Emilio de Justo atraviesa un momento de creciente autoridad y madurez, sostenido no solo por los trofeos, sino por una forma de torear en la que el conocimiento, el temple y la capacidad para encontrar soluciones pesan tanto como la inspiración. Sus recientes actuaciones en Bilbao, Alcalá de Henares y Linares dibujan la trayectoria de un torero capaz de imponerse a toros de muy distintas condiciones y de mantener intacta su exigencia artística.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. Hay toreros que encuentran el triunfo cuando el toro se entrega y otros que revelan su verdadera dimensión cuando esa facilidad desaparece. Emilio de Justo está demostrando pertenecer a la segunda categoría. Sus últimas actuaciones dibujan una línea de creciente solidez en la que los trofeos son apenas la consecuencia visible de algo más profundo: la capacidad de interpretar la corrida, medir sus posibilidades y construir faena allí donde, en ocasiones, el animal apenas ofrece materia prima para el lucimiento.
Lo ocurrido recientemente en Linares resulta especialmente significativo. En una tarde de marcada competencia, con Víctor Hernández y David de Miranda dispuestos a no ceder terreno, De Justo salió a defender su sitio desde el conocimiento. No necesitó imponerse desde el efectismo ni entrar en una carrera de gestos. Su respuesta estuvo en la tauromaquia de quien conoce el oficio y sabe dónde está la faena. Cortó una oreja a cada uno de sus toros, pero más importante que el doble premio fue la lectura que hizo de dos animales completamente diferentes.
Ante el primero encontró un toro con ritmo y supo acompasar su embestida con la diestra. Hubo profundidad y gusto, pero también una virtud decisiva: saber mandar sin violentar la embestida. Cuando el toro redujo sus posibilidades por el pitón izquierdo, el extremeño no se resignó. Impuso su mando, alargó los naturales y terminó convirtiendo una condición menos favorable en un terreno de conquista. La faena, incluso después de una interrupción ajena a la lidia, recuperó intensidad y encontró uno de sus momentos de mayor expresión en aquella tanda por el derecho rematada con una trincherilla.
El cuarto planteó una batalla distinta. Toro deslucido, de cara suelta, cabezazos continuos y finalmente refugiado en tablas. Allí desaparece buena parte del margen que permite construir una faena convencional. Sin embargo, De Justo no confundió la falta de opciones con la renuncia. Buscó el sitio, provocó las embestidas, especialmente por el izquierdo, y trató de prolongar lo que el animal negaba. La oreja obtenida en esas circunstancias adquiere un significado particular: premia la voluntad, sí, pero sobre todo la capacidad de un torero para no dejar de buscar cuando el toro deja de colaborar.
Esa misma cualidad apareció en Alcalá de Henares, donde el extremeño volvió a encontrarse con una corrida de escaso fondo y juego desigual. Mientras Fernando Adrián convertía al mejor toro de la tarde en una actuación rotunda y Daniel Luque exhibía su proverbial capacidad lidiadora, De Justo volvió a situarse por encima de sus circunstancias. El segundo le negó prácticamente cualquier posibilidad de lucimiento y, aun así, recibió un trato técnico adecuado, sin forzar una faena imposible. Después, frente al quinto, la historia cambió: la faena fue creciendo porque De Justo supo buscar el fondo que el toro escondía.
Ahí aparece otra de las claves de su momento actual. No se trata únicamente de esperar que el toro llegue hecho a la muleta. De Justo parece asumir cada vez con mayor naturalidad la tarea de construir la embestida, de darle celo al viaje, de provocar aquello que inicialmente no aparece. La faena al quinto de Alcalá fue ligada, dispuesta e intensa; una labor que encontró su premio después de una estocada y que confirma que el torero extremeño está atravesando las corridas desde una perspectiva cada vez más completa.
