El 26 de septiembre de 1984, la fiesta brava vivió una de sus tardes más dolorosas. En la plaza de toros de Pozoblanco, una cornada del toro Avispado, de Sayalero y Bandrés, truncó la vida de Francisco Rivera “Paquirri”, figura de primera magnitud que dejó en los ruedos una trayectoria marcada por el valor, la entrega y una concepción del toreo que todavía permanece en la memoria de los aficionados. Cuarenta y dos años después, su nombre continúa ligado a una de las páginas más estremecedoras de la tauromaquia contemporánea.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Arbeláez – Colombia. Hay fechas que el calendario señala, pero que la afición conserva en la memoria como si el tiempo no hubiera pasado. El 26 de septiembre es una de ellas. Aquel día de 1984, en el coso cordobés de Pozoblanco, Francisco Rivera se enfrentó a una tarde que habría de convertirse en la última de su vida. El cuarto toro de la corrida, Avispado, lo hirió gravemente durante la lidia de capa. La cornada comprometió seriamente su estado y, pese a la inmediata intervención en la enfermería de la plaza y al posterior traslado hacia Córdoba, Paquirri falleció durante el trayecto, dejando al toreo español sumido en una conmoción profunda.
Pero reducir a Paquirri a aquella tragedia sería injusto con la dimensión de un torero que había construido su nombre mucho antes de aquella tarde. Nacido en Zahara de los Atunes en 1948 y criado en Barbate, comenzó a vestir de luces siendo muy joven y fue avanzando con firmeza hasta alcanzar la condición de figura. Tomó la alternativa en 1966 y posteriormente confirmó en Las Ventas, mientras su carrera se consolidaba entre las grandes referencias de la tauromaquia de su tiempo. Su trayectoria estuvo acompañada por tardes de triunfo, percances importantes y una constante disposición para asumir el riesgo propio del oficio.
Paquirri perteneció a una generación de toreros que entendía el compromiso con el toro como una responsabilidad irrenunciable. Su tauromaquia estuvo marcada por la firmeza, el oficio y esa capacidad de permanecer delante del animal cuando las condiciones exigían temple, conocimiento y valor. También conoció de cerca la dureza del toreo: en 1978, durante la Feria de Abril de Sevilla, sufrió una gravísima cornada mientras banderilleaba un toro de Osborne, percance que no impidió su posterior regreso a los ruedos. Aquella capacidad de sobreponerse a la adversidad formaba parte de la personalidad profesional de un matador que había alcanzado un lugar destacado en el escalafón.
La paradoja de aquella última tarde resulta todavía más conmovedora. Paquirri no acudía a Pozoblanco pensando que estaba ante su despedida definitiva de los ruedos. Tras la corrida había expresado su intención de continuar todavía algunos años como matador de toros y proyectaba, después, dedicar mayor tiempo a su familia y a sus actividades personales. El destino, sin embargo, escribió otra historia sobre la arena de Pozoblanco.
La muerte de Francisco Rivera “Paquirri” trascendió inmediatamente el ámbito taurino. Su cogida y posterior fallecimiento provocaron una enorme conmoción en España y quedaron incorporados para siempre a la memoria colectiva de la fiesta. La tragedia de Pozoblanco adquirió además una dimensión particular porque las imágenes de aquella tarde alcanzaron a un público mucho más amplio, convirtiendo el dramático episodio en uno de los acontecimientos que marcaron la relación entre tauromaquia, medios de comunicación y sociedad durante aquella época.
Hoy, cuando la efeméride vuelve a detener el calendario, no se trata únicamente de recordar una cornada mortal. Se trata de volver la mirada hacia el torero que existió antes de la tragedia, hacia sus triunfos, sus percances, sus tardes de responsabilidad y su condición de figura. Porque en la historia de la tauromaquia los grandes nombres no desaparecen cuando abandonan la arena: permanecen en la memoria de las plazas, en las conversaciones de los aficionados y en la emoción que despierta recordar cómo torearon y cómo entendieron su profesión.
Cuarenta y dos años después, Pozoblanco sigue pronunciándose con respeto, y el nombre de Paquirri continúa sonando entre los aficionados como el de un torero que entregó su vida al toro. El tiempo ha pasado, pero aquella tarde del 26 de septiembre de 1984 permanece como una de las páginas más dolorosas de la historia reciente de la fiesta brava. Una fecha de luto, sí, pero también una fecha para reivindicar la trayectoria de Francisco Rivera “Paquirri”, cuya figura continúa caminando, de alguna manera, por la memoria eterna del toreo.






















