En una corrida de Ana Romero de exigente fondo y notable calidad en varios de sus ejemplares, Juan de Castilla dejó una de las actuaciones de mayor contenido de la tarde, especialmente ante el segundo, al que toreó con firmeza y gusto. La espada y, sobre todo, una faena prolongada más allá de lo que reclamaba el toro, terminaron reduciendo a palmas un trasteo que tuvo argumentos para aspirar a mucho más.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Lenguazaque – Colombia. La última corrida del ciclo de agosto en Dax no fue una tarde de simple trámite. El encierro de Ana Romero, muy en el tipo de la casa, planteó una corrida con matices, con toros que exigieron conocimiento, colocación y capacidad para interpretar cada embestida en su verdadera dimensión. Y en ese escenario, donde la bravura no se regaló y la calidad apareció con distinta intensidad, Juan de Castilla volvió a dejar constancia de que su toreo tiene argumentos para crecer cuando encuentra el toro que le permite expresarse.
El segundo de la tarde fue, precisamente, la gran oportunidad del colombiano. Tras cumplir con el caballo y mostrar clase en el quite de Adriano, el de Ana Romero llegó a la muleta con una condición que, vista desde la perspectiva taurina, era casi una invitación al toreo: embestidas profundas, francas, fijas y entregadas por ambos pitones. No era un animal que exigiera una batalla de supervivencia, sino uno que pedía al torero distancia, temple, ligazón y medida.
Juan de Castilla entendió buena parte de ese lenguaje. Hubo muletazos con hondura, asentamiento y gusto, y una sensación inequívoca de que el colombiano estaba delante de un toro capaz de elevar su faena. El problema no estuvo en la falta de capacidad del torero, sino en no haber sabido ponerle punto final a tiempo a una obra que ya había alcanzado su mejor momento.
Ahí aparece una de las cuestiones más interesantes de la actuación del colombiano y, en realidad, una de las grandes contradicciones del toreo contemporáneo. Una faena no siempre crece por acumulación; a veces alcanza su máxima expresión precisamente cuando el torero sabe detenerla. El segundo de Ana Romero había entregado lo mejor de sí en un número limitado de embestidas de enorme calidad. Cuando el trasteo se extendió más allá de ese núcleo de inspiración, el celo del animal comenzó a decrecer y la faena perdió parte de la intensidad que había conseguido conquistar.
No se trató, por tanto, de una actuación carente de méritos. Todo lo contrario. El contenido estuvo ahí, y fue importante. Lo que faltó fue la administración exacta de ese contenido. En una plaza como Dax, donde el aficionado sabe leer la condición del toro y distinguir entre torear mucho y torear bien, la medida adquiere un valor extraordinario. Juan de Castilla tuvo en sus manos una faena que podía haberse convertido en una de las imágenes centrales de la tarde, pero permitió que el tiempo jugara en su contra.
La espada terminó de inclinar la balanza. Un pinchazo y una estocada baja provocaron el aviso y dejaron el premio en unas palmas. El contraste resulta evidente: un toro que había ofrecido materia prima de triunfo, un torero que había sabido aprovechar buena parte de ella y una suerte suprema que terminó por cerrar la puerta a cualquier reconocimiento mayor. El público, sin embargo, también tuvo memoria para el toro y lo despidió con palmas en el arrastre, confirmando la seriedad de lo sucedido.
La segunda intervención del colombiano tuvo una naturaleza completamente distinta y, paradójicamente, quizá permitió apreciar otra virtud de su tauromaquia: el criterio para abreviar cuando no existe materia para construir una faena. El quinto, pese a su imponente presencia, nunca terminó de ofrecer el viaje que necesitaba el torero. Fue pegajoso de salida, mostró poder en el peto y complicó el tercio de banderillas, pero en la muleta se desplazó a media altura, sin humillar y, sobre todo, sin entregar un recorrido suficiente.
Juan de Castilla intentó encontrarle el camino, pero aquel toro no tenía la misma capacidad de colaboración que el segundo. Insistir indefinidamente habría significado convertir la faena en una sucesión de pases sin verdadera sustancia. El colombiano leyó correctamente el límite del animal y decidió no maquillar la imposibilidad con metraje innecesario. El silencio fue el resultado estadístico de la tarde, pero no necesariamente una valoración negativa de esa decisión: hay ocasiones en las que la inteligencia taurina también consiste en saber cuándo dejar de insistir.
Y es precisamente esa diferencia entre sus dos toros la que permite extraer una lectura más profunda de su paso por Dax. Ante el segundo, Juan de Castilla necesitó más sentido de la medida; ante el quinto, demostró que sí posee ese sentido cuando el toro no ofrece posibilidades reales. La asignatura pendiente, entonces, no parece ser la capacidad de distinguir un toro bueno de uno malo, sino perfeccionar el momento exacto en que una faena de calidad debe quedar cerrada.
La corrida, además, reforzó la importancia de esa virtud. Morenito de Aranda encontró en el primero una notable vía por el pitón izquierdo y dejó momentos de temple y empaque, mientras Adriano se topó con dos oportunidades de enorme calibre que tampoco llegaron a traducirse en triunfo por circunstancias distintas. El tercero mostró una bravura extraordinaria hasta lesionarse en plena faena, y el sexto, después de embestir con franqueza y clase, vio cómo la espada apagaba una actuación que había encendido los tendidos.
En ese contexto, la actuación de Juan de Castilla no debe medirse únicamente por el casillero de “palmas tras aviso y silencio”. Ese resultado formal es demasiado pobre para explicar lo que realmente ocurrió en el ruedo. El colombiano se enfrentó a dos toros radicalmente diferentes y respondió con dos registros distintos: capacidad de torear y de emocionar ante el bueno; criterio para abreviar ante el imposible.
Lo que deja Dax, por eso, es una conclusión más estimulante que una simple cifra de premios. Juan de Castilla está en ese punto de la carrera en el que la cuestión ya no parece ser demostrar que puede torear, sino aprender a convertir cada actuación de contenido en una actuación de resultado. La materia prima existe. La firmeza también. El gusto aparece cuando el toro permite el vuelo. Lo que falta, en determinadas tardes, es esa precisión quirúrgica que separa una faena importante de una faena premiada.
Porque el toreo, al final, no consiste únicamente en encontrar la embestida y conducirla. Consiste también en saber cuándo acelerar, cuándo esperar y, sobre todo, cuándo terminar. En Dax, Juan de Castilla encontró durante un buen tramo al toro que cualquier torero desea encontrar. Lo toreó con argumentos suficientes para hacer pensar en el triunfo, pero dejó escapar parte de esa ventaja cuando la faena pidió sentencia y no prolongación.
La tarde francesa, entonces, no fue una derrota para el colombiano. Fue algo quizá más útil: una advertencia y una confirmación al mismo tiempo. Confirmación de que su tauromaquia tiene profundidad para imponerse ante toros de categoría; advertencia de que, en el toreo de máxima exigencia, la grandeza también está en dominar el reloj de la faena.
Y cuando un torero sale de una plaza como Dax dejando la sensación de que pudo haber cortado un trofeo de no ser por el exceso de metraje y el fallo con la espada, queda abierta una puerta. La puerta del próximo triunfo. Porque Juan de Castilla no necesita inventarse otro torero: necesita afinar el que ya está mostrando, hacerlo más preciso, más contundente y más dueño de los tiempos. El talento para cruzarla, al menos en esta tarde de Ana Romero, quedó nuevamente sobre la arena.






















