Los dos primeros festejos de la Feria de San Fermín 2026 han dejado mucho más que trofeos y Puertas Grandes. La novillada inaugural y la corrida de rejones marcaron el tono de un serial donde el temple, la técnica y la capacidad para interpretar las distintas condiciones del ganado comenzaron a definir a los protagonistas. La feria apenas empieza, pero ya exhibe una personalidad propia, sustentada en el buen juego de varios ejemplares, actuaciones de alta dimensión artística y un nivel competitivo que anuncia una semana de máxima exigencia.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. Cuando apenas han transcurrido los dos primeros capítulos de la Feria de San Fermín 2026, la Plaza de Toros de Pamplona ya ofrece una lectura que trasciende el balance numérico de orejas y puertas grandes. Lo verdaderamente importante no ha sido únicamente el reparto de trofeos, sino la manera en que la feria ha comenzado a construir su identidad, demostrando que este año la exigencia del ruedo navarro volverá a situarse entre las más altas del calendario taurino.
El serial arrancó con una novillada donde el hierro de El Pincha presentó un conjunto desigual en fortaleza, pero suficientemente interesante para medir la capacidad técnica de tres jóvenes novilleros obligados a resolver problemas distintos en cada turno. No fue una tarde de triunfos fáciles. Muy al contrario, fue un examen permanente de colocación, inteligencia, capacidad de mando y eficacia con la espada.
La novillada dejó una enseñanza clara: en Pamplona no basta con querer torear bien; hay que saber construir las faenas desde las limitaciones del animal.
En ese contexto apareció Mario Vilau, quien firmó la actuación más completa del festejo. Su triunfo no nació de la improvisación ni del efectismo, sino de una concepción muy madura del toreo. Supo interpretar las virtudes del tercer utrero, administró los tiempos con serenidad y consiguió que la embestida creciera gracias a un trazo limpio, profundo y siempre gobernado desde la mano baja.
Su concepto estuvo basado en el mando, la firmeza y la ligazón, tres fundamentos indispensables cuando el toro exige precisión para no romper el ritmo de la embestida. El premio de las dos orejas encontró pleno respaldo tanto en el desarrollo de la faena como en la contundencia de la suerte suprema, convertida nuevamente en uno de los grandes argumentos del joven espada catalán.
Sin embargo, quizá el mayor mérito de Vilau llegó precisamente en su segundo turno. Allí no existía posibilidad artística porque el utrero perdió fuelle muy pronto. Lejos de empeñarse en una faena imposible, entendió con rapidez las condiciones del novillo y administró la lidia con inteligencia, evitando prolongar innecesariamente una obra condenada por la falta de transmisión del animal. También eso forma parte del oficio.
Por su parte, Álvaro Serrano confirmó que atraviesa un momento de notable madurez técnica. Su lote exigió paciencia y conocimiento. Especialmente el quinto, un ejemplar que dejó entrever calidad, aunque limitado de raza y poder para sostener faenas excesivamente largas.
Allí apareció la versión más templada del madrileño.
El natural fue el eje de una labor de enorme contenido, reduciendo las inercias de una embestida que viajaba al ralentí y consiguiendo que el público conectara con un toreo reposado, de gran expresión estética y excelente colocación. Más que una actuación basada en la espectacularidad, fue una demostración de cómo el temple puede multiplicar las posibilidades de un animal limitado.
También merece reconocimiento el trabajo de Emiliano Osornio, cuyo resultado final no reflejó el esfuerzo desplegado durante toda la tarde. El mexicano volvió a encontrarse con un sorteo poco propicio y tuvo que enfrentarse a dos utreros que nunca terminaron de romper hacia adelante.
Su actitud jamás decayó, insistiendo siempre en buscar el camino del buen toreo aun cuando las condiciones del ganado impedían alcanzar mayores cotas de lucimiento. La disposición y la serenidad con las que afrontó ambos compromisos constituyen un capital importante para el futuro inmediato.
