Goya lo pintó de verde

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El 2 de mayo de 1996 José Miguel Arroyo ‘Joselito’ escribió una de las páginas más completas, más recordadas e importantes de la historia de Las Ventas

Querido Madrid. Esta carta no la escribe Joselito. Esta carta la escribe la memoria, el recuerdo y la nostalgia joselitista de Madrid, de su Madrid. La escribe el recuerdo que ese capote nazareno tiene en la afición. Ni la escribe José ni la escribe un aficionado, sino el aire goyesco que aquel día quedó para siempre impregnado en tu ruedo.

Esta plaza no ha vuelto a ser igual desde aquel 2 de mayo. Jamás ha vuelto a latir de una forma tal, ni en la vida ha vuelto a sentir algo como lo que aquel día José envió al cielo de su ciudad. Ha habido otros hitos, otros nombres, otras obras, otras formas de sentir y latir, otras maneras de emoción, porque eso es lo que tiene el toro. Pero como aquel 2 de mayo que Goya pintó de verde…

Y a hombros iba Joselito. Pero tras él iba una escuela, una forma de vida. Con él iba el otro José, Yiyo, el que le dio el ejemplo y el espíritu para que fuese figura, el que le hizo madurar, el que le hizo ser hombre, el que gracias a su entrega le hizo salir de la calle para ser libre gracias a su esfuerzo. Iban dos Josés a hombros: el del cielo y el de la tierra. Eso jamás se olvidará.

Pero centrémonos en lo que Madrid vivió: del de Las Ramblas al de Cortijoliva allí nadie comió pipas. Desde el enorme saludo al segundo a las navarras del quite al sexto allí nadie se aburrió. Desde la gloria de las orejas en la mano hasta la pesadilla de tener delante a un auténtico endemoniado, allí nadie bostezó. A ese, al demonio girón que cerró la tarde, si lo mata por derecho le corta el rabo. O eso creo yo, añoranza joselitista de aquella tarde. Tal fue la importancia de aquella lidia, ocaso de la tarde más completa que vio la carrera de José.

El valor que le echó al sobrero segundo, que valió un despojo, precedió al faenón y el estoconazo a Garbosillo -el primero de las dos orejas-. Eso fue todo gracia joselitista, fue hombro desmayado, fue dulzura en los toques, fue perspicacia en la estructura para que nadie percibiese que lo que allí pasaba era un mundo de complicado. Lo que allí pasó fue un compendio de magia. Lo que aconteció fue un Arroyo de milagros resumidos en un nombre: Joselito.

Iban subiendo los escalones de una tarde única y la oreja del tercero fue el puente para el gran suceso de aquel día: las dos orejas de aquel Listero que hizo cuarto y la clamorosa vuelta al ruedo. El quite, una belleza que redescubrió las crinolinas; la faena, un portento de la prodigiosa cabeza del madrileño, que no ligó cuando no había que hacerlo; los naturales, un espectáculo histórico en sí mismos. Uno por uno, tal como los cinceló para siempre en el ardor de aquella arena. Y el clamor con la estocada y los trofeos. Y la pesadilla del sexto: ¿Quién le metía mano a aquello? ¡Sólo Carretero!

Querido Madrid, sé que suena a julay decir eso de que soy el espíritu de Joselito –José se estará partiendo en estos momentos al leerme-, pero déjame tú al menos ponerme tierno: su imborrable recuerdo le ha escrito estas palabras. Jamás te olvidaré, José. Ni tú a mí.

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