sus puertas a la tauromaquia. Y allí, en una de las alturas taurinas del Perú, David Martínez asumió nuevamente el compromiso de vestirse de luces, cruzar el umbral de la plaza y ponerse delante del toro.

Porque, finalmente, es ahí donde comienza y termina la verdad de esta profesión: en el ruedo, frente al toro, con la muleta en la mano y el temple como única respuesta ante la incertidumbre de la embestida.

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