Pero si la novillada permitió descubrir el nivel de una nueva generación de toreros, la corrida de rejones confirmó que el toreo a caballo atraviesa un extraordinario momento competitivo.
El segundo festejo elevó considerablemente el nivel artístico del abono.
Los hierros de El Capea y Carmen Lorenzo ofrecieron un encierro bien presentado y, sobre todo, con varios toros de excelente condición para el lucimiento, permitiendo contemplar conceptos muy distintos dentro del rejoneo actual.
La gran fotografía del día terminó reuniendo a Guillermo Hermoso de Mendoza y Roberto Armendáriz atravesando juntos la Puerta Grande.
Más allá de compartir el máximo reconocimiento del público pamplonés, ambos construyeron sus triunfos desde registros completamente diferentes.
Guillermo Hermoso de Mendoza volvió a demostrar que su tauromaquia mantiene intacto el sello del clasicismo moderno. Cada embroque, cada reunión y cada ajuste de distancias respondieron a una planificación impecable. Especialmente sobresaliente resultó su actuación frente al tercer toro, donde conjugó reunión, exposición y espectacularidad sin perder nunca el sentido de la pureza.
La doma volvió a convertirse en un auténtico lenguaje artístico, permitiendo que caballo y toro parecieran dialogar durante toda la lidia.
Su segunda actuación no alcanzó idéntico resultado únicamente por la falta de acierto con el rejón definitivo. La faena, sin embargo, volvió a evidenciar un dominio absoluto de los terrenos y una extraordinaria capacidad para corregir las querencias del toro.
En paralelo, Roberto Armendáriz protagonizó posiblemente la obra de mayor fondo emocional del festejo.
Su gran triunfo frente al quinto toro nació desde la entrega absoluta. Templó una embestida con excelentes condiciones, imprimió ritmo a toda la lidia y consiguió una comunión plena con los tendidos.
Fue una actuación donde la pureza técnica caminó de la mano con la autenticidad, dos ingredientes que terminaron desembocando en el corte de las dos orejas y una merecidísima salida a hombros.
Especial mención merece también Andy Cartagena, cuyo debut en la feria dejó sensaciones muy positivas. El alicantino encontró rápidamente la conexión con los tendidos gracias a una propuesta dinámica, variada y de gran capacidad comunicativa.
Aunque el acero limitó sus opciones de alcanzar mayores premios, su presentación en Pamplona dejó argumentos suficientes para pensar que ha logrado abrir una interesante puerta de futuro dentro de esta plaza.
En conjunto, los dos primeros festejos han enviado un mensaje muy claro.
La Feria de San Fermín 2026 no parece encaminada hacia una sucesión de triunfos fáciles ni de estadísticas abultadas. Por el contrario, está construyendo un serial donde cada trofeo deberá conquistarse mediante el conocimiento del toro, la solvencia técnica y la autenticidad artística.
Hasta ahora, el protagonismo ha recaído tanto en los toreros como en los animales. Algunos ejemplares exigieron paciencia; otros permitieron el lucimiento; varios obligaron a demostrar oficio antes que inspiración. Esa diversidad está enriqueciendo el desarrollo de la feria y elevando el valor de cada éxito conseguido.
Pamplona ya respira el ambiente de las grandes ediciones.
La plaza ha comenzado a seleccionar a sus protagonistas con el rigor que siempre la ha distinguido. Los primeros nombres importantes ya han quedado inscritos en la memoria del serial, pero también ha quedado claro que la verdadera batalla apenas comienza.
Porque cuando una feria inicia mostrando toreros capaces de imponer criterio frente a la dificultad, rejoneadores que alcanzan cotas de alta escuela y ganaderías que permiten medir la dimensión real de cada actuación, el espectáculo deja de ser únicamente una suma de resultados y se convierte en una auténtica competición de excelencia.
Y ese es, precisamente, el mejor síntoma de que San Fermín 2026 ha empezado con la categoría que exige una de las ferias más importantes del mundo taurino.





















