El gesto de Ureña, un salto de matadero y una oreja en la tempestad

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El público arropó al torero en su encerrona en medio del diluvio

Plaza de Madrid. Decimocuarta corrida. Casi lleno. Toros de Ventana del Puerto ( 2), Domingo Hernández (4), Adolfo Martín (0), José Vázquez (1), Mayalde, sobrero ( 5) y Victoriano del Río (0), un saldo en general, excepto la embestida pastueña del 5º. Paco Ureña (5), de salmón y oro. Pinchazo hondo y tres descabellos (silencio). Media estocada tendida (saludos). Pinchazo, estocada delantera y 12 descabellos (silencio). Tres pinchazos y estocada (silencio) Estocada (una oreja). Pinchazo y estocada desprendida (palmas)

Paco Ureña, triunfador en San Isidro 2019, triunfador consecutivo en tres ferias de JUlio de Valencia y protagonista de un triunfo memorable en las Corridas General de Bilbao 2019, se vió ninguneado en las contrataciones para esta temporada, incluido el actual San Isidro. El camino para salvarse de la quema empresarial se encontraba un gesto, una machada en Madrid. Nada menos que matar seis toros en solitario, con todo lo que esa endemoniada ruleta de la suerte, esa tenebrosa ruleta rusa, suele encerrar. Es de suponer que el torero y su apoderado Juan Diego prepararon con detalle la encerrona, y lo primero la elección de los toros, fundamental.

Pero algo falló estrepitosamente porque en el ruedo de la plaza de Madrid salió un saldo infumable de mansos, de moruchos y para colmo de algunos ejemplares muy mal presentados, como ese novillote de Juan Pedro Domecq que fue devuelto porque la gente ya no aguantaba tal bochorno de mansedumbre, invalidez e indecorosa presencia. Con este saldo infumable el gesto de Paco JUreña se fue diluyendo toro a toro.

Hasta el quinto de la tarde Ureña solo tuvo un momento de brillo, me refiero a la tanda de naturales en el inicio de la faena al segundo toro, de Domingo Hernández. Tres muletazos en la mejor versión de Ureña, siempre con la suerte cargada e impecable en el trazo de la suerte. Pero ¡ay ! el de Hernández se apagó casi de inmediato aunque Ureña todavía piudo rescatar tres derechazos rotundos. Y se acabó lo que se daba.

No hace falta insistir en la imposible brega del torero para sacar algo en limpio de aquel saldo. Y menos mal que la devolución del quinto permitió la salida del sobrero de Mayalde. El animalito se dejaba hacer el toreo sin embargo empezó a diluviar. La gente corría a guarecerse. Ureña amarró la embestida de Hortelano y en medio de la tempestad cuajó una faena con fondo, especialmente los derechazos inmensos. Muchos volvieron al tendido y Ureña, entre rayos y centellas y mucha, muchísima agua, tuvo ese momento para salvar el honor propio y evitar el naufragio total de su gesto. La gente pidió la oreja y lo hizo lanzando almohadillas en un espectáculo lamentable. Lo que le faltaba a la gafada tarde

Quedaba todavía una bala en la recámara, la del toro de Victoriano del Río, pero ese cartucho también tenía la pólvora mojada, que digo, mojada no, empapada de mansedumbre. Y así terminó esta encerrona, la de un torero que como solo dos o tres más hace el toreo en la más auténtica pureza, pero que él mismo y su gente fallaron estrepitosamente en la elección fundamental, la del toro. Ah, y los ganaderos no respetaron ni al orero ni a la plaza porque lo que enviaron a Madrid fue de juzgado de guardia.

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