Juan de Castilla: Volver Para Jugarse la Vida

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El torero colombiano Juan de Castilla reapareció en Plaza de toros de San Agustín del Guadalix tras la grave cornada sufrida en Manizales, protagonizando una actuación marcada por el valor seco, la entrega y la dureza de un encierro exigente. Su regreso, ovacionado de inicio, transitó entre momentos de firmeza y dificultades con el acero, reflejando la crudeza del oficio y la dimensión de su compromiso.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Lenguazaque – Colombia. La tauromaquia, en su verdad más desnuda, no entiende de concesiones ni de relatos complacientes. Y en ese territorio áspero, donde el hombre mide su temple frente a la incertidumbre del toro, regresó este domingo Juan de Castilla, reapareciendo tras el percance severo que lo apartó de los ruedos en el invierno americano. No era una vuelta cualquiera: era un acto de fe en su profesión, una declaración de principios ante una plaza entregada que, desde el primer instante, se puso en pie para tributarle la ovación más sincera de la mañana.

El escenario, la Plaza de toros de San Agustín del Guadalix, registraba un lleno rotundo en el cierre de una Feria del Aficionado que ha reafirmado su peso específico en el calendario. En el ruedo, el duelo ganadero entre Dolores Aguirre y José Escolar proponía un encaste serio, de lidia exigente, donde no cabían las medias tintas. Era, precisamente, el contexto más crudo para calibrar la dimensión de un torero que volvía a vestirse de luces tras haber sentido el filo del pitón.

Su primero, de José Escolar, fue un toro de expresión viva, pronto a coger el aire y con la cara alta en los primeros tercios. Desde el capote ya dejó ver que no regalaría embestidas, obligando a Juan de Castilla a plantear una lidia firme, sin ventajas. En varas, el animal se empleó con recorrido, humillando en el peto en el primer encuentro y arrancándose con codicia en el segundo, señal inequívoca de su fondo encastado.

La faena de muleta tuvo un sello inequívoco: entrega sin reservas. El colombiano apostó por el pitón izquierdo, donde logró hilvanar pasajes de mérito ante un toro con “guasa”, de esos que exigen mando, pulso y una lectura precisa de las distancias. Hubo muletazos de trazo largo, de mano baja y firmeza, pero también incertidumbre, porque el burel nunca terminó de entregarse del todo. Fue una labor de fibra, más que de estética, de insistencia y de querer someter lo que no era dócil. El epílogo, con un pinchazo previo a la estocada, diluyó el posible reconocimiento.

Pero si su primero fue una prueba de actitud, el quinto marcó el punto más complejo de su tarde. El toro, también de Dolores Aguirre, ofrecía un son distinto, más templado en apariencia, aunque no exento de exigencias técnicas. Sin embargo, la faena nunca tomó vuelo. El acople no llegó a producirse, las distancias no terminaron de medirse con precisión y el discurso quedó fragmentado, sin continuidad ni ligazón. El público, exigente y conocedor, pasó de la comprensión inicial a la protesta abierta, recriminando una actuación que no encontró el pulso adecuado. A ello se sumó un manejo desacertado de la espada, prolongando la sensación de desencuentro.

Y, sin embargo, reducir la reaparición de Juan de Castilla a un balance estadístico sería desconocer la esencia de lo vivido. Porque lo verdaderamente trascendente no radicó en el resultado final, sino en el acto mismo de volver. Volver después de una cornada grave, de esas que no solo hieren la carne, sino que dejan cicatrices invisibles, implica un ejercicio de reconstrucción interior que va más allá de la técnica.

En cada cite, en cada embroque, en cada paso dado hacia el toro, hubo una afirmación silenciosa: la de un torero que no rehúye el compromiso, que entiende la profesión como un pulso constante con el miedo y la verdad. No fue una tarde redonda, ni mucho menos complaciente. Fue, en cambio, una tarde auténtica, donde el oficio se mostró en toda su crudeza.

El festejo, en su conjunto, dejó constancia del interés del encierro, con toros de presencia y juego dispar, destacando algunos ejemplares por su fondo y otros por su dificultad. Actuaciones como la de Damián Castaño o Maxime Solera completaron un cartel donde la exigencia fue norma. Pero el foco emocional, inevitablemente, gravitó sobre el torero colombiano.

Porque en tardes así, más allá de los trofeos o del juicio inmediato, se mide algo más profundo: la capacidad de un hombre para regresar al sitio donde una vez estuvo al borde del abismo. Y en ese sentido, Juan de Castilla ya ha dado el primer paso. Uno que no se contabiliza en orejas, pero que pesa, y mucho, en la balanza de la verdad taurina.

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