Huerta de Valdecarábanos: Juan de Castilla Manda Con Poder

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El colombiano Juan de Castilla protagonizó una de las actuaciones más rotundas del festival de Huerta de Valdecarábanos, donde encontró al novillo de mayor condición del festejo y respondió con una faena de poder, profundidad y ambición, rubricada con una oreja de importancia.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. Hay actuaciones que se miden por el número de trofeos y otras que dejan una impresión más profunda porque permiten reconocer, en la arena, la personalidad de un torero. Lo sucedido con Juan de Castilla en Huerta de Valdecarábanos pertenece a esa segunda categoría. La oreja que paseó no fue únicamente la consecuencia estadística de una tarde entretenida: fue el resultado de una actuación en la que el torero colombiano entendió que, cuando la materia prima acompaña, hay que apostar sin reservas y expresar el toreo con autoridad.

El festival, celebrado en la plaza toledana ante media entrada, tuvo como denominador común la variedad en el comportamiento de los novillos de Salvador Domecq. Hubo animales que exigieron oficio y paciencia y otros que permitieron mayores vuelos artísticos. Precisamente en ese contraste apareció con nitidez la actuación de Castilla, porque al colombiano le correspondió el novillo que acabaría siendo considerado el mejor del festejo, hasta el punto de recibir el reconocimiento de la vuelta al ruedo.

Pero disponer del animal adecuado nunca garantiza una faena importante. El toro puede abrir la puerta, pero es el torero quien debe atravesarla. Y Castilla lo hizo.

Desde el principio dejó claro que no venía a administrar la tarde. Su actitud fue de entrega absoluta, hasta permitirse una suerte que no forma parte habitualmente de su repertorio: un tercio de banderillas ejecutado en la cara y con evidente exposición, que levantó los ánimos de los tendidos y anticipó el tono de lo que vendría después. No fue un adorno gratuito, sino una declaración de intenciones: el colombiano quería gobernar la embestida desde todos los terrenos posibles.

La faena de muleta tuvo después su verdadera dimensión. Castilla encontró un novillo con recorrido y nobleza, pero esas condiciones solo adquieren categoría cuando el torero sabe convertirlas en una secuencia de toreo ligada, mandona y con sentido. Ahí estuvo uno de los grandes méritos de su actuación. Los muletazos por la derecha, largos y poderosos, fueron el eje de una faena construida desde el dominio, buscando que cada embestida no terminara donde el animal quisiera, sino donde el torero decidiera.

Ese matiz es fundamental para entender la actuación del colombiano. El buen toreo no consiste únicamente en acompañar una embestida que viene franca; consiste en mandar sobre ella sin destruir su naturalidad. Castilla consiguió que el novillo entregara cada vez más su recorrido, alargando los pases y dando dimensión a una faena que fue creciendo desde la seguridad hasta la expresión.

Y ahí aparece uno de los rasgos que más valor tuvo su actuación: no se guardó nada. En una tarde de festival, donde con frecuencia puede imponerse la tentación de dosificar esfuerzos, Castilla eligió exactamente el camino contrario. Su disposición fue la de quien entiende que cada oportunidad en la plaza debe ser aprovechada como una reivindicación. La intensidad de su comportamiento, además, encontró correspondencia en un animal que respondió con clase y que terminó siendo premiado con la vuelta al ruedo.

La conjunción entre ambos produjo el momento de mayor relieve del festejo. Toro y torero se encontraron en una misma frecuencia, y Castilla supo convertir las condiciones del animal en argumentos propios. No se limitó a aprovechar la nobleza: la transformó en profundidad. No se conformó con ligar: buscó mandar. Y no redujo la faena al trámite del trofeo: quiso dejar una imagen reconocible de su tauromaquia.

La oreja, por tanto, adquiere un valor especial. Es el premio visible, pero quizá no el más importante. Lo verdaderamente significativo fue comprobar a un Juan de Castilla convencido de su concepto, dispuesto a asumir riesgos y capaz de imponerse con largura y autoridad cuando el novillo le ofreció las condiciones necesarias.

En el contexto general del festejo, Miguel de Pablo también alcanzó una oreja de peso después de una faena de tesón ante un animal que se quedaba corto, mientras el novillero David Pascual cerró la tarde mostrando firmeza, disposición y buenas maneras. Curro Díaz, por su parte, tuvo que enfrentarse al condicionante de un novillo que buscó pronto el abrigo de las tablas, circunstancia que limitó sus posibilidades.

Pero la tarde tuvo un nombre propio cuando se habla de ambición y poder: Juan de Castilla.

Porque las tardes importantes no siempre son las que acumulan trofeos, sino aquellas en las que un torero consigue dejar una señal. En Huerta de Valdecarábanos, el colombiano dejó precisamente eso: la sensación de un torero que quiere crecer desde la exigencia, que no rehúye la responsabilidad y que sabe responder cuando la plaza le pone delante una oportunidad de verdad.

La vuelta al ruedo al novillo confirmó la calidad de la materia prima. La oreja confirmó la eficacia de la actuación. Pero fueron la actitud, la exposición y la profundidad de los muletazos las que terminaron dando verdadero contenido a la tarde de Castilla.

Y esa es, finalmente, la noticia que trasciende el resultado: cuando Juan de Castilla encuentra un animal que le permite expresar su tauromaquia, responde con poder y ambición. En Huerta de Valdecarábanos no dejó pasar la oportunidad. La tomó por los pitones y la convirtió en una actuación que, más allá del trofeo, fortalece la imagen de un torero colombiano que sigue buscando su sitio entre la exigencia y la grandeza de la fiesta.

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