San Isidro: Toros (y corridas) que se las llevó el viento

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Editorial sobre la primera semana de la Feria de San Isidro

Redacción: mundotoro.com

En el año 1989, la Comunidad de Madrid instaló una red de anemómetros en los torreones de Las Ventas, para estudiar el efecto del viento (y su comportamiento). Al parecer, y según los expertos, éste entra en la plaza, la barre en todo el anillo, se mezcla con las aperturas de bocanas, puertas y demás espacios enfrontilados de la plaza, y vuelve a salir en una cadena sin fin. Es decir, que, el viento se acelera y varía como en ningún otro recinto debido a las características “físicas” de Las Ventas. Y este viento, queramos o no, se ha convertido en el enemigo principal del toreo en el coso madrileño. Es cierto que siempre ha sido así, pero también lo es que, en casi un siglo, la perfección del toreo y del toro exige una precisión que antes no se exigía. En este arranque de San Isidro, hay un buen número de toros de buena bravura que no han podido ser cuajados, en parte, por ese viento.

Toda la impecable corrida de Juan Pedro Domecq, varios toros de José Escolar, incluso el toro de El Parralero o la de Garcigrande habrían sido mucho mejor en los terrenos propios del toro bravo y con un dominio lógico de los engaños. Incluso, varios toros de La Quinta. El viento, es, hoy por hoy, el azar más negativo de Las Ventas. Enemigo para el que se debe de buscar alguna solución o, al menos, concluir que no la hay. Lo de los papeles en el ruedo es tan medieval como inútil. Pero lo que es innegable es que han embestido toros suficientes como para que el balance artístico haya sido otro.

Hay estudios sobre los efectos del viento en recintos al aire libre. No somos expertos en esos estudios o trabajos, pero, hasta el momento, nadie sabe si es posible o no es posible matizar el efecto negativo del mismo en Las Ventas. No se trata sólo de que el torero no domine los engaños. Ya es habitual montar la espada por fuera de las telas para intentar ser dueños de los engaños. Se trata de que el toro no es el mismo en cada terreno de un ruedo de grandes proporciones. Dependiendo de su condición, si es más débil o menos, más manso o menos, si es más bravo o menos; si tiene esta u otra raza, el lugar de la faena ha de ser elegido y variado durante la propia lidia.

Condenar a todas las lidias a la proximidad de las maderas, donde, además, está esa “subida” aún del ruedo, es una barbaridad contraria a la inteligencia del toreo. Desde la misma salida a la plaza, esa forma constante de volar los capotes sin ton ni son, sin mando ni orden, evita la lógica artística de la lidia; crear orden en el caos del toro en su salida a la plaza. Hay, en consonancia, un aumento del riesgo evidente, una mentalización al respecto y un condicionante que se ha vuelto a ver en este arranque de la feria. Y lo malo, que la solución es que no haga viento en un recinto, en el que parece que se quedó a vivir cuando la levantaron casi hace un siglo. Un San Isidro de toros (y corridas) que se las llevó el viento.

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