Al Natural: El Julay, Una Especie en Peligro

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El “julay”, persona que, sin mala intención, termina causando problemas por su exceso de entusiasmo y su deseo de ayudar o destacar. A diferencia del torpe, que se equivoca por incapacidad, el julay se equivoca por querer intervenir antes de tiempo, decir lo que no debía o anunciar cosas prematuramente.

Redacción: Marco Antonio Hierrowww.cultoro.es – Web Aliada

Madrid – España. Carlos Zúñiga padre —hombre de plaza y de mundo, que de esto sabe un rato largo— me dio hace años una de esas definiciones que deberían enseñarse en las facultades. No en las de Veterinaria, aunque bien podría, sino en las de la vida misma. «El julay» me dijo «es un animal que, por querer hacer bien, hace mal». No confundir con el torpe, que es otra cosa. El torpe tropieza porque no da para más. El julay, en cambio, tropieza por entusiasmo. Quiere ayudar, quiere quedar bien, quiere enseñar que está en la pomada… y en ese noble empeño termina pisando la manguera del incendio que estaban apagando los demás.

El julay es una criatura curiosa. No actúa por maldad, ni siquiera por interés. El julay actúa por ilusión. Y por ese ansia tan humana de ser el primero en decir algo que, precisamente, no debía decir. En el ecosistema taurino el julay ha sido durante décadas una especie abundante. Se le veía en los mentideros de las plazas, en las tertulias de café, en las redacciones con olor a tinta vieja. Siempre había uno que, guiñado el ojo, susurraba: “esto no lo sabe nadie todavía…”. Naturalmente, lo sabía ya media España, otra cosa era comprender la pertinencia o no de airear el asunto.

Pero el julay contemporáneo ha evolucionado. Ya no necesita susurrar en la barra del bar. Ahora dispone de herramientas mucho más eficaces para ejercer su noble oficio: botones, pantallas y cuentas digitales donde anunciar primicias con la alegría de quien descubre América… aunque América estuviera aún, negociando si quería ser descubierta. Y ahí aparece el problema. Porque en los asuntos delicados —y el toreo está lleno de ellos— hay tiempos. Hay turnos. Hay silencios que no son descuido sino estrategia. Hay anuncios que tienen dueño y momento, como los clarines de una corrida: si suenan antes de tiempo, el paseíllo se convierte en sainete. Y lo es para todos, cuando el asunto en cuestión tiene que ver con aquello que el ex ministro Álvarez Cascos tildaba de ‘interés general’.

El julay, claro, no entiende de eso. El julay ve la puerta entreabierta y entra con entusiasmo. Cree que está prestando un servicio al mundo. Piensa que está informando. Que está ayudando. Que está siendo diligente. Y mientras tanto, en alguna mesa donde se negocian cosas serias, alguien deja la cucharilla del café en el plato y suspira. Porque el julay, por querer hacer bien, hace mal.

Lo curioso es que el julay no suele darse cuenta. Vive feliz en su inocencia. Se imagina protagonista de una exclusiva cuando en realidad ha protagonizado un pequeño desaguisado logístico. Y, cuando alguien lo señala con media sonrisa, él incluso se sorprende. “¿Pero qué he hecho yo?”. Nada grave, en realidad. Solo recordarle al mundo que el entusiasmo, sin medida, puede ser más peligroso que la mala intención. Por eso digo que el julay es una especie en peligro.

No porque haya pocos —de esos siempre nacen— sino porque cada vez quedan menos lugares donde su comportamiento resulte pintoresco en vez de problemático. El mundo moderno es demasiado rápido, demasiado público, demasiado sensible a los deslices. Antes el julay provocaba una carcajada en la tertulia. Hoy puede provocar un dolor de cabeza en un despacho.

Pero tampoco conviene enfadarse demasiado con él. El julay, al fin y al cabo, es parte del paisaje humano. Una figura casi entrañable de la comedia nacional: ese individuo que, por querer ayudar, termina moviendo la mesa justo cuando estaban colocando las copas. Si uno afina el oído, incluso puede escuchar la voz de aquel viejo maestro que me explicó la especie. “El julay —decía Zúñiga— no es malo. Solo es julay.”

Y esa, miren ustedes, es una condición difícil de corregir.

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