David de Miranda firmó una actuación rotunda y de máxima autoridad en Pozoblanco, cortando cuatro orejas y abriendo la Puerta Grande. Manuel Quintana dejó una impronta de torero con futuro, mientras el encierro de Domingo Hernández ofreció un juego desigual que exigió oficio, entrega y capacidad de sometimiento.
Redacción: Juan Pablo Garzón Vásquez – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Lenguazaque – Colombia. La Plaza de Toros de Pozoblanco fue escenario de una tarde de alto voltaje taurino, en la que se conjugaron la rotundidad de un torero en estado de afirmación, la ilusión de un joven que empieza a decir cosas serias y un encierro que, desde la disparidad de comportamientos, puso a prueba la capacidad lidiadora de la terna. El hierro de Domingo Hernández, bien presentado en conjunto, ofreció un abanico de embestidas que transitaron entre la nobleza sin transmisión y la complejidad encastada, obligando a los diestros a imponer su ley en el ruedo.
David de Miranda se erigió como eje indiscutible del festejo. Su actuación no solo se midió en trofeos, cuatro orejas de ley, sino en la dimensión de su toreo, marcado por el mando, la firmeza de plantas y una determinación innegociable. Desde su primero, un astado que desarrolló complicaciones por el pitón izquierdo y tendencia a buscar al hombre, el torero de Trigueros dejó claro que su ambición pasa por domeñar cualquier embestida. Tras un percance en el saludo capotero, donde fue arrollado con violencia, lejos de arredrarse, cimentó una faena de sometimiento progresivo, llevando al toro embebido en la muleta a base de temple, trazo largo y gobierno. Las tandas, ligadas con autoridad por ambos pitones, tuvieron especial eco por su ajuste y profundidad, rematadas con unas manoletinas de exposición total antes de una estocada de efecto fulminante.
Pero fue en su segundo turno donde De Miranda alcanzó cotas de plenitud. Con la Puerta Grande entreabierta, asumió el riesgo con verdad, citando en terrenos comprometidos y apostando por el toreo en redondo, de reunión y cercanías. El final de faena, en la corta distancia, fue un ejercicio de dominio emocional y técnico, logrando que el público se pusiera en pie ante una obra de gran calado. Su actuación reafirma su candidatura a cotas mayores dentro del escalafón, sustentada en una tauromaquia de convicción y entrega.
En paralelo, la tarde dejó una sensación inequívoca de esperanza con Manuel Quintana. El joven espada mostró un concepto definido, basado en la naturalidad, el gusto y una notable capacidad para interpretar las embestidas. Su primero, un sobrero que permitió mayores opciones tras la devolución del titular, fue el lienzo donde dibujó una faena de trazo clásico, destacando especialmente el toreo al natural, donde consiguió muletazos de notable expresión y cadencia. Hubo en su labor un poso de torería que trascendió lo meramente efectista, conectando con los tendidos desde la pureza.
En el que cerró plaza, Quintana volvió a dejar patente su personalidad. Sin perder el sitio ni la compostura, hilvanó pasajes de mérito ante un oponente que exigía colocación y firmeza. Su disposición constante y su concepto asentado le valieron el reconocimiento del público y la recompensa de una segunda oreja, sellando una salida en hombros compartida con De Miranda. Más allá del balance estadístico, lo que queda es la sensación de que hay un torero en ciernes con argumentos sólidos.
El encierro de Domingo Hernández, por su parte, presentó una interesante lectura ganadera. Si bien la corrida acusó desigualdad en cuanto a raza y transmisión, sí ofreció matices que permitieron valorar la capacidad de los toreros. Hubo ejemplares de embestida noble pero falta de motor, otros con tendencia a venirse por dentro y alguno con clase intermitente. Esta heterogeneidad obligó a planteamientos distintos en cada lidia, premiando a quienes supieron someter, templar y estructurar las faenas desde el conocimiento del toro.
Alejandro Talavante, por su parte, dejó destellos de su innegable calidad. Frente a un lote dispar, construyó una faena de mérito en su segundo, donde, a base de oficio y pulso, logró que un toro de escasa raza terminara entregándose. Cortó una oreja tras una actuación de inteligencia y recursos. En su primero, una labor de buen corte técnico no fue premiada con trofeo pese a la petición mayoritaria, en una decisión presidencial que marcó uno de los puntos de debate de la tarde.
En suma, Pozoblanco vivió una corrida donde la jerarquía de David de Miranda se impuso con rotundidad, la ilusión de Manuel Quintana abrió una ventana de futuro y el hierro de Domingo Hernández, desde su diversidad, exigió verdad en el ruedo. Una tarde de tauromaquia auténtica, en la que el triunfo no fue solo numérico, sino expresión de entrega, riesgo y vocación de figura.






















