Apunte de Juangui: Iván Parra y el Arte de Torear a las Palabras

0
214

¿Por qué debe sobrevivir? ¡Por auténtica! La fiesta debe pervivir porque para mí es una síntesis de lo que es la vida, es una enseñanza, una lección de vida. La fiesta brava es una lección permanente de muchas cosas, y las lecciones no deben desaparecer, ni del Olimpo, ni de ningún otro sitio donde se impartan lecciones.

Redacción: Juan Guillermo Palacio

Medellín – Colombia. Al hablar subía y bajaba el tono de la voz dibujando montañitas. Lo hacía con perfecta dicción y un tono acaramelado que arropaba. Cuando parecía que no encontraba las palabras, que se agotaba antes de llegar a la cúspide, de su boca salía un repertorio de acepciones perfectamente seleccionado y ordenado, rico en precisión, claridad y métrica, como si fuera un ensayo filosófico ya revisado por un corrector de estilo.

En un programa de radio o televisión, en la narración de una corrida de toros, en una charla acompañada con jugo de mandarina o en una llamada telefónica, daba clases de filosofía, historia, cultura, arte y tauromaquia.

Una corrida contada en su voz era escuchar la historia del mundo. Sabía, como nadie nunca, describir un lugar, un traje, la anatomía de un ser vivo, lo simple y lo complejo de la existencia. Las palabras se sentían plenas con él porque era alguien que sabía jugar con ellas. Como me hizo caer en cuenta Alejandro Londoño un par de horas después de morir Iván, refiriéndose a su estilo de narrar: “tantos detalles en un solo lance y le alcanzaba el tiempo para continuar con el siguiente sin perder el hilo”… sin dejarse apretar por el toro del tiempo.

¿Por qué debe sobrevivir? ¡Por auténtica! La fiesta debe pervivir porque para mí es una síntesis de lo que es la vida, es una enseñanza, una lección de vida. La fiesta brava es una lección permanente de muchas cosas, y las lecciones no deben desaparecer, ni del Olimpo, ni de ningún otro sitio donde se impartan lecciones. Programa El Minotauro

Hablar bien, con sintaxis de rompecabezas, era un compromiso tácito que tenía con su padre, un penalista y docente universitario, orador de esos que conmovían los estrados, a juzgar por la elocuencia de sus hijos. Gracias a ese respeto sagrado por su sangre, Iván era capaz de contar como obra de arte una puesta en escena inspirada en el trabajo del macelo.

Muy joven, en 1975, con solo 17 años, fue capaz de abrirse paso entre el notablato de la radio colombiana, un grupo de ilusionistas y prestidigitadores del micrófono: Paco Luna, Eduardo De Vengoechea Baraya (un mortal con nombre de marqués), Fernando González Pacheco, el cubano Pardo Llada, Ramón Ospina, Hernando Espinosa y Bárcenas, Vicente Gallego Blanco, Alberto Lopera, Hernán Restrepo Duque, Guillermo Rodríguez y Eduardo Rueda Santos. Todos con personalidades arrolladoras, aves rapaces de las audiencias, indolentes con la competencia, artistas de la genialidad. Cómo sería la capacidad de expresión de este muchachito de provincia con mentalidad universal, que la misma noche de su debut ante el micrófono, hablando de toros en el Hotel Zuldemayda de Armenia, Paco Luna, un veterano ejecutivo y productor radial, lo invitó a que hiciera parte del equipo taurino más importante del momento.

Ninguno se parecía a otro. Cada uno tenía un sello de identidad único, maravilloso. Todos comunicadores de primerísimo nivel. Ninguno hacía las transmisiones apoyado en el concepto del otro. Tenían o mucha terquedad o mucho individualismo, o mucha personalidad, o muchísimo talento, lo que ustedes quieran esculcar o escarbar, pero eran únicos, absolutamente únicos. Y yo tuve la fortuna de haber formado parte de esos equipos, que fueron calificados hoy de maravillosos y extraordinarios porque los constituían profesionales de la comunicación, con magia, que es lo que debe tener la radio, ondas hertzianas que se deben convertir en magia. Y los magos, los que tienen el bombín y la chistera, eran únicos, como muchos de los que he mencionado. Y, para fortuna mía, tuve ocasión de estar muy cerquita de ellos. Programa El Minotauro

Rápidamente, la Edad de Oro, la Edad de Plata, la revolución de los toreros mexicanos, la ocupación árabe del sur de España, la guerra civil, las farándulas de España e Italia, los cantantes que los representaban en la OTI, la literatura de la Generación del 27, el cine de Buñuel, los pensamientos de Nietzche y los complejos entronques familiares de campesinos millonarios de la sociedad española fueron introducidos en su fábrica de datos, relacionados y presentados ordenadamente para construir las más perfectas narraciones de hombres con trajes ornamentados, medias de mujer y espadas medievales que se enfrentan a toros en puntas de pie.

Esos conocimientos le permitían describir la muerte, el escenario, los trajes rocambolescos, la anatomía de los toros, el vestido de una cantaora, el alma con el que lo llevaba puesto, una embestida, la picaresca de un banderillero, la estructura móvil del techo de una plaza, el carácter de un caballo, la soledad que sienten los toreros en el ruedo y el vuelo de los diestros por las nubes que rondan la plaza de Las Ventas de Madrid cuando salen en hombros.

