Lo kitsch en el Toreo (VIII)

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Del sentimiento a la sensiblería se puede cruzar muy fácil. El abismo fronterizo es profundo, pero estrecho. Un empujoncito, y ya está. Otra dimensión. Pasa en el arte, pasa en la política, pasa en la calle. La publicidad y el mercadeo, han hecho de ello una ciencia y una industria ubicua.

En la corrida también, por supuesto. Arte vivo, cruento, emotivo, cuya realidad presencial golpea tan duro a veces, que no permite cerrar los ojos y decir —¡Bueno! Al fin y al cabo, es una película—

No. Ahí, donde todo acontece de verdad, como en la vida, cargar la suerte, o cargar las tintas, marca la diferencia entre lo bello y lo feo, lo sublime y lo grotesco, lo épico y lo ridículo. Tales dilemas hacen único ese drama que absorbe al público convirtiéndolo en juez y parte, inocente o cómplice.

Pero, para bien o para mal, en los días ultra comunicados y ultra comercializados que corren, el estímulo de las incidencias toreras desborda los muros de la plaza y multiplicado por los medios ejerce sus efectos sentimentales y mercantiles globalmente.

La ola informativa o desinformativa moldea lo acontecido, de acuerdo al tamaño de los intereses en juego. Se construyen y destruyen prestigiosexpress. Con tal poder, que vemos y no creemos, pese a la simultaneidad y fidelidad de las imágenes transmitidas.

Gran parte de la corrida se vive a distancia y la mayoría está ausente. Al final, importa más lo virtual que lo real. Y en ese infinito mundo intangible que ofrece tanto lo bueno como lo malo, y lo uno por lo otro a según la ética del vendedor. El estoicismo, el sufrir, gozar y hasta morir sin aspaviento, con la boca cerrada, ya no renta. La discreción, la bizarría pierden cotización. Un arañazo es una tragedia griega, una mueca una gesta, un golletazo cuarteando no importa.

Corren tiempos más de sensiblería que de sentimiento. ¿Debemos ponernos a tono?

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