Las Ventas: Madrid Descubre A Andrés García

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Andrés García dejó lo más hondo y personal de la novillada de hoy en Las Ventas. El mexicano, que hacía su presentación en Madrid, saludó dos ovaciones y enseñó un concepto de toreo con especial personalidad al natural, pero la espada le negó un triunfo que su faena al sexto llegó a poner en el horizonte. Adrián Centenera mostró disposición y firmeza, mientras Tomás González padeció las escasas opciones de su lote. La tarde, más que por los trofeos, que no los hubo, queda marcada por la aparición de un novillero capaz de hacer que Madrid volviera la mirada.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Morawww.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. La primera novillada de septiembre en Las Ventas no necesitó una oreja para dejar una conclusión taurina de considerable importancia. Hay tardes en Madrid en las que el marcador de trofeos explica poco y el toreo explica mucho más. La de este domingo pertenece a esa categoría. Con una entrada de 6.992 espectadores, la Monumental recibió a tres novilleros que hacían su presentación en el coso madrileño y a una novillada de procedencias diversas, desigual en comportamiento y con más dificultades que facilidades para el lucimiento. Y, precisamente en ese escenario de exigencia, Andrés García consiguió que su nombre quedara por encima del resultado estadístico.

El mexicano no salió de Las Ventas con una oreja en el esportón, pero sí con algo que, para un novillero que pretende construir una carrera importante, puede resultar todavía más decisivo: la sensación de haber mostrado un concepto reconocible ante el público de Madrid. Su actuación tuvo personalidad, quietud y, especialmente, una mano izquierda que encontró momentos de verdadera expresión. No fue una faena construida desde la facilidad de un animal extraordinario; tuvo que imponerse a las circunstancias y buscar el toreo dentro de un lote que tampoco puso alfombra roja. Esa diferencia es fundamental: no es lo mismo aprovechar un novillo que descubrir posibilidades donde el animal las ofrece a cuentagotas.

Su primer enemigo, un novillo de Chamaco, mostró nobleza, pero también limitaciones de poder y terminó reduciendo su recorrido. García entendió pronto que no había que exigirle lo que no podía dar. Comenzó con decisión, buscó profundidad y encontró sus mejores pasajes cuando dejó que la muleta viajara con mayor naturalidad. Los naturales finales, ejecutados con especial gusto, tuvieron esa clase de expresión que no depende del número de muletazos sino de la calidad del momento. La espada, sin embargo, empezó a convertirse en el elemento que condicionaría la tarde: pinchazo y estocada después del aviso, y una ovación que reconoció la dimensión artística sin convertirla en premio reglamentario.

Pero fue el sexto el que terminó de dibujar el retrato. José Cruz puso en el ruedo un novillo con presencia y García encontró allí el escenario para expresar con mayor amplitud su concepto. Hubo toreo por ambos pitones, pero fue la mano izquierda la que elevó la faena. Naturales ligados, asentamiento, pureza y una manera de cargar la suerte que llamó particularmente la atención de los aficionados. No se trató solamente de ejecutar pases correctamente: hubo intención de construir una faena con arquitectura propia, de llevar al novillo metido en la muleta y de prolongar la embestida mediante el temple.

Y ahí apareció la paradoja de la tarde. García había encontrado el toreo, pero no encontró la espada. Un pinchazo y los posteriores descabellos hicieron que aquello que podía haber terminado en una oreja de notable peso quedara finalmente en otra ovación. En Madrid, donde el público suele distinguir entre la simple voluntad y la auténtica capacidad para torear, ese reconocimiento tiene importancia. No sustituye al trofeo, naturalmente, pero permite algo fundamental para un novillero: salir de la plaza con crédito.

La actuación de Adrián Centenera tuvo otra lectura. El madrileño no necesitaba descubrir la plaza, pero sí demostrar que podía defenderse en ella como novillero. Frente al primero, de Guadajira, estuvo firme, dispuesto y técnicamente solvente. El animal ofreció nobleza y permitió una faena de buen tono, especialmente por el pitón derecho, aunque el conjunto no terminó de alcanzar la intensidad necesaria para convertir la disposición en una obra de mayor calado. La estocada y la ovación posterior premiaron una labor seria.

