San Isidro: Román Conquista Madrid

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La vigesimosexta y última corrida de la Feria de San Isidro 2026 dejó mucho más que un resultado estadístico: confirmó que la plaza de Las Ventas sigue premiando la autenticidad, el valor y la capacidad de imponerse a la dificultad. En una tarde áspera, marcada por la complejidad del encaste de Victorino Martín, el valenciano Román abrió la Puerta Grande gracias a una faena de enorme verdad frente al bravo “Gallarete”, un toro exigente que obligó a torear con colocación, firmeza y mando.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Ubaté – Colombia. Madrid no abrió la Puerta Grande por entusiasmo pasajero ni por concesión ambiental. La abrió porque apareció un torero capaz de entender el lenguaje áspero, incómodo y profundamente auténtico del encaste de Victorino Martín. Y eso, en el último festejo de la Feria de San Isidro, adquiere una dimensión mayor.

La corrida número 26 del ciclo isidril no fue una tarde de triunfalismos fáciles. Fue, por el contrario, una corrida de análisis, de técnica, de inteligencia y de capacidad para descifrar un comportamiento ganadero que exigía soluciones inmediatas. En ese contexto emergió la figura de Román, que convirtió una tarde de máxima exigencia en una declaración de madurez taurina.

Con la plaza de Las Ventas abarrotada bajo el cartel de “No hay billetes”, el hierro de Victorino Martín volvió a imponer sus condiciones: toros de enorme seriedad, distintos matices de comportamiento y una permanente sensación de incertidumbre. Nada fue sencillo. Cada muletazo debía construirse desde el conocimiento del terreno, el dominio de las distancias y la precisión en el toque.

La corrida confirmó una realidad incontestable: el encaste victorino no admite simulaciones.

Mientras otros trasteos quedaron atrapados en medias soluciones, dudas técnicas o faenas incapaces de romper definitivamente hacia adelante, Román encontró la clave exacta ante el tercero de la tarde, el bravo “Gallarete”, un toro de embestida vibrante, humillada y larga, pero que jamás regaló una embestida.

Ahí apareció la dimensión más importante del triunfo del valenciano: entendió que al toro había que someterlo desde la colocación y no desde el alivio.

Desde el inicio de la faena de muleta se percibió una conexión distinta. La muleta apareció siempre adelantada, presentada con claridad y llevada por abajo, tirando de la embestida hasta el final. El toro exigía firmeza y continuidad. Cada error de colocación podía traducirse en desarme, enganchón o derrota. Sin embargo, Román toreó con una seguridad impropia de una plaza que suele devorar las dudas.

Las series sobre la diestra tuvieron profundidad y emoción. El toro acudía con transmisión y el torero lograba llevarlo cosido a la tela, administrando alturas y distancias con inteligencia. Cuando la embestida perdió algo de inercia, lejos de descomponerse, el valenciano ajustó las soluciones técnicas: mayor conducción, más toque adelante y un temple más largo para evitar que el toro se quedara a mitad de viaje.

Eso fue precisamente lo que dio dimensión a la obra: no se trató de una faena basada únicamente en el valor, sino en la comprensión exacta del comportamiento del animal.

Madrid percibió esa autenticidad.

Porque en Las Ventas el público puede perdonar el fracaso, pero nunca la falta de verdad. Y lo de Román tuvo verdad desde el primer cite hasta la estocada final.

La espada terminó de derribar cualquier resistencia. Una estocada recibiendo, ejecutada en el centro del ruedo y de perfecta ejecución, terminó por convertir la faena en un acontecimiento de gran dimensión emocional. La plaza se puso en pie porque entendió que había presenciado una actuación construida desde la pureza del toreo y no desde el efectismo.

Las dos orejas tuvieron un peso específico enorme dentro de la feria.

Especialmente porque llegaron en una tarde donde el resto del festejo evidenció la dificultad estructural de la corrida. Morenito de Aranda dejó momentos de enorme profesionalidad frente a toros complejos, desarrollando lidias de mucho oficio ante animales orientados y de cortos viajes. Su actuación estuvo marcada por el esfuerzo silencioso y la constante búsqueda del pitón contrario, aunque sin terminar de encontrar una faena de rotundidad.

Por su parte, Fernando Adrián se enfrentó a un lote con movilidad y ciertos matices de calidad, pero las faenas quedaron atrapadas en una sensación de intermitencia. Hubo voluntad y disposición, aunque sin llegar a consolidar una estructura definitiva que rompiera el ambiente adverso de Madrid.

Pero la tarde ya tenía dueño.

Y quizá lo más importante para la carrera de Román no fueron únicamente las dos orejas, sino el modo en que las consiguió. La Puerta Grande de Madrid no solo premió una actuación aislada; premió la capacidad de imponerse al toro más completo de la corrida desde el concepto clásico del mando, el temple y la colocación.

La corrida de Victorino Martín volvió a recordar que el toreo auténtico sigue naciendo del riesgo y de la capacidad de resolver problemas reales en la cara del toro.

Y en medio de esa batalla técnica, emocional y taurina, Román salió de Las Ventas convertido en el gran nombre de la última tarde de San Isidro 2026.

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