El campo sin brazos y la Plaza sin toros
El porvenir de Caldas no se resuelve en un decreto ni en una cumbre gremial. Depende de devolverle valor -social y económico- a las manos.
Redacción: Gabriel Eugenio Tobón Correa
Resulta paradójico observar las prioridades de nuestra agenda pública. Mientras en el despacho del alcalde de Manizales se desvelan buscando cómo sustituir las corridas de toros, a pocos kilómetros, en las laderas de nuestras montañas, los propietarios de finca enfrentan un vacío distinto, pero igualmente letal: la ausencia de manos para recoger la cosecha. Son dos crisis de supervivencia. Sin toros, la Feria cambia de piel y a lo mejor sobrevive, pero sin recolectores, la región simplemente se quiebra. Caldas vive hoy lo que angustia a Europa: una tasa de natalidad cercana a 1.4 hijos por mujer, cifra que ya no garantiza el relevo generacional.
El otrora inagotable flujo de trabajadores que brotaba de familias numerosas se extinguió. Hoy, el muchacho de Neira, Marulanda o Pácora tiene el celular en la mano y la mirada puesta en el sector servicios o en la migración. El campo se queda solo, no por abandono caprichoso, sino por una mutación profunda e irreversible en nuestra pirámide poblacional. Lo que agrava el escenario es nuestra geografía. A diferencia de las llanuras aptas para la mecanización, nuestra topografía de laderas de 45 grados obliga a que la recolección sea un acto manual e individual: el ojo y la mano que distinguen el grano maduro del verde. Ninguna máquina lo reemplaza en esas pendientes. Cuando no hay brazos, el fruto se pierde. Y con él, el sustento de miles de familias. A ese vaciamiento humano se suma una transformación silenciosa del territorio. Las hectáreas productivas se rinden ante las urbanizaciones rurales donde el recolector es reemplazado por el vigilante y el conserje.
La tierra se encarece, el emprendimiento agrícola se vuelve inaccesible y la soberanía alimentaria se negocia metro a metro. El campo deja de producir alimento para producir paisaje, y ese paisaje solo lo disfruta quien puede pagarlo. ¿Cuál es la salida? Hay dos problemas y ninguno tiene respuesta fácil, pero sí tienen dirección. La tierra sin jornaleros exige reconvertirse hacia cultivos que demandan menos manos -aguacate, cítricos, ganadería tecnificada-. El propietario rural debe saber que esa transición, bien orientada, rinde más que vender la ladera a un urbanizador. El territorio que envejece, en cambio, puede convertir su demografía en oportunidad: la alternativa al «Geriátrico Territorial» es la Economía Plateada -ese mercado que en Colombia mueve 121 billones de pesos al año según Colpensiones- y Caldas tiene lo que ese mercado exige: clima, paisaje, calidad de vida y la calidez de su gente. Solo falta formar especialistas en gerontología, salud y cuidado para que esos servicios los presten profesionales caldenses. Sin esa doble estrategia, nos convertiremos en anfitriones de élites que vienen a descansar donde otros trabajan. El porvenir de Caldas no se resuelve en un decreto ni en una cumbre gremial.
Depende de devolverle valor -social y económico- a las manos: las que recogen el grano en la ladera, las que tienden el cable en el edificio, las que cuidan al anciano en la residencia. Eso exige que la academia, el sector productivo y el Estado se pongan de acuerdo no para producir otro informe, sino para que el joven de Neira encuentre en su municipio una razón concreta y digna para quedarse. Porque al final, no es lo mismo una plaza sin toros que un campo sin brazos.






















