San Isidro: Madrid Se Quebró en el Quinto

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La vigesimoquinta de San Isidro dejó una tarde de emociones contradictorias en Las Ventas: una terna dispuesta a apostar verdad, un encierro de Juan Pedro Domecq con movilidad, pero sin plenitud de raza, y una tragedia que congeló Madrid cuando Clemente cayó herido de extrema gravedad frente al quinto. La corrida transitaba entre detalles de torería y embestidas sin remate hasta que el percance cambió el sentido completo del festejo y recordó, una vez más, la dimensión dramática e irrepetible de la tauromaquia.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Arbeláez – Colombia. La vigesimoquinta cita de la Feria de San Isidro 2026 no será recordada por las estadísticas del palco ni por los trofeos inexistentes. Quedará archivada, más bien, en esa memoria oscura y profunda de Las Ventas donde sobreviven las tardes que cambian de temperatura espiritual por un instante de tragedia. Porque hasta la cogida de Clemente, la corrida caminaba por el filo de la decepción técnica y la expectativa inacabada. Después del percance, todo fue distinto: el público dejó de juzgar y comenzó a sentir.

El encierro de Juan Pedro Domecq, remendado con un sobrero de Montalvo, confirmó una línea ganadera que hoy divide al aficionado contemporáneo: toros con movilidad aparente, desplazamiento suficiente y cierta nobleza intermitente, pero faltos de fondo, de emoción íntegra y de esa autoridad estructural que Madrid exige para encumbrar una tarde. Hubo recorrido, sí; hubo incluso momentos de clase. Pero casi nunca apareció la verdadera entrega. La corrida tuvo más tránsito que profundidad.

Desde el primero quedó claro el tono del festejo. El lote abrió con un animal de intención, pero de fuerzas comprometidas, un toro que empujó en varas y aparentó venir arriba antes de descubrir su verdadero límite en la muleta. Uceda Leal, torero de oficio antiguo y sensibilidad intacta, entendió rápido que la embestida carecía del poder necesario para construir emoción sólida. Lo intentó desde la inteligencia del temple corto y la colocación precisa, pero el toro terminó enseñando un comportamiento defensivo y descompuesto. Madrid calló más por comprensión que por frialdad.

La corrida no terminaba de romper hacia adelante. Tampoco el segundo titular, devuelto por inválido, permitió alterar el rumbo. El sobrero de Montalvo confirmó otra constante de la tarde: animales de hechuras discutibles, escasa transmisión y embestidas vulgares. Clemente apenas pudo dejar algunos trazos aislados de su concepto elegante antes de abreviar ante un toro sin capacidad de sostener una obra.

Mientras tanto, el tercer turno dejó a Pablo Aguado frente a uno de esos toros engañosos que parecen ofrecer posibilidades hasta que la ligazón descubre la ausencia de entrega. El sevillano, artista de las pausas y de las distancias cortas al alma del tendido, no encontró estructura donde apoyar su inspiración. El toro obedecía en línea recta, pero se descomponía en cuanto el muletazo exigía curva, mando y reunión. La faena jamás tomó vuelo porque la embestida nunca terminó de romper. Madrid, que a Aguado le pide pureza absoluta, terminó protestando una labor sin acople ni eco.

Y entonces apareció el cuarto, posiblemente el animal más completo de la corrida. No fue un toro rotundo, pero sí el único que permitió vislumbrar una lidia estructurada desde la calidad. Humilló de salida, acudió fijo al caballo y sostuvo cierta clase, aunque siempre con inercias limitadas. Allí emergió nuevamente la figura de Uceda Leal, capaz todavía de dibujar muletazos de enorme estética en medio de un contexto deslucido. El problema no estuvo en el torero sino en la falta de raza del astado, que terminó apagándose cuando la faena pedía un paso más de emoción. Hubo belleza, sí; pero no ruptura.

La corrida parecía destinada a morir entre silencios y aproximaciones hasta que salió el quinto: “Soldador”. Y con él apareció, al fin, el drama auténtico del toro bravo.

Desde la portagayola, Clemente decidió jugarse la tarde. No era un gesto accesorio ni efectista; era la intuición de que la corrida necesitaba verdad. El recibo ya anticipó el tono del combate: el toro se volvía pronto, derrotaba con violencia y exigía precisión absoluta. En varas empujó con entrega y en la muleta confirmó ser el ejemplar de mayor transmisión del encierro. No era un toro fácil. Era un toro encastado, exigente, de los que obligan a torear sometiendo o terminan imponiendo su ley.

Ahí comenzó realmente la tarde.

El francés logró conectar con Madrid en dos series de mano derecha donde apareció el ajuste, la quietud y la exposición. El público entendió que había emoción verdadera porque el toro tenía dentro una amenaza constante. No regalaba nada. Cada muletazo debía llevar mando y colocación exacta. El problema llegó cuando la faena derivó hacia terrenos más cerrados y el torero perdió por instantes la distancia estratégica frente a un animal que pedía gobierno absoluto.

Entonces ocurrió.

En un descuido mínimo, cuando Clemente se dirigía al tendido, el toro sorprendió por dentro y lo prendió de manera estremecedora, quedando dramáticamente colgado del pitón por la parte posterior del muslo derecho. La imagen heló Las Ventas. La plaza quedó muda. No hubo gritos ni aspavientos; solo ese silencio espeso que aparece cuando el miedo reemplaza cualquier análisis taurino.

Y allí murió simbólicamente la corrida.

Porque desde ese instante el festejo dejó de pertenecer al terreno artístico para ingresar en el territorio esencial de la tauromaquia: el de la verdad física, el riesgo irreversible y la fragilidad humana frente al toro. La posterior ovación mientras Uceda Leal despachaba al quinto no fue un premio taurino; fue una reacción emocional de una plaza golpeada por la incertidumbre.

El sexto tampoco cambió el signo general del encierro. Otro toro de escasa expresión, suelto de carnes y limitado de celo, aunque con cierto mejor embroque por el izquierdo. Pablo Aguado, quizá condicionado por el clima emocional que había dejado la cogida, optó pronto por abreviar frente a un animal que nunca terminó de emplearse. Solo quedó como gran nota positiva el extraordinario tercio de banderillas de Iván García, saludado justamente por Madrid.

La corrida terminó sin orejas, sin triunfos numéricos y sin salida a hombros. Pero sería un error leer la tarde únicamente desde el resultado estadístico. San Isidro volvió a demostrar que el toreo no siempre se mide en trofeos. A veces una corrida queda marcada por una sensación colectiva, por un instante que transforma la percepción del público y recuerda que la tauromaquia sigue siendo un rito donde la belleza y la tragedia conviven a centímetros de distancia.

La terna entregó lo propio. Uceda Leal dejó oficio y estética. Pablo Aguado intentó poner aroma frente a un lote sin fondo. Clemente puso la verdad brutal de quien se juega la vida sin reservas. Y el encierro, dentro de su línea contemporánea, ofreció movilidad sin rotundidad, calidad aislada y demasiada falta de poder para Madrid.

Pero al final nada de eso importó completamente.

Porque cuando la sangre aparece en el ruedo de Las Ventas, la feria cambia de rostro y la plaza recuerda que el toreo, antes que espectáculo, sigue siendo destino.

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