La tercera corrida de la Feria de San Pedro y San Pablo de Burgos dejó un acontecimiento reservado para las grandes efemérides del toreo. Emilio de Justo firmó una obra de máxima dimensión artística frente a «Zarandador», un extraordinario ejemplar de Juan Pedro Domecq, cuya bravura, clase y profundidad provocaron un clamor popular que culminó con el indulto. Más que un triunfo estadístico, la tarde representó la reivindicación del toreo de verdad, donde la pureza técnica encontró respuesta en un toro excepcional.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Lenguazaque – Colombia. Hay tardes en las que los números resultan insuficientes para explicar lo ocurrido en el ruedo. Dos orejas, un rabo simbólico o un indulto apenas alcanzan a describir la magnitud de una obra cuando ésta trasciende el triunfo convencional para convertirse en una lección sobre la esencia del toreo. Eso sucedió en Burgos, donde Emilio de Justo escribió una de esas páginas destinadas a permanecer vivas en la memoria taurina gracias a la aparición de un toro extraordinario: «Zarandador», un ejemplar cuya calidad genética encontró enfrente al intérprete exacto.
En la Tauromaquia moderna abundan las faenas de alto nivel técnico, pero muy pocas alcanzan la categoría de irrepetibles. La diferencia reside en que para alcanzar esa dimensión deben coincidir dos factores excepcionales: un matador plenamente inspirado y un toro capaz de expresar todas las virtudes de la bravura. Burgos tuvo el privilegio de contemplar esa rara conjunción.
Desde su salida, el quinto ejemplar del hierro de Juan Pedro Domecq mostró una condición distinta. No era únicamente un toro noble. Lo verdaderamente determinante fue la manera en que humillaba, repetía, mantenía el celo y aumentaba la calidad de su embestida conforme avanzaba la lidia. Esa evolución constituye uno de los mayores indicadores de la bravura auténtica, pues el toro no disminuyó su entrega con el paso de los muletazos, sino que creció en emoción, transmisión y recorrido.
Fue precisamente ahí donde apareció la enorme dimensión de Emilio de Justo.
El diestro extremeño entendió desde los primeros compases que delante tenía un animal al que no podía imponer violencia, sino acompañarlo con temple absoluto. Cada cite fue medido con precisión; cada embroque nació desde la reunión; cada salida encontró el remate adecuado para enlazar la siguiente embestida sin romper jamás la armonía de la faena.
No existieron prisas ni recursos efectistas. Existió toreo fundamental.
Las tandas por el pitón derecho nacieron desde el sometimiento por abajo, administrando la distancia exacta para conservar la intensidad de la embestida. Sin embargo, fue al natural donde la obra alcanzó una dimensión superior. Allí aparecieron los muletazos largos, profundos y ligados que permitieron comprobar la inmensa calidad del toro y, al mismo tiempo, el extraordinario gobierno del torero sobre las inercias de la embestida.
El temple se convirtió en el auténtico eje de la faena.
Porque templar no consiste únicamente en disminuir la velocidad del toro; significa acompasar su viaje, gobernar su ritmo, llevarlo cosido a la muleta y conducirlo hasta el final del pase sin violencia ni brusquedad. Esa difícil arquitectura fue la que Emilio de Justo levantó durante toda la lidia, provocando que el animal desarrollara todavía más fondo y mayor transmisión.
Cada serie incrementaba la emoción.
Cada muletazo hacía crecer la sensación de que el toro todavía guardaba más bravura en su interior.
Cada reunión elevaba la intensidad de un público consciente de estar presenciando un acontecimiento excepcional.
Cuando una plaza solicita un indulto no siempre responde únicamente al entusiasmo. En ocasiones, como ocurrió en Burgos, el clamor nace del convencimiento colectivo de que un toro merece regresar al campo porque ha demostrado reunir las cualidades que todo ganadero persigue durante generaciones.
Clase. Humillación. Repetición. Fondo. Duración. Celo. Transmisión.
Todas esas condiciones confluyeron en «Zarandador», justificando plenamente la decisión presidencial de conceder el indulto.
La concesión no representó únicamente un premio al animal.
También significó un reconocimiento implícito a la inteligencia lidiadora de Emilio de Justo, cuya capacidad para interpretar la condición del toro permitió que aflorara todo el potencial genético del ejemplar. Un toro extraordinario necesita igualmente un torero capaz de descubrirlo, administrarlo y llevarlo hasta el límite de sus posibilidades sin quebrar jamás su embestida.
Ese fue el verdadero mérito de la actuación.
No resulta casual que el extremeño ya hubiera dejado constancia de su extraordinario momento durante la lidia del segundo toro, al que supo entender desde el conocimiento de sus querencias y condiciones, extrayendo tandas de notable calidad que le valieron una oreja. Aquella primera actuación ya anunciaba una tarde de inspiración; el quinto simplemente confirmó que el matador atravesaba uno de esos estados de plenitud que únicamente alcanzan las grandes figuras.
Mientras tanto, la corrida ofreció otros capítulos de interés. Morante de la Puebla dejó patente una vez más su concepto clásico del toreo al aprovechar la nobleza del cuarto toro con una faena construida desde la suavidad, la administración inteligente de las fuerzas del animal y una sobresaliente expresión artística que encontró recompensa con una oreja, aunque el primero de su lote terminó condicionado tras perder facultades y frustró cualquier posibilidad de lucimiento.
Por su parte, Jarocho, torero de la tierra, volvió a demostrar una actitud irreprochable. Sus recibos a portagayola, las largas cambiadas y el decidido planteamiento de ambas faenas evidenciaron un firme compromiso con su plaza. Sin embargo, las limitaciones de sus oponentes y los desaciertos con la espada impidieron que semejante entrega pudiera traducirse en mayores trofeos, aunque el público reconoció el esfuerzo desplegado durante toda la tarde.
Sin embargo, el eje alrededor del cual giró todo el festejo fue la aparición de un toro llamado «Zarandador».
La historia de la Tauromaquia se construye sobre animales que, por su comportamiento excepcional, terminan influyendo en la evolución de una ganadería. Los indultos poseen precisamente ese sentido: preservar un patrimonio genético que representa el ideal de la bravura. Cuando un ejemplar reúne condiciones tan completas como las exhibidas en Burgos, su regreso al campo deja de ser un premio emocional para convertirse en una inversión en el futuro del toro bravo.
Por ello, la tarde burgalesa trasciende el éxito de un torero o el triunfo de una ganadería.
Representa la confirmación de que la selección ganadera continúa siendo capaz de producir animales de enorme calidad y de que todavía existen matadores preparados para expresar toda esa riqueza genética mediante un toreo basado en el temple, el conocimiento, el valor sereno y el absoluto dominio técnico.
Burgos no vivió únicamente un indulto. Vivió una reivindicación de la Tauromaquia en su estado más puro.
Porque cuando la bravura encuentra el temple, el resultado deja de pertenecer únicamente a una tarde de feria para ingresar definitivamente en la memoria colectiva de la Fiesta. Y eso fue exactamente lo que consiguió Emilio de Justo junto al inolvidable «Zarandador»: transformar una corrida de toros en un acontecimiento que, por su profundidad taurina y por la excepcional dimensión de sus protagonistas, ya forma parte de la historia reciente de la Feria de San Pedro y San Pablo de Burgos.






