Yo, básicamente, soy un comunicador. Para eso he buscado varios perfiles, en las artes, en las humanidades, para tener los recursos, si no suficientes, por lo menos que me aproximen a ese nivel de saberlo decir, saberlo contar, y de que pueda llegar con algún tipo de interés a quienes son los receptores. Programa El Minotauro

Iván estuvo a la altura los más grandes, incluso de España. De Carabias, el informador taurino de la radio oficial; de Pepe Dominguín, el intelectual de los hermanos de Luis Miguel; de Fernández Román, el de la televisión pública de ese país; de Chenel, maestro del toreo y de las justas palabras; y del exitoso Manolo Molés, un sabueso entrenado por las fuerzas especiales para entender las posibilidades narrativas de los cambios tecnológicos y de la condición humana.

Hoy le conté a mi hija de lo que se trataba y ella le explicó a mi nieta, a Luciana, que solo tiene seis añitos. Pasó al teléfono y me dijo: ya sé lo que te van a hacer, vas a izar bandera. Homenaje en Manizales por 40 años de comentario taurino

Parra hacía radio vestida de frac. Su voz acurrucaba como una canción de cuna. Tenía la tesitura de uno de los 1200 violines Stradivarius, la musicalidad del Nocturno de Chopin y el temple del toreo al natural.

Parecía gozar, además, del don de la longevidad. Con sesenta temporadas encima, conservaba la misma cara de angelito empantanado con la que llegó aquella noche al Hotel Zuldemayda a conversar de toros.

En plena juventud ya dirigía a los periodistas más importantes de la radio colombiana, a los que rompían la monotonía en los estadios del mundo y a quienes contaban las tragedias con las que amanecía el país.

La radio es el amor de mi vida, estar frente a un micrófono, contarlo, e intentar esa comunicación con los oyentes es para mí un espacio íntimo, que trasciende muchísimas cosas, y que me permite disfrutar de la vida. Mi Banda Sonora, Caracol Radio

Pero en su interior, un órgano, el riñón, que había sido su compañero de andanzas, se declaró en huelga, y en su exterior, el órgano que más amaba, el micrófono, se le cerró de repente. Esos dos carcinomas le fueron deteriorando el cuerpo y el alma, proceso que al final no pudo detener ni el deseo de volver a ver a su nieta Luciana, su pequeño más grande amor.

Estábamos en la Feria de Abril de Sevilla y don Álvaro Domecq nos invitó a las bodegas de Domecq, en Jerez, a 100 kilómetros de Sevilla. Nos preguntaron qué queríamos. Jerónimo Pimentel dijo: “yo quiero un whisky”. Yo me envalentoné, vi que se podía pedir cualquier cosa, y dije: “Y yo quiero una Coca Cola”. Jerónimo se sintió avergonzado, se puso colorado, en las bodegas de Domecq y pedir una Coca Cola.

Homenaje en Rionegro por 40 años de comentario taurino

La estructura empresarial de la radio había cambiado. Iván Parra -el perfeccionista, el incauto, el egocéntrico- había sembrado odios y amores. Las puertas de las grandes cadenas quedaron cerradas para él, a pesar de que su voz y su velocidad mental estaban intactas.

Que las manzanas no huelen, que nadie conoce al vecino, que a los viejos se les aparta después de habernos servido bien. que el mar está agonizando, que no hay quien confíe en su hermano, que la tierra cayó en manos de unos locos con carnet, que el mundo es de peaje y experimental, que todo es desechable y provisional.

A quien corresponda, Joan Manuel Serrat

Nunca más sonó su teléfono, y la motivación de vivir se fue difuminando como las canciones que se ponen al final de un programa de radio.

No me dedico a muchas cosas, para disimular digo que a pensar y a mirar el teléfono a ver si alguien llama. ¿Se valen avisos clasificados? Por favor, hacer resonar mi teléfono… Mi Banda Sonora, Caracol Radio

Contradictoriamente, el único canal que le quedó abierto para transmitir cuando ya no había ferias de toros fue el teléfono. Había semanas en las que me llamaba hasta tres veces al día. Hacía programas de una y de dos horas. En ellos me contaba la historia de la tauromaquia, las fórmulas de los grandes comunicadores, las batallas del general Patton, citaba los discursos de Churchill ante el parlamento, las teorías del Derecho, aforismos de los más reconocidos penalistas, me develaba las intimidades de las míticas transmisiones de toros en Cañaveralejo, las epopeyas de los periodistas de toros de la vieja guardia, citaba párrafos de libros, me contaba con detalle los recuerdos de sus viajes, los nombres de los juguetes de Luciana, hasta que se le quebraba la voz cuando la mencionaba y una risa de niño que se ruborizaba se partía en tres. Dos segundos después, ya en éxtasis de abuelo, decía que ella era el mayor sentido que tenía su vida.

Ser abuelo es el reino del mejor pintor. Y ahí está instalada Luciana que… ¡oh… es una delicia, es una epifanía!… para mí y para todos nosotros. ¡Para mí Luciana es lo máximo! Mi Banda Sonora, Caracol Radio

Por arte de birlibirloque desaparecía durante meses de mi dial. Hasta el 20 de julio a las 7 y 38, cuando llamó para hacer la tercera emisión del día. Una hora y un minuto después, el tiempo exacto de un programa de radio, se despidió, sin yo saberlo, para siempre.Iván Parra (q.e.p.d.) y el autor, en 1990 y treinta años después.

Dejar respuesta