Tarde lluviosa y de respeto en Manizales, con una corrida sin gran bravura, pero sostenida por la entrega y el oficio de los toreros: Luis Bolívar brilló por su inteligencia y mando, Daniel Luque dejó una faena templada y técnica, y Marco Pérez mostró madurez y actitud, confirmando que, aun sin brillo fácil, la torería auténtica dio sentido a la tarde.
Redacción: David Jaramillo – Cultoro.es – Web Aliada
Manizales – Colombia. La tarde no empezó mal. Empezó mojada. Una lluvia constante, gris, casi resignada, cayó sobre Manizales desde antes del paseíllo y no se fue hasta el último arrastre. De ese tipo de lluvia que no interrumpe, pero molesta. La plaza, sin embargo, casi se llenó, y ese dato ya era promesa de que allí se iba a ver algo más que agua. Lo que vino después fue una lección sin alardes: ni fue una gran corrida, ni hubo bravura desbordante. Pero sí hubo toreros dispuestos a sacar lo mejor de lo poco que había. A veces, incluso más de lo que había.
Luis Bolívar abrió la función con un toro suelto, distraído, que se iba por las tablas. Aun así, lo saludó de rodillas con dos largas cambiadas, luego lo toreó a la verónica con calidad y gusto. Pero no fue hasta la muleta cuando empezó la pelea de verdad: había que sujetar al toro, encelarlo sin apretar, negarle la escapatoria. Bolívar lo fue metiendo en el engaño con suavidad, y cuando lo tuvo, le dejó varias tandas de derechazos recios, poderosos, bien rematados. El premio se escapó por el lento efecto de la espada, pero quedó claro el mando. Con el cuarto se superó: un toro muy justo de raza y de fuerza, que exigía más cuidado que mando. Bolívar lo trató con inteligencia: le dio distancia, aire y pausas. Él mismo se encargó del segundo tercio. Inició de rodillas en los medios, con suavidad arriba, y fue componiendo una faena de respeto absoluto al animal. Cada muletazo era una lección. El toro, agradecido, respondió con nobleza. Por el izquierdo ofreció lo mejor. La estocada recibiendo fue de manual. Las dos orejas, sin discusión.
El otro nombre del día fue Daniel Luque. Le tocó en primer turno un toro noble, con clase, pero disimulado bajo cierta intención de rajarse y un calamocheo molesto. El sevillano supo verlo desde el principio, y aunque no pudo lucirse de salida, dejó un quite por delantales y media que fue un cartel. Luego, con la muleta, fue al grano: temple, firmeza, mando sin violencia. Empezó a construir la faena de menos a más, y a medida que el toro se dejó, Luque le alargó las embestidas, le dio ritmo, y firmó una obra que, sin ser espectacular, fue técnicamente impecable. Toreo largo, humillado, con empaque y temple. Las luquesinas del cierre pusieron el sello. Y el estoconazo, los dos trofeos. Curiosamente, este toro no fue premiado. El reconocimiento de la vuelta al ruedo lo recibió ”Fogón”, el tercero. Un buen toro, sí, pero no superior al anterior. En el quinto, Luque se encontró con el reverso exacto: un toro sin celo, sin ritmo, sin clase. Lo intentó con voluntad, pero sin ceder al recurso fácil. Estocada y a esperar la próxima.
Y luego, Marco Pérez. El más joven del cartel, el que muchos miraban con lupa. Le tocó “Fogón”, toro serio, que no humillaba, pero venía pronto y fijo. El salmantino entendió pronto que no podía exigir por abajo, así que toreó a media altura, con limpieza, suavidad y mucha inteligencia. Le dio continuidad a lo que tenía, sin apretar de más. El toro, aunque se fue apagando, dejó estar. Y Marco, sin forzar nada, fue conectando con el tendido. Cuando la cosa se vino abajo, él sostuvo. Mató bien, cortó dos orejas y el palco premió también al toro. En el sexto, sin embargo, no hubo historia. Un manso sin opciones, que cabeceaba, protestaba y se defendía. Aun así, Pérez se quedó, insistió, alargó la faena buscando una rendija que no existía. El público lo valoró, aunque ya el tono de la tarde había bajado.
Se guardó un minuto de silencio tras el paseíllo, en memoria de los aficionados fallecidos durante 2025. Y fue un gesto que pareció marcar el tono de la tarde: respeto, sobriedad, entrega. Bajo la lluvia, sin grandilocuencias, Manizales vivió una corrida que no sé si será de las más recordadas, pero que quedará como ejemplo de cómo se torea cuando no hay brillo fácil. Cuando no hay toro bravo, pero sí torero dispuesto. Y eso, para el aficionado, vale tanto o más.
Ficha del Festejo
Sábado 10 de enero. Plaza de toros de Manizales, Colombia. Sexta de feria. Casi lleno en tarde variable. Toros de Juan Bernardo Caicedo y Las Ventas del Espíritu Santo (5⁰, sobrero), parejos en su buena presencia. El tercero, “Fogón”, nº 416, noble y franco, pero a menos, fue premiado con la vuelta al ruedo. El mejor fue el segundo, noble, de buen fondo y a más. Los demás, mansearon. Luis Bolívar, de grana y oro, palmas y dos orejas. Daniel Luque, azul marino y oro, dos orejas y silencio. Marco Pérez, grana y oro, dos orejas y palmas tras aviso. Se guardó un minuto de silencio, al terminar el paseíllo, en recuerdo a varios aficionados fallecidos durante el 2025.
























