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EL PLANETA DE LOS TOROS

El cronista nos invita al «planeta de los toros». Desde este mundo aparte, con gracejo, ironía y un dejo de añoranza, hace Díaz-Cañabate la alegoría de la Fiesta

Redacción: Alejandro del Río Herrmann

La crónica es como el género chico de la literatura. O como los Madriles de otrora, barrios bajos allende las lindes de la Villa y Corte. Un arrabal de fisonomía literaria incierta. Se mezclan en ella el relato riguroso de los hechos con la pronunciada idiosincrasia del narrador. Tan pronto se afirma en distancia desapasionada como se eleva en vuelo lírico. Describe, juzga, evoca, deleita. Arte menor, curiosamente le viene ni pintiparado a la fiesta de toros, paradigma de las artes.

En busca de lo máximo en lo mínimo andaba el estudiante Antonio Díaz-Cañabate cuando hacía novillos para ir a los toros del Portillo de Embajadores a ver el «juego de las navajas». Ahí, de boca del señor Antolín, devoto de Cayetano Sanz, se oía todo un tratado de tauromaquia: «Porque el toreo es un arte, algo que te estremece como te estremecen pocas cosas en este mundo, lo bonito ajuntao con lo emocionante».

El cronista nos invita al «planeta de los toros». Desde este mundo aparte, con gracejo, ironía y un dejo de añoranza, hace Díaz-Cañabate la alegoría de la Fiesta. Así había fabulado la vida de su amigo Domingo Ortega. El planeta de los toros es una tertulia de anécdotas, sucedidos, estampas, personajes. Su abigarrada geografía está poblada por tipos como el ‘sinta’ o el ‘sinvi’, hay «chalaos» y existe el «contrachalao». Está la taberna de Antonio Sánchez, «el lugar más puro del planeta de los toros». O el mozo de espadas, «todo un diplomático». Y ahí tenemos al «taurino», cuyo papel es «hablar bien del torero que le lleva a la feria».

El planeta de los toros, empero, no es asunto baladí. Desde las páginas de ‘El Ruedo’, luego como crítico taurino de ABC, Díaz-Cañabate fue un defensor de la Fiesta, que veía adulterarse, aplastada bajo el «plomo de la monotonía». Léase en el tomo quinto del ‘Cossío’ su ‘Panorama del toreo hasta 1979’, lección de vida y de sabiduría taurina. Su zozobra final sigue siendo hoy la de todo buen aficionado: «¿Qué será de la fiesta de los toros?».

 

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