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Redacción: CHAPU APAOLAZA – larazon.es

El gusto de la masa no debería ser medida de nada, pues el ser humano ha encontrado el consenso en las acciones más abyectas y ha despreciado las más sublimes. No acude tanta gente a la ópera, ni al ballet, ni a las exposiciones de arte contemporáneo, y eso no convierte a esas artes manifestaciones caducas y de otro tiempo. En ocasiones, cuanta menos gente va a los sitios, más interesantes parecen. La asistencia como medida de la vigencia de la tauromaquia es el más absurdo de todos los argumentos y uno de los que más se usa. El animalista siempre anda preocupado porque va mucha gente a los toros y a la vez porque va muy poca. A la manifestación antitaurina del otro día en Madrid, que era gratis, acudieron cincuenta personas a corear que cada vez menos gente llena las plazas de toros. Si a los toros fueran cuatro tendrían el mismo derecho a ir, pero van veintidós mil a Las Ventas, qué le vamos a hacer. El otro día viendo la plaza tan llena se me ocurrió hacer una foto y colgarla en twitter con el mensaje de que los toros no gustan a nadie y que nadie va a los toros.

Los argumentos en contra del tuit de marras recogen la tradición abolicionista según la cual somos sádicos amantes de la sangre y por supuesto violentos filofascistas a los que les falta corazón. Lo que no nos habían dicho hasta ahora es que somos calvos y este era un argumento recurrente. Así que calvos. Era evidente nuestra crueldad, ahora se nos ve el cartón. Todos esos donantes de pelo en los toros les parece signo de algo intolerable.

Crueles, despiadados, fachas y calvos. Como a todos los movimientos censores y puritanos, al antitaurinismo le falta literatura y sentido del humor y solo así se explica que nadie haya dicho que los taurinos, no es que tengan entradas, es que tienen dos abonos en la delantera del ocho bajo detrás de los de mi amigo Israel Vicente. Señalan las coronillas ralas como signo de algo, aunque no sé muy bien el qué. Será de la edad, supongo. La franja con más gente que va a los toros es la que va de los 15 a los 19 años según el Ministerio de Cultura, pero si fueran solo los abuelos, ¿acaso sería peor? La izquierda le ha cogido una manía a los viejos que no veas y para echar por tierra cualquier cosa que no les gusta la adscriben a un tiempo pasado y a ser cosa de viejos. A mí hay cosas del pasado que me gustan mucho: el románico, por ejemplo. Daría lo que fuera por volver a ver torear a Curro Romero. El toreo supone rebelarse contra el paso del tiempo porque alude a lo que es eterno. Ya me lo dijo un día mi hija: «Papá, no te preocupes: cuando seas joven puedes ser torero». Y ojalá tener pelo de nuevo.

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