AL AGUIRRE

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BARQUERITO.FOTO BERNARDO CORRAL

He visto a gente joven cargada de garrafones de calimocho camino de la Plaza del Castillo a las diez y poco de la mañana. Garrafones de plástico. El control en la zona del cohete ha sido exhaustivo. Eso me contaron luego..

Redacción: Barquerito

El autobús de Barañain no iba tan cargado de gente como otras veces. Era día de labor en Villava y Burlada. Pero los Agüero, los ferreteros, ya echaron la persiana ayer y hasta el día 16. Me hubiera gustado comprar un pelador de tomates que vi en el escaparate. Una ganga. El tomate está en julio en su punto. El de Tudela. El auténtico. No admite imitaciones.

La gente que desayuna en cafés de franquicia -la Taberna, el Arrasate- de autoservicio no recoge los servicios -vasos, tazas, platos, cubiertos- ni limpia manchas ni recoge migas de las mesas. Una porquería. Todo el mundo hablando de cómo los futbolistas japoneses del Mundial dejaban el vestuario después de usado, y de rendirse admirados a las costumbres imperiales, pero nada. En Japón no es costumbre desayunar fuera de casa. En cambio, el desayuno en la calle es una de las claves de la economía sumergida en España. Si hay periódico disponible y corre de mano en mano, llega a las tuyas con manchas de aceite y tan arrugado que parece el periódico de ayer. Lo normal en Japón es leer el periódico en el tren. Y en Londres.

El día del cohete conmueve saber que los miles de gentes que acuden al centro de Pamplona respetan las flores de los arriates de Carlos III y las fuentes de Merindades y Príncipe de Viana. Igual que en Japón.

El ascensor de Descalzas subía a las 11 abarrotado. Los dos. Para bajar al Gas éramos solamente cinco. La cola de los corrales, de apenas veinte personas mayores y otros tantos niños. El cuadro de los corrales, con cuarenta y tantos toros ya a la vista tras los ventanos de cristal blindado, es como una alucinación. La corrida del Puerto de San Lorenzo, en la primera sala del museo, corta el hipo. La de Cuvillo, los siete toros reunidos como en una melée protectora, la más bella de ver. Los niños hacen preguntas y comentarios fascinantes.

Y, luego, el plácido paseo por el Parque de la Rochapea. Solo me crucé con cuatro gitanas rumanas, un abuelo con perro y una pareja de mi edad. Las atracciones de la feria -aquí se llaman barracas- y los puestos del ferial estaban en modo silencio. En el tramo junto al puente el Arga pasa remansado. El Soto de las Lavanderas es muy evocador. Casi todos los paneles y casi todas las cartelas de los parques del Arga han sido debidamente vandalizados, como las mesas de desayuno de las franquicias, pero el de las Lavanderas resiste de momento. No des pistas.

Hay una pasarela japonesa. El arbolado está espléndido. Un cortejo de urrracas, mirlos también. El puente de San Pedro, no sé si romano, es una joya escondida. El Monasterio Viejo de San Pedro, donde el Museo de Ciencias Ambientales, cierra el mes de julio completo. Delante de lo que fue pórtico de la iglesia, en la calle Antsoain, hay una glorieta rotonda sembrada de lavanda en flor, un  cerco de lavanda en torno a un tilo solitario. Con las yemas de los dedos me he triturado dos o tres ramitos. Sentado en el patio trasero de San Pedro, en lo que tal vez fuera huerto cercado, me senté a la sombra de las jacarandas a escuchar el cohete.¡Viva San Fermín! Las flores vellosas de la jacaranda, entre malvas y rosadas, ya se caen solas. Son inodoras. Una lectura de la prensa muy somera. Y el crucigrama de Fortuny en La Vanguardia, que es adictivo.

Hasta el puente de la Magdalena llegué. El frontón y el molino de Ayestarán resisten vivos el paso de los años. Se han multiplicado las huertas comunales. Algunas de ellas, muy floridas. ¿Tomates? Tal vez.

La vuelta a pie dese el río a San Cernin ha sido fatigosa. Abarrotada la ronda, costaba pasar el Portal de Francia y hacerse un hueco hasta el Archivo y Aldapa. Santo Domingo, a tope: el mercado, la cuesta, los garitos, las aceras. Diez minutos por la calle Ansoleaga para navegar desde San Cernin a la plaza de San Francisco, donde una batucada hacía su agosto sonoro. Mas sencillo atravesar San Miguel, pero ya empezaban a pegarse las suelas de los zapatos en la calzada. Vi a gente joven con la camisa blanca teñida de vinazo. La cita, en La Fogoneta. Todas las mesas, reservadas. Qué manteles, qué cubertería, que vajilla. Y antes de bajar a Oricain, un vinito en El rincón de Leo, Paulino Caballero, donde estuvo el taurino Enciso antes de ahora. El rincón, diseño italiano, es un lugar delicioso. Leo es vieja amiga. Su madre guisaba en el Iruek como los ángeles. Aquellos purés de verdura me dieron vida algunos años.

Y al Aguirre. Oricain. Camino de Francia se serena el aire, verdean las lomas de los montes y el sol brilla sin cegar.

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