Morante de la Puebla protagonizó en Sevilla una faena histórica al cuarto toro, condensando en apenas veinte minutos toda la esencia del toreo clásico y artístico. A pesar de fallar con la espada, su actuación desató la emoción colectiva y quedó inscrita como una de las obras más impactantes y memorables de la tauromaquia contemporánea.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. La Real Maestranza de Caballería de Sevilla no fue aquella tarde un coso: fue un templo en combustión lenta que terminó ardiendo en un solo acto de creación irrepetible. Porque lo sucedido con Morante de la Puebla no cabe en la estadística de las orejas ni en el frío resumen de una crónica al uso. Fue, más bien, una condensación de siglos de tauromaquia en apenas veinte minutos, una síntesis viva donde el toreo dejó de ser oficio para volver a ser misterio.
La tarde había transitado entre matices de interés técnico, con un encierro de Ganadería de Álvaro Núñez de fino corte, desigual de fondo y expresión. Hubo detalles: la firmeza de Víctor Hernández, la estética de Juan Ortega, la calidad intermitente de algunos astados. Pero todo ello quedó absorbido, eclipsado, devorado por una sola faena: la del cuarto toro, “Colchonero”, que no fue un toro, sino el lienzo donde Morante escribió una obra mayor.
Desde el recibo ya se intuía que algo distinto iba a suceder. La lidia comenzó en terrenos de compromiso, con el diestro literalmente cosido a las tablas, citando con una sola mano, como quien desafía la lógica y el miedo en el mismo gesto. Allí, donde otros buscan alivio, Morante encontró expresión. Las verónicas no fueron meros lances: fueron invocaciones. Cada lance tenía reunión, vuelo, temple y remate barroco, con el capote trazando una geometría imposible entre el embroque incierto del toro y la quietud innegociable del torero.
El tercio de varas apenas fue un trámite medido, pero el quite, ay, el quite, abrió ya las compuertas de lo extraordinario. Las tijerillas, ejecutadas con desdén torero y precisión de orfebre, conectaron con un tendido que comenzaba a perder la compostura. La plaza se levantaba, no como reacción, sino como necesidad física ante lo que estaba ocurriendo.
Y entonces, la ruptura. Morante tomó los palos. No como alarde, sino como declaración estética. Banderilleó de dentro hacia afuera, clavando en la cara, sometiendo la embestida corta y pegajosa del toro. La colocación era lo de menos: lo esencial era el concepto. Y en ese concepto cabía todo el toreo antiguo, todo el aroma de plata vieja, todo el eco de los grandes maestros. Hasta que llegó el instante icónico: la silla. En medio del ruedo, en el centro mismo del arte, Morante se sentó. Y desde esa quietud imposible, quebró la lógica del tiempo.
La muleta confirmó lo que ya era evidente: aquello no era una faena, era una revelación. Inició sentado, como si la lidia no exigiera movimiento sino profundidad. Los ayudados por alto fueron más que pases: fueron signos. Y luego, el natural. Ese natural que, por sí solo, justificaría una tarde, una feria, una vida. Ligado, templado, ajustado hasta el límite de lo humano, dibujado en una línea curva perfecta que parecía suspender el tiempo en cada embroque.
El toro, con ese pitón de dentro que humillaba con clase, permitió que la obra creciera. Pero fue Morante quien la elevó. Porque donde el toro daba, él multiplicaba. Donde el toro dudaba, él afirmaba. Y así, en un palmo de terreno, con la muleta recogida, toreando en redondo y en línea curva, fue construyendo una faena que no admitía comparación. Cada muletazo era un tratado de tauromaquia: cite, temple, mando y ligazón fundidos en una estética personalísima, irrepetible.
Hubo un natural circular que quedó ya inscrito en la memoria colectiva. Un muletazo que no se explica, que no se puede enseñar, que solo puede sentirse. Allí, Sevilla dejó de ser plaza para convertirse en testigo. Y el público, incapaz de contener la emoción, rompió en un clamor unánime, desbordado, visceral.
El desenlace, sin embargo, fue cruel. Tres pinchazos y varios descabellos impidieron que el triunfo se midiera en trofeos. Pero sería mezquino reducir aquello a la espada. Porque lo que Morante había construido ya era inamovible. Dos vueltas al ruedo no bastaban para contener la magnitud de lo vivido.
El resto de la corrida transcurrió bajo la sombra de ese acontecimiento. Ni el esfuerzo de Hernández ni la estética de Ortega lograron devolver al público a la realidad. Sevilla seguía atrapada en esos veinte minutos. Veinte minutos en los que se había contado, sin palabras, toda la historia del toreo: desde el clasicismo hasta la heterodoxia, desde la pureza hasta la inspiración más libre.
Y al final, el símbolo. El ruedo tomado por los aficionados. El clamor exigiendo la Puerta del Príncipe. La tensión, la puerta cerrada, la emoción desbordada. Y Morante, elevado a hombros, no como torero triunfador, sino como artista consagrado en la memoria de un pueblo. Salió por la Puerta de Cuadrillas, sí, pero en realidad salió por la puerta invisible de la eternidad, esa que solo se abre cuando el toreo deja de ser espectáculo para convertirse en arte absoluto.
Porque hay tardes de triunfo. Y luego están estas: las que no se repiten, las que no se explican, las que, en apenas veinte minutos, justifican toda una historia.






















