Francia: Toros Sí

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Redacción: Víctor Diusaba Rojas

La derrota de los antitaurinos en Francia la semana pasada no será la última. Ni tampoco este será su último intento por esposar, amordazar y poner la libertad bajo llave.

«Me rindo ante la evidencia: no podremos abolir la corrida hoy”. Así fueron los santos óleos de Aymeric Carón, diputado de la Francia Insumisa por París, a su intento de prohibir lo que no se puede prohibir.
Asistimos a una vieja lucha en la que la tauromaquia acaba de ganar una nueva batalla. Lucha que habrá que seguir dando aquí, y en otros frentes, contra quienes quieren imponernos un mundo a su estricta medida.

Lo hacen sin argumentos. Miren nada más cómo en Colombia el representante Juan Carlos Losada fundamentó su alegato en mentiras. Y luego, en el intimidante «gústele al que le guste», digno de una pelea barriobajera y no de un parlamento.

Al francés Carón tampoco le sobraron ideas. Para ilustrar a sus colegas de lo que él considera crueldad en la fiesta de los toros, lo único que se le ocurrió fue pedirles que imaginaran al perro de la casa lidiado por toreros en un ruedo. Peor, imposible.

¿Y es que acaso hay corridas de toros en Francia? Porque en eso también basan su discurso los prohibicionistas de todos los pelambres: en ocultar la verdad y en falsearla.

Claro que hay corridas en Francia. Para ser más exactos, en el sur de Francia. Y no porque no haya en el norte a quienes también les gusten las corridas sino porque en el sur es tradición.

Tradición, eso que se dice muy rápido sin detenerse en el valor cultural que representa la palabra como tal.

Aunque mejor le dejo eso al presidente Emmanuel Macron, quien lo dijo bien claro hace unos días:

«También es imprescindible tener en cuenta el apego de nuestros compatriotas a sus costumbres, sus tradiciones, de las que las corridas de toros forman parte. Todos los debates deben ser motivo de diálogo, sin duda, pero en el respeto de las tradiciones de nuestra cultura popular».

Como ciudadano, Macron sabe de qué habla. Pero más se lo dicta el zorro político que lleva por dentro. Entiende, como lo dijo, que la discusión sobre la abolición de las corridas de toros no es prioridad. Pero además que es una pelea que no es aconsejable dar, menos en los términos en que la plantean los antis.

Quizás y porque no quiere caer en lo que otros intentaron sin éxito. Por ejemplo, Alfonso X El Sabio, quien prohibió a los curas participar de ellas, sin sospechar que siglos después se harían ganaderos de toro bravo.

Igual pasó con el Concilio de Trento, que se quedó con las ganas de cerrar a cal y canto lo que no necesita explicación.

Y Pío V, quien amenazó, Bula Papal de por medio, con ex comulgar al cristiano que se atreviese. Fue entonces cuando el mismísimo Felipe II hizo aquel quite memorable:

«Decidnos -dijo Felipe II dirigiéndose a los nobles- ¿Qué dispone la Bula?

-Prohíbe señor que se corran toros.

-Pues a fe que os podéis divertir sin contrariar la decisión de nuestro
Santo Padre.

– ¿Y cómo señor?

– Pues corriendo vacas. (Esteras Gil, 1962,45).

Eso mismo, la defensa a cargo de la monarquía, les puede servir a los antis para salir a pregonar el supuesto carácter elitista de la fiesta, otra de las razones que invocan para buscar su desaparición.

Las investigaciones del profesor Álvaro Luís Sánchez-Ocaña Vara, de la Universidad de Salamanca, demuestran que no siempre ha sido así. Felipe V, Fernando VI y Carlos III se fueron tras la espada para acabarla, en contra de la voluntad del pueblo, igual que ahora. Fracasaron.

Y donde lograron prohibir, como es el caso de Cuba, lo hicieron con las armas. En la Isla el autor de la prohibición fue el general Adna Chaffee, comandante de las fuerzas de ocupación, en la guerra que se tramó para echar a los españoles y escriturar esa tierra a los gringos.

Podríamos quedarnos días enteros en los entretelones de esa otra historia fabulosa, la de la supervivencia, que corre paralela a la de la fiesta misma.

Ahora, una vez más, las campanas llaman a toros. Esos mismos que comienzan en Colombia este domingo 4 de diciembre en Villapinzón, Cundinamarca, y luego nos llevarán por más municipios y ciudades del país, Cali y Manizales, entre ellas.

La fiesta sigue viva. Pasa en Colombia, como pasa en España, Francia, México, Perú, Ecuador y Venezuela. Incluso en Portugal, con sus variaciones.

Como seguirá pasando, por los siglos de los siglos. Siempre y cuando se respete aquello que en realidad está en juego, la sagrada libertad.

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