Manta, Crisol del Toreo Grande

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En una tarde de plena comunión taurina, Manta (Cundinamarca) fue escenario de una conjunción ideal: el oficio y la entrega de Antonio Ferrera, la rotundidad de Cristóbal Pardo y la bravura íntegra de los toros de Las Ventas del Espíritu Santo, hierro del Maestro César Rincón. El resultado: siete orejas y una plaza rendida al toreo con mayúsculas.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Manizales – Colombia. Manta vivió ayer una de esas jornadas que quedan grabadas en la memoria colectiva del aficionado. No fue solo una corrida; fue una declaración de principios, una confirmación de que cuando se alinean la casta del toro, la verdad del torero y el pulso del público, la tauromaquia alcanza su expresión más alta. La plaza se convirtió en un templo donde se celebró el rito ancestral del toreo, con emoción sostenida y un clímax que justificó cada olé.

La materia prima fue decisiva. La corrida enviada por Las Ventas del Espíritu Santo, casa ganadera del Maestro César Rincón, mostró una presentación irreprochable y, sobre todo, un fondo de bravura que permitió el lucimiento. Toros con motor, fijeza en los embroques y nobleza en la muleta, sin perder el picante que exige mando y pulso firme. En el caballo empujaron con verdad; en banderillas, galoparon con alegría; y en la muleta, pidieron sitio, temple y profundidad. Ganadería triunfadora sin paliativos.

Sobre ese cimiento se edificó el triunfo rotundo de Cristóbal Pardo, quien firmó una tarde de autoridad y conexión total con los tendidos. El espada colombiano se mostró firme desde el saludo capotero en ambos capítulos, administrando alturas y conduciendo las embestidas con muñeca suelta y planta asentada. Con la muleta, Pardo impuso ritmo, toreó en redondo con largura y remató las series por abajo, llevándose los toros cosidos a la franela. La espada cayó con verdad y contundencia, rubricando faenas de premio grande. El resultado fue contundente: dos orejas en cada toro, testimonio de una tarde redonda, de esas que consolidan y elevan.

A su lado, Antonio Ferrera aportó la dimensión del torero total. Inteligente en la lidia, generoso en la entrega y creativo en los planteamientos, el diestro extremeño supo leer a cada toro y exprimir sus virtudes. Destacó su capacidad para cambiar terrenos, para citar con ventaja y someter con temple, dejando muletazos hondos, de trazo largo, que calaron en el tendido. Las estocadas, ejecutadas con convicción, pusieron el broche a unas actuaciones de peso, premiadas con un total de tres orejas que refrendan su jerarquía y su compromiso con la verdad del toreo.

La suma de voluntades fue total. Plaza entregada, toros encastados y toreros dispuestos a cruzar la frontera del esfuerzo para alcanzar la emoción. Siete orejas cortadas en conjunto no son una cifra menor; son el reflejo de una tarde donde el espectáculo respondió a la expectativa y la superó. Manta se erigió así en epicentro taurino, demostrando que la afición colombiana late con fuerza cuando se le ofrece autenticidad.

La ganadería del Maestro César Rincón salió por la puerta grande de la historia reciente de la plaza. No solo por el número de trofeos concedidos, sino por el tipo de toro presentado: serio, bravo y con transmisión. Un encierro que honró el campo colombiano y ratificó la visión ganadera de un torero que entiende al toro desde la cuna hasta la muleta.

Al final, lo ocurrido en Manta fue una conjunción ideal: el toro que embiste, el torero que se juega la vida y el público que reconoce la verdad. Una tarde mágica que reafirma que la tauromaquia, cuando se hace con rigor y pasión, sigue siendo un arte vivo, capaz de emocionar, unir y trascender. Manta ya lo sabe: ayer, el toreo fue grande.

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