San Isidro: La Tarde se Hizo Eterna

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La decimonovena de San Isidro 2026 dejó una sensación pesada en Las Ventas: una corrida interminable, marcada por los sobreros, las devoluciones, la falta de raza y un ritmo que terminó por desconectar al público. Solo momentos aislados de Morenito de Aranda, el temple intermitente de Talavante y el exquisito capote de Pablo Aguado evitaron que la tarde se desplomara por completo en el tedio. Madrid asistió más a una prueba de resistencia que a una verdadera celebración taurina.

Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada

Lenguazaque – Colombia. Hay tardes en Las Ventas que no se miden por las orejas, ni por los trofeos, ni siquiera por las faenas memorables. Se miden por el peso del tiempo. Y la decimonovena de San Isidro 2026 dejó precisamente esa sensación: la de una corrida interminable, espesa, emocionalmente agotadora y técnicamente frustrante, donde el reloj pareció correr más lento que las embestidas.

La plaza registró un lleno absoluto, pero el ambiente terminó convertido en una mezcla de cansancio, desconexión y protesta soterrada. Lo que debía ser una cita de expectación terminó derivando en una larga travesía de toros inválidos, sobreros, pausas constantes y faenas que nunca alcanzaron continuidad emocional. La corrida se rompió desde muy temprano y jamás volvió a recomponerse.

El problema no estuvo únicamente en la falta de fuerzas. Madrid puede aceptar un toro justo de motor si existe emoción, clase o transmisión. Lo verdaderamente preocupante fue la ausencia de fondo, de raza y de ritmo. La mayoría de los ejemplares de Garcigrande presentaron hechuras descompensadas, excesivo volumen y apoyos deficientes. Muchos llegaron al último tercio defendidos, sin capacidad de sostener una faena larga ni de soportar la exigencia de la plaza. El resultado fue un espectáculo permanentemente interrumpido: toros caídos, protestas, devoluciones, cambios, avisos y trasteos condenados a morir antes de tomar vuelo.

La tarde terminó atrapada en un círculo vicioso: los toros no tenían duración, los toreros debían administrar las fuerzas al extremo y el público, consciente de la falta de emoción, comenzó a pedir brevedad. Ese es quizá el síntoma más grave en Madrid. Cuando Las Ventas deja de exigir profundidad y empieza a reclamar abreviar, la corrida ya ha perdido la batalla.

Morenito de Aranda fue quien más claramente entendió la dimensión técnica del encierro. Su primero tuvo transmisión y codicia, aunque también una condición áspera y exigente que impedía cualquier relajación. El burgalés respondió con firmeza, mando y una colocación muy inteligente, especialmente sobre la diestra. No fue una faena rotunda, pero sí una obra de oficio serio frente a un animal que pedía precisión quirúrgica. En el cuarto volvió a aparecer la versión más reflexiva del torero, entendiendo que aquel toro requería distancia, tiempos muertos y cites paralelos a tablas. La faena tuvo más contenido técnico que impacto popular, algo difícil de valorar en una plaza ya emocionalmente agotada.

Alejandro Talavante vivió el episodio más representativo de la tarde. Su primero dejó claro muy pronto que la emoción iba a durar poco; la exigencia inicial consumió las pocas reservas del toro. Sin embargo, el quinto bis de Torrealta cambió momentáneamente la atmósfera. El sobrero tuvo clase, especialmente por el pitón izquierdo, y permitió ver algunos pasajes de enorme pulso y suavidad. Talavante encontró naturales largos y templados, toreando con estética y cadencia. Pero incluso esa faena terminó arrastrada por el contexto general: el toro se apagó, el trasteo perdió estructura y el público acabó dividido entre quienes valoraban el gusto y quienes rechazaban el toreo accesorio y las concesiones efectistas. La oreja concedida no logró cerrar la discusión; más bien terminó reflejando el desconcierto colectivo de la tarde.

Pablo Aguado, por su parte, dejó lo más bello con el capote. Hubo verónicas de enorme aroma sevillano, medias de cartel y momentos de auténtica seda frente a toros muy limitados. Pero el sevillano chocó una y otra vez contra la misma pared: animales sin repetición, sin empuje y sin capacidad de sostener el embroque. El tercero bis apuntó calidad, aunque completamente ahogado por la falta de fuerza; el sexto bis fue directamente un epílogo deslucido para una corrida ya vencida por el aburrimiento.

Y ese fue el gran protagonista de la tarde: el tedio. Un tedio silencioso, progresivo, pesado. No el aburrimiento provocado por la ausencia absoluta de calidad, sino el que nace de la frustración constante. Porque hubo detalles, destellos y toreros dispuestos. Lo que faltó fue continuidad. Cada vez que parecía abrirse una puerta hacia la emoción, la corrida se desplomaba otra vez entre caídas, falta de raza o faenas sin recorrido.

La corrida dejó además un debate inevitable sobre el modelo de toro contemporáneo. El exceso de volumen, unido a estructuras corporales poco armónicas, terminó condicionando decisivamente la movilidad y duración de los animales. Madrid necesita emoción, pero también necesita toros capaces de sostenerla. La presencia sin fondo termina convirtiéndose en una trampa para todos: para el torero, que no puede construir; para el público, que se desconecta; y para la propia Fiesta, que pierde intensidad dramática.

San Isidro tuvo en esta decimonovena una de esas tardes que desgastan más de lo que emocionan. Una corrida larga no siempre es una mala corrida; hay tardes extensas que se vuelven históricas. Esta, en cambio, terminó siendo larga porque nunca encontró el pulso. Y cuando una plaza como Las Ventas empieza a mirar el reloj más que el ruedo, el espectáculo deja de ser rito para convertirse simplemente en espera.

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