Criado junto a los toros

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50 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOAQUÍN ROMERO MURUBE

Joaquín Romero Murube era un gran entusiasta de la nobleza del toro. Valoraba la verdadera esencia de la Fiesta Nacional

Redacción: abc.es

Paralelo a la Feria de San Miguel, el Club Taurino de Sevilla organizó la celebración del II Congreso Internacional de Tauromaquia, entre el 24 de septiembre y el 1 de octubre de aquel 1966, bajo la dirección técnica de don José María Cossío y el patrocinio del Ministerio de Información y Turismo. El semanario gráfico «El Ruedo» ofreció puntual información de todo lo acontecido, para el que mandó las crónicas Celestino Fernández Ortiz, conocido de Joaquín Romero Murube. Nuestro escritor sacó entonces este oportuno artículo en las páginas de ABC, titulado «Monumento al toro», en aquellos días de tantas charlas y conferencias de expertos y periodistas de dentro y fuera del país. Qué mejor momento. Joaquín Romero Murube era un gran entusiasta de la nobleza del toro. Valoraba la verdadera esencia de la Fiesta nacional y deploraba la visión tan tergiversada que habían proyectado los escritores románticos del siglo XIX, fuera de nuestro país.

Marisma boñiguera

Desde muy joven, prendió en el corazón de Joaquín Romero Murube la afición por el mundo taurino. Los Murube, antepasados suyos de Los Palacios, donde había nacido el poeta en 1904, fundaron una prestigiosa ganadería de reses bravas en el cortijo de «Juan Gómez», a mediados del siglo XIX. Otros parientes de Joaquín, como Felipe Cortines Murube, le compusieron poemas al toro cuando pastaban en los campos del Toruño. El mejor monumento que su pueblo le ha brindado al toro está en su escudo municipal. En el campo superior del blasón figura un ejemplar, que «sostiene con la majestad de su cuerna la cortesía de tan delicada y política convivencia».

Así lo refiere Joaquín Romero Murube en el primer capítulo de su libro «Pueblo lejano (1954)», al referirse a la escena de la reunión de Villafranca de la Marisma con Los Palacios, en 1836. En el capítulo «Los egipcios y los toros» del mismo libro, recoge que el respeto que se le profesaba al toro en Los Palacios no nacía solo de la bravura del animal. La admiración era casi en un sentido puramente religioso. Los toros resultaban solemnes, majestuosos y verdaderos «dioses en la inmensidad de las marismas». En su opinión, estos pagos bajos del Guadalquivir se asemejan a los del valle del río Nilo en Egipto. Cuando divisaba algún «espurgabueyes» sobre la cabeza de los toros marismeños, confiesa en este capítulo al que hacemos alusión, que «no sé qué rara estampa de la diosa Isis me viene a la memoria, igual aquí que en aquellas lejanías del mundo y de la vida de la antigüedad…». Pensaba en el mítico rey Gerión, un ser fantástico con tres cuerpos, que poseía inmensos rebaños de ganado vacuno por estos lares, cuyos bueyes se los robó Hércules, según la leyenda.

Un año antes de publicar este artículo que hoy reproducimos, Joaquín Romero Murube firmó otro, referido al monumento que se pretendía erigir en memoria de Belmonte, en Chapina. Bien es sabido que la estatua no llegaría a inaugurarse hasta el mes de abril de 1972, aunque en otra ubicación, la plaza del Altozano del barrio de Triana, donde se alzó la obra de Venancio Blanco por suscripción popular. Joaquín Romero Murube le tomó afecto al Pasmo cuando dejó ya de torear. A Joaquín le interesaban los toros, pero como aficionado a las Bellas Artes. El grupo de intelectuales de la revista literaria sevillana «Mediodía» sí guardaban consideración por la figura del toro, así como muchos miembros del grupo generacional del 27. Romero Murube rememora en «Sevilla en los labios (1938)», dentro del capítulo «Los muertos y sus voces», momentos vividos en la tertulia que se reunía en el Café Nacional, a la que acudían personajes tan pintorescos como el ganadero y poeta, Fernando Villalón, o el diestro Ignacio Sánchez Mejías. Este último fue el gran mecenas de la generación que reunió en su finca de Pino Montano, a finales de diciembre de 1927. Todavía resuena la voz de Federico García Lorca en los jardines del Alcázar —conservados por Romero Murube—, leyendo los primeros borradores de su «Llanto», después de la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Era la primavera de 1935.

En un homenaje tributado al torero sevillano Manolo González, el 28 de diciembre de 1950, dijo Romero Murube que en la fiesta de los toros triunfaba la apariencia frente a lo esencial. Aquel día habló de algunos toreros, exaltó la magia de Manuel Jiménez «Chicuelo» y se declaró vazquista. De Pepe Luis y Manolo Vázquez. Su intervención la escribió y aparece editada de modo íntegra en el «Discurso de los toreros» de su obra «Memoriales y divagaciones (1951)». Ahora viene a mis ojos la instantánea inmortalizada por una foto vieja, correspondiente a un almuerzo que los amigos del Aeroclub le dieron a Romero Murube, cuando pronunció su pregón de Semana Santa en 1944. Fue en la célebre venta de Antequera. Entre otros, aparece el matador de toros Luis Fuentes Bejarano, con el que Joaquín mantuvo una gran amistad. Su hija mayor terminó casándose con don Rafael Romero Romero, sobrino mayor de Joaquín Romero Murube, a quien el escritor consideraba como su hijo mayor por no haber tenido descendencia.

Y no quiero retirarme del albero sin recordar al maestro Antonio Ordóñez, hermano de la Soledad de San Lorenzo. Con Joaquín compartían la misma devoción y hábito penitencial. Sobre el austero cumplimiento con el que Ordóñez acataba las reglas de su hermandad como nazareno, ofreció cumplida cuenta nuestro admirado, Joaquín Caro Romero, el otro día en el magnífico homenaje que la hermandad de la Soledad le ofreció, en el Alcázar, a Joaquín Romero Murube, con motivo del cincuentenario de su muerte. El académico Caro Romero, además de estar entre los principales poetas de Sevilla, ha sido uno de los mejores cronistas taurinos de ABC. Goza también de la dicha torera de ser compadre de Curro Romero.

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