Toros y Libertades

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Redacción: Víctor Diusabá Rojas
No falla: entre noviembre y febrero alguien nos cae con el infaltable: “¿Sigues en eso de los toros?”. Y año tras año, los taurinos nos armamos de paciencia y de viejos argumentos: vasos de Creta, pinturas rupestres de Altamira, Goya, Lorca, Picasso, Bizet, Botero y toda esa gama de recursos históricos que parecieran servir para demostrar (como si hiciera falta) que la lidia de los toros bravos es – amén de expresión artística – cultura y tradición.

O echamos mano del animalismo que tanto nos fascina a los animalistas, conscientes de que una cosa es ser animalista en el terreno y otra, bien diferente, es ser animalista de redes sociales, eso que está de moda.

Pero parecería que casi siempre salimos a perder -no porque no tengamos algo o mucho de razón- sino porque en el mundo, y particularmente en el de hoy, valen más las mentiras que la verdad; o 280 caracteres de mala leche que una idea.

A veces, ni siquiera un tema tan sensible como es el de las libertades sirve para generar algún tipo de reflexión. Menos de algunos que están obligados a defenderlas por mandato de la Constitución. Ahí están, frescos, los atropellos de Gustavo Petro con la Santamaría en Bogotá o de Federico Gutiérrez en Medellín, prestos a prohibir una actividad legal con físicas alcaldadas.

Por eso, cuando la semana pasada leí la columna de Gustavo Duncan en este mismo diario, me pregunté si su defensa, no de la fiesta brava sino de las libertades, era una excepción. Hablo de que tanto él como otros -de los que puedo asegurar que jamás serán taurinos- ven con tanta claridad lo que no ven otros, e incluso no vemos nosotros mismos.Porque así como Gustavo da cuenta de cómo “progresistas” y “animalistas” fundan sus ataques en “la exposición de la crueldad”, en “el hecho de que la violencia contra un animal se convierta en un espectáculo público”, pide no dejar de lado el hecho de que esto se trata “de una violencia ritualizada, con enormes contenidos simbólicos que, lejos de proponer una crueldad innecesaria, exalta el valor de la vida como un constante desafío y persistencia frente a la muerte”.

Y por eso mismo es que nos echa un capote para decir que los aficionados no somos “monstruos sedientos de sangre”, como se nos ha querido hacer ver, “….tan solo participes de una práctica cultural que con sus ritos, modas y estilos celebra una serie de valores, costumbres y símbolos comunes”.

Y veo que no está solo en eso. Frank Cuesta (alias ‘Frank de La Jungla’, alias ‘Wild Frank’), ese señor de la tele que se preocupa por la suerte de un escorpión o de una rana venenosa en Asia o en la selva amazónica tiene su percepción, como animalista que también es.

“La culpa de que haya corridas de toros la tiene este señor de negro. Y ese señor de negro es el toro bravo (…) un toro que genéticamente se ha criado durante muchísimo tiempo y con muchos cruces”, dice. Y se pregunta: “¿Qué es lo que ellos (los toros) hacen?”, para responderse de inmediato: “Embestir, aunque les piquen embisten, aunque les pinchen embisten. Esa selección natural les ha hecho que este toro esté especializado en embestir. Por eso es tan importante este toro”.

Como no olvido a nuestro Héctor Abad Faciolince, el de todos los colombianos, cuando dijo hace años que no iba a los toros porque le parecían “un espectáculo primitivo”, donde radica “su encanto y su horror”. Por eso aceptaba vivir con “esa tragedia moral”, como la llamó. Y por eso también pidió “…tolerar las corridas, aunque no nos gusten. Tolerar las corridas es tolerar nuestra más profunda condición humana: somos crueles y violentos. De otra forma no habríamos sobrevivido”.

Héctor no quiere que prohíban las corridas, prefiere “que se extingan”, como quizás igual lo prefieran Duncan y Frank. Y como lo prefiero yo, que no viviré para verlo.

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