¡Soy taurina!

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Redacción: Aura Lucía Mera elpais.com.co

Me siento orgullosa de serlo. Amo al toro de lidia. El animal majestuoso que no admite zoológico. Los he visto nacer, crecer en sus dehesas o páramos, reyes absolutos del entorno. Desafiantes y encampanados cuando perciben que alguien se acerca. Siempre alertas al menor movimiento extraño.

He cabalgado en medio de vacadas, erales y utreros. He visto a prudente distancia sementales rodeados de su camada de hembras. Los únicos que pueden procrearse, fruto de muchas tientas de vaquillas, en las que se selecciona a rajatabla la que demuestra bravura y casta. Se afirma que las vacas aportan la casta y el genio y los machos el trapío, la nobleza y la estampa. No sé si es cierto o no.

La verdad no la tiene nadie. Cada ejemplar es diferente, irrepetible e imprevisible. Así la reata y la historia de cada uno lo remonten a siglos de buenos encastes y genealogías puras. Desde su nacimiento embisten. Sus madres los esconden después del parto y desgraciado el que se acerque. Nadie ha ordeñado una vaca de lidia jamás. Son feas y enjutas, veloces y fieras.

Para mí, la tauromaquia es un ritual sagrado. Se remonta a siglos, desde que el primer ser humano se topó con el primer toro y le tuvo que hacer un quite para salir ileso. Pienso en Belmonte, aquel chicuelo medio gamín andaluz, cojo y de baja estatura, que cruzaba nadando el río Guadalquivir en noches de luna, y se adentraba en algún cortijo, para poder, con su gorrita, hacer pases a esos monumentos que encontraba. Cambiando así para siempre los tiempos de la lidia. Muy quieto, citando, templando y mandando. No podía moverse ni salir corriendo hasta convertirse en un mito no solo en el mundo del toro sino en los altos círculos intelectuales. Autodidacta, apasionado lector.

El único ritual que no tiene guión establecido. Que jamás se repite. Donde cada toro es diferente, cada lidia es diferente. Donde cada lidiador y su cuadrilla al hacer el paseíllo, no tienen la certeza de saber si retornarán a sus hogares. Cuando inician su entrada a la plaza y marcan en la arena con su pie derecho la señal de la cruz, saben que les espera lo incierto. Lo mismo picadores y banderilleros.

Poetas, escritores, pintores, músicos, dramaturgos, han dedicado obras inmortales e intemporales a este ritual. El Guernica de Picasso, los grabados de Goya, la ópera Carmen de Bizet, García Lorca en su oda a Ignacio Sánchez Mejía, Miguel Hernández, Ernest Hemingway. Todos hipnotizados, embrujados.

¿Por qué amo la tauromaquia? Es un enigma. Sucede o no sucede, es algo intangible casi como el flechazo de cupido cuando cae. No trato de explicar lo inexplicable, ni de convencer a nadie, ni quiero justificarme ni entrar en controversia.

Amo al toro de lidia. Amo su majestad. Siento reverencia y terror cuando los miro en el campo. Ya en la plaza, frente al lidiador vestido de luces con una muleta en la mano, me dejo llevar por esa fusión, ese ballet, esos instantes, porque solo son instantes en los que la fuerza, el arte, el peligro, la vida y la muerte se conjugan. Instantes en que la garganta siente un nudo de emociones, la adrenalina se sube o la tristeza agobia, instantes en los que la música y el silencio se alternan.

Respeto a los toreros, esa fragilidad mezclada con pasión y valor que encarnan. Respeto a los ganaderos que dedican su vida a cuidar los toros sin estar seguros jamás si saldrán bien, bravos, nobles y con trapío o no. Respeto ese mundo, el mundo del toro, exclusivo, exclusivista, misterioso, duro y tierno. Lleno de pasiones y emociones encontradas, de éxitos y duelos.

Respeto también a los que me califican de sanguinaria, cruel y todos los calificativos llenos de rabia. Los invito a conocer de cerca este mundo, a visitar una ganadería, a conversar con novilleros, toreros, ganaderos. No se puede amar ni odiar lo que no se conoce.

Soy parte de ese mundo. Lo he vivido, amado, sufrido y llorado. Desde que asistí a la primera corrida, sentí que algo en mi interior cambiaba para siempre. Sí. ¡Soy una taurina visceral! Amo los toros, los libros y la paz.

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