Su segundo compromiso, en cambio, puso de manifiesto la otra cara de la moneda. El cuarto, de José González, fue un novillo de menos colaboración, con dificultades para pasar y tendencia a soltar la cara. Centenera lo intentó por ambos pitones, pero la faena se alargó sin conseguir transformar la voluntad en emoción. En Madrid, la frontera entre insistir y perseverar con sentido es particularmente estrecha, y allí el madrileño no terminó de cruzarla. El silencio final fue la consecuencia lógica de una actuación en la que hubo actitud, pero faltó materia prima y también mayor capacidad de síntesis.

Para Tomás González, la tarde fue todavía más cuesta arriba. El segundo, de La Machamona, mostró desde su salida una evidente merma de fuerzas, circunstancia que condicionó la lidia y redujo la posibilidad de construir una faena con continuidad. El turolense buscó soluciones, probó ambos pitones y dejó algunos pasajes estimables, pero el novillo fue perdiendo transmisión y la faena se fue apagando. Los problemas con los aceros y los dos avisos terminaron de enfriar una actuación que quedó en silencio.

La historia del quinto resultó aún más reveladora de la dureza del festejo. El titular de Ángel Luis Peña tuvo que ser sustituido, y después de un primer sobrero de El Cotillo que tampoco resultó apto, hubo que recurrir a un segundo sobrero, de Couto de Fornilhos. El animal ofreció muy pocas posibilidades y González volvió a encontrarse ante una situación en la que la voluntad del torero no bastaba para fabricar una faena. Su insistencia fue digna, pero la falta de recorrido y transmisión del novillo terminó imponiéndose.

Y quizá ahí esté la verdadera lectura ganadera de la tarde. La novillada fue desigual y, en términos generales, ofreció pocas garantías para el triunfo, con animales que acusaron falta de poder, falta de continuidad o escasa transmisión. En esas condiciones, Madrid no pudo asistir a una tarde redonda, pero sí pudo observar quién tenía recursos para encontrar una salida artística cuando el camino no estaba despejado. Esa es una de las grandes virtudes de la plaza: Las Ventas no solamente examina cuánto torea un novillero cuando el novillo ayuda; examina qué queda del torero cuando el animal deja de ayudar.

Por eso, el nombre que queda asociado a esta primera cita de septiembre es el de Andrés García. No por haber cortado una oreja, porque no la cortó, ni por haber protagonizado una tarde perfecta, que tampoco lo fue, sino porque consiguió algo más difícil de cuantificar: despertar expectativa. En una plaza donde el público sabe distinguir el oficio del concepto, la voluntad del fondo y el adorno de la profundidad, el mexicano dejó suficientes argumentos para pensar que su presentación madrileña puede ser el comienzo de algo y no simplemente una fecha más en su temporada.

Su tauromaquia parece tener una dirección definida. Hay gusto, hay quietud, hay una búsqueda de profundidad y, sobre todo, existe una relación especialmente prometedora con la mano izquierda. Todavía tendrá que afinar la espada, encontrar mayor regularidad y demostrar que esa personalidad puede sostenerse frente a distintos tipos de novillos. Pero esas son precisamente las tareas que corresponden a quien aspira a crecer: Madrid no regala consagraciones, las construye a base de tardes en las que el torero deja una razón convincente para volver a ser anunciado.

Hoy, Andrés García no salió por la Puerta Grande; salió por una puerta quizá menos visible, pero esencial para un novillero: la de la credibilidad. La espada le cerró el camino del premio, pero el toreo le abrió el de la expectativa. Y en una plaza como Las Ventas, donde cada muletazo se somete al juicio de un público particularmente exigente, que Madrid se quede hablando de un novillero después de que se haya ido el último toro ya es, en sí mismo, una forma de triunfo.

La tarde terminó con ovación para Adrián Centenera, silencio para Tomás González y dos ovaciones para Andrés García, sin trofeos para ninguno de los tres. Pero reducir la jornada a esa estadística sería perder lo verdaderamente interesante. Porque las novilladas no son solamente una competición por cortar orejas: son el laboratorio donde se descubre qué toreros tienen argumentos para dar el salto. Y este domingo, en la arena venteña, el mexicano presentó credenciales.

Ahora queda lo más difícil: confirmar que aquello que Madrid vio hoy no fue únicamente un destello, sino el primer capítulo de una tauromaquia que puede crecer hasta convertirse en algo verdaderamente importante.

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