Triunfo a ley de Damián Castaño

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Entrega apasionante del torero salmantino con dos imponentes toros de una corrida de Dolores Aguirre de particular personalidad. Un espectáculo vibrante sin apenas público… 

Reducción – Ignacio Álvarez Vara

Encapotado, fresco, chubascos esporádicos, lluvia recia en el cuarto toro. Piso enlodado y muy encharcado. Aurresku de honor para López

Chaves, que se despidió de Bilbao. 3.000 almas. Dos horas y veinte minutos de función. Seis toros de Dolores Aguirre (María Isabel Lipperheide)

Antonio Ferrera, pitos y silencio.

López Chaves, ovación en los dos.

Damián Castaño, cogido al descabellar al tercero y oreja del sexto.

FUE UN TREMENDO ESPECTÁCULO. En primer lugar, por el cuajo y el trapío de una corrida de Dolores Aguirre que dio en báscula un promedio de 611 kilos, peleó en los caballos muy en serio -tercero, cuarto y sexto lo hicieron de manera particular-, fue pronta y tuvo por virtud común la movilidad. Luego, por la profesionalidad de los tres espadas y sus cuadrillas, puestos en jaque una y otra vez, como era de esperar en una corrida de Dolores, pero tanto por los toros como por el pésimo estado del piso de plaza.

Anegado en los tercios y tablas de sombra tras la tromba de agua caída durante la lidia del cuarto toro, el ruedo, castigado por la lluvia, estaba ya encharcado a la hora del paseíllo. Los chubascos, pasajes repetidos a lo largo de la corrida, lo acabaron convirtiendo en un lodazal. Casi una trampa.

Los toros, los seis, cada uno de una manera, la cuadra de caballos de pica al completo, los seis picadores sin excepción -sobresalientes José Francisco Peña, Jesús Vicente, José María González y Javier Martín-, la categoría como peón de brega de probada experiencia de Marcos Galán, que lidió los dos toros de Damián Castaño -un tercero que fue el más difícil de la corrida y un sexto que tuvo de salida aire fiero-, dos extraordinarios pares de banderillas, de alta escuela portuguesa los dos, de Antonio Joao Ferreira al cuarto toro que pusieron a la gente de pie y, en fin, el protagonismo por méritos propios de Damián Castaño, el personaje clave de lo que pudo haber sido una tragedia y no lo fue por milagro.

Todo eso, y no solo, fue la trama del espectáculo. Una muy pobre entrada, tendidos despoblados y gente parapetada en la delantera semicubierta de la grada en cuanto empezó a chispear, los ocupantes de galerías al refugio de la cornisa donde calaría menos el agua, y, sin embargo, fue un público alerta y participativo, de sensible presencia y resistencia. Nadie se fue de la plaza hasta que no se hubo arrastrado entre aplausos el imponente sexto. A todos los toros se aplaudió de salida. Y a los tres primeros en el arrastre también. Con Damián Castaño vibró toda esa gente tan entregada como, descontando los episodios de Miguel Ángel Perera y El Juli, no se había sentido vibrar en toda la semana. Tal fue el grado de pasión.

Pasó que, en el tercer intento frustrado con el descabello, Damián fue empalado por el toro en un arreón y, derribado con violencia, se derrumbó sin sentido. Lo llevaron a la enfermería inconsciente y se vivió el percance con consternación, sobre todo porque Damián había arriesgado con él lo que no está escrito. A pesar de lo incierto del toro, que fue, junto con el primero, el más agresivo de la corrida, Damián se puso y estiró de muleta sin prueba previa, casi en los medios, y, descarado, zapatillas enterradas en el fango, encajado, le pegó al toro sin rectificar hasta tres tandas en redondo ligadas, obligando al toro cuando hizo amago de rajarse en busca de las tablas y encontrando soluciones que parecían imposibles. Los remates de trinchera de cada tanda fueron soberbios.

Con esa docena y media de muletazos estaba la faena cumplida, la tensión en caliente, era el momento de irse por la espada y terminar. A toro ya rajado insistió Damián. Le costó cuadrar. Cuando atacó, el brazo por delante, lo esperó el toro y no pasó. Tres pinchazos. Con el toro aculado en tablas, los tres descabellos. El tercero pudo haber sido fatal, pero no lo fue.

Cuando, a punto de arrastrarse el quinto, asomó Damián sin daño por la puerta de la enfermería, la ovación fue formidable. “¡Valiente!”, gritó uno. Y tanto, porque al sexto, que se le coló vencido dos veces por la mano derecha y otras dos veces avisó con cogerlo, lo toreó con todavía más entrega que al tercero, se lo trajo por delante, lo acabó toreando al desmayo en la suerte natural, templadamente a pesar de que el fango lastraba la muleta y, en fin, porque esa faena tan lograda y de tan mayúscula entereza tuvo por compañía celestial el último chubasco de la tarde. Un pinchazo, una estocada, dobló el toro y aquello fue clima de apoteosis. La oreja más cara de la semana. Ferrera cortó por lo sano con el cinqueño primero, que punteó, se revolvió y defendió en viajes cortos zapatilleros, ni siquiera se dejó el toro tocar los costados. Así de listo fue.

El cuarto, mole monumental de casi 700 kilos, derribó en un primer puyazo severo, galopó en banderillas para sorpresa de todos y pareció toro posible, solo que fue entonces cuando cayó la gran tromba de agua y Ferrera se fue por la espada para cobrar una notable estocada. Domingo López Chaves, homenajeado en su despedida de Bilbao, se manejó con oficio con un segundo que fue de partida el más violento de la corrida.

Tratado con suavidad, el toro vino a descolgar y repetir, y Chaves se lo pasó con creciente confianza por la mano derecha. El toro se rajó no sin hacer avisado antes. Se hizo de ánimo con el altísimo quinto, que apretó en la segunda vara y vino luego al toque de muleta abriéndose mucho y muy a su aire. El toro con menos misterio de las  seis. Al asomar por toriles, asomó también el arco iris.

FIN

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