Pero quizá sea Bilbao donde esta evolución adquiere una dimensión todavía más reveladora. Allí volvió a cortar una oreja a cada toro de Zalduendo, en un escenario y ante una afición que exigen argumentos sólidos. El segundo comenzó ofreciendo una embestida descompuesta y difícil de ligar. De Justo no pretendió solucionar el problema de golpe. Alargó los viajes poco a poco, administró los tiempos y permitió que el toro fuese entregándose. La respuesta llegó especialmente por naturales, con un toreo de frente, encajado y pausado, dejando tiempo entre los muletazos.
Ese detalle, el tiempo, explica buena parte de su actual personalidad. De Justo está toreando también con los silencios entre los pases. Frente a un animal que necesita ser convencido, la precipitación destruye; el torero extremeño, en cambio, parece haber encontrado en la pausa una herramienta de mando. Dejar respirar al toro, esperar su respuesta, volver a citar y alargar progresivamente el viaje es una forma de construir autoridad sin necesidad de atropellar la embestida.
La segunda oreja de Bilbao llegó además ante un quinto de condición limitada. Un toro flojo, de corto recorrido y sin demasiado celo que obligó a una faena de paciencia. De Justo volvió a trabajar sobre lo que había, provocando en ocasiones las embestidas y ganando un paso para conseguir que el animal recorriera un poco más de terreno. No hubo milagros: hubo oficio, perseverancia y capacidad de adaptación. Y cuando aparecieron algunos muletazos con ritmo, el torero supo aprovecharlos.
Ahí reside probablemente el valor más importante de esta secuencia de actuaciones. Los tres escenarios muestran al mismo torero enfrentado a tres problemas distintos: en Linares, administrar y mandar; en Alcalá, buscar fondo donde apenas lo había; en Bilbao, transformar la cortedad en una faena de paciencia y temple. El denominador común no es una determinada condición del toro, sino la respuesta del torero.
Por eso los seis toros recientes adquieren mayor importancia que una simple suma de trofeos. Emilio de Justo ha cortado cuatro orejas en estas tres actuaciones reseñadas, pero el dato estadístico se queda corto para explicar su momento. Lo verdaderamente significativo es que ha mantenido una línea reconocible de conocimiento, colocación, temple, mando y capacidad de interpretación ante animales de comportamientos muy diferentes.
Y en un torero de su dimensión, esa regularidad tiene un valor enorme. El triunfo de un día puede nacer de una embestida extraordinaria; la consolidación, en cambio, se construye cuando el torero es capaz de responder también ante el toro que protesta, el que se queda corto, el que pierde fuerza, el que no tiene celo o el que termina refugiándose en tablas. Es ahí donde De Justo está dando un paso adelante: en la capacidad de hacer de la dificultad un argumento taurino.
Sus últimas tardes dejan, por tanto, una sensación que va más allá de los números. Hay un torero que parece haber afinado su lectura de los tiempos, que administra mejor las distancias y que sabe cuándo acelerar una faena y cuándo dejar que el toro respire. La estética continúa presente, pero ahora aparece acompañada de una dimensión lidiadora cada vez más marcada.
Emilio de Justo no necesita que todas las corridas le sean favorables para imponerse en ellas. Esa puede ser la señal más poderosa de su actual momento. Cuando aparece el toro que permite el vuelo largo, puede profundizar y ligar; cuando surge el animal limitado, sabe reducir la faena a su esencia y trabajar cada embestida; cuando la corrida exige paciencia, la encuentra; cuando reclama mando, lo impone.
Los trofeos de Linares, Alcalá y Bilbao son la consecuencia visible. Lo que realmente invita al optimismo es otra cosa: la sensación de que De Justo está convirtiendo el conocimiento en una forma de inspiración. Y cuando un torero alcanza ese punto, cuando el oficio deja de ser solamente una herramienta defensiva y se transforma en materia artística, cada corrida empieza a tener más posibilidades de terminar siendo una afirmación.
El extremeño está apretando el paso. No únicamente para cortar orejas, sino para reafirmar una tauromaquia propia, madura y cada vez más capaz de sobrevivir a cualquier condición del toro. Ahí está la verdadera noticia de sus últimas actuaciones.






















