Un encierro serio y bien presentado de Santa Bárbara marcó una tarde de contrastes en Manizales: la falta de acierto con los aceros de Román, la expresión más pura y rotunda de la torería de David de Miranda, y el infortunado y dramático percance de Juan de Castilla, en un festejo precedido por un homenaje profundamente emotivo que estremeció a la plaza.
Redacción: Héctor Esnéver Garzón Mora – www.enelcallejon.co/ – Web Aliada
Manizales – Colombia. La segunda corrida de la Feria de Manizales 2026 fue mucho más que un festejo taurino. Fue una tarde cargada de simbolismo, emociones a flor de piel y contrastes profundos entre el arte, el valor, el silencio y la tragedia. Desde antes del paseíllo, la plaza ya estaba predispuesta a la sensibilidad, al recuerdo y al respeto.
Se cumplía un año exacto del grave accidente sufrido por el subalterno Ricardo Santana, y la organización tuvo el gesto, tan necesario como justo, de rendirle un sentido homenaje, extensivo a todo el Cuerpo Médico que lo acompañó con profesionalismo, humanidad y entrega durante su largo y complejo proceso de recuperación. La calle de honor, recorrida en medio del aplauso sincero y del silencio respetuoso, fue uno de esos momentos que engrandecen la Fiesta: el toreo entendido como familia, como solidaridad y como gratitud eterna hacia quienes arriesgan su vida, dentro y fuera del ruedo, al servicio del espectáculo.
Ese prólogo emotivo dio paso al toro, eje fundamental de la tarde. Los ejemplares de la ganadería Santa Bárbara saltaron al ruedo con una presentación irreprochable, bien armados, de cuajo serio y trapío acorde a la categoría de Manizales. Un encierro que, sin ser uniforme en comportamiento, ofreció un abanico interesante de matices en bravura, nobleza y exigencia.
El primero fue bravo en el límite, noble pero desclasado y distraído, sin terminar de entregarse; recibió algunos pitos por su comportamiento irregular. El segundo, sin duda el toro de mayor nota del encierro: bravo, fijo, noble, con casta y clase al filo, permitiendo el lucimiento y siendo justamente premiado con la vuelta al ruedo. El tercero mostró tendencia a huir, distraído, noble pero muy justo de fondo. El cuarto, bravo y encastado, noble y fijo, aunque limitado en clase, fue reconocido con palmas en el arrastre. El quinto, encastado y noble, acusó tardanza y falta de bravura sostenida. Cerró plaza un sexto obediente y noble, pero muy limitado en casta, bravura y transmisión.
Abrió plaza Román, vestido de purísima y azabache, dejando claro desde el capote su intención de mandar y someter. Lanceó a favor del burel, buscando siempre la colocación correcta. Con la muleta firmó una faena marcada por la parsimonia, el oficio, el mando y el temple, sacando muletazos de poder ante un toro que no terminaba de romper. Faena seria, de estructura sólida, pero sin la emoción suficiente para encender los tendidos. La espada volvió a ser su talón de Aquiles y, tras aviso, se retiró en silencio.
En el tercero, que lidió tras el percance de su compañero, Román asumió la responsabilidad con profesionalismo. Volvió a imponer poder y firmeza, tragando ante un toro complicado y deslucido. Sin embargo, el mal uso de la tizona, dos pinchazos, media estocada y golpe de verduguillo, volvió a diluir cualquier opción de reconocimiento. Nuevo silencio, reflejo de una tarde de mucho trabajo y nulo premio.
Con el quinto, segundo de su lote, salió decidido desde el saludo capotero: larga cambiada de hinojos, verónicas acompasadas y un buen remate con revolera. En la muleta, descifró las múltiples teclas que planteaba un toro encastado pero irregular, construyendo una faena de poder, valor y determinación. De nuevo, el acero le negó cualquier posibilidad de trofeo. Tarde importante de Román en cuanto a actitud y capacidad, pero duramente castigada por la espada.
La dimensión artística y triunfal llegó de la mano de David de Miranda, vestido de burdeos y oro, quien se erigió como el gran nombre del festejo. Con el segundo, dejó verónicas de gran factura, lentas y templadas. Ya con la muleta, desplegó una torería pura, basada en el sitio, los tiempos exactos, la despaciosidad y el mando. Una faena enorme, sólida, de gran calado, que conectó de lleno con los tendidos y fue acompañada por el pasodoble “Feria de Manizales”, reconocimiento reservado a las faenas grandes. La estocada, en todo lo alto, fue el broche perfecto para un triunfo rotundo: dos orejas indiscutibles.
En el cuarto, volvió a lucirse con el capote y cuajó otra faena contundente, esta vez más vertical, fajándose al toro por ambas manos, imponiendo su concepto clásico y su temple. Una estocada efectiva le valió una oreja tras aviso, confirmando su gran momento y su conexión con el público manizaleño.
Cerró plaza con el sexto, toro que correspondía a Juan de Castilla. David de Miranda volvió a dejar bellas verónicas y planteó una faena corta pero intensa, basada en la torería, la decisión y el valor. La gran estocada, ortodoxa y eficaz, provocó una fuerte petición de oreja, incomprensiblemente negada por la presidencia. En humilde opinión, cuando el público solicita con fundamento y la ejecución con la espada es ejemplar, el trofeo debe concederse: la estocada también hace al matador.
La nota más amarga y dolorosa de la tarde la protagonizó Juan de Castilla, vestido de grana y oro. Apenas pudo mostrarse con el capote cuando, en un gesto de torero íntegro y solidario, acudió al quite para auxiliar a su banderillero Iván Darío Giraldo. En ese instante, el toro lo prendió de manera violenta, provocando un silencio sepulcral en la plaza. El parte médico inicial confirmó la gravedad del percance: fractura expuesta de tibia y peroné en la pierna izquierda, además de cornada en dos trayectorias con entrada y salida en el muslo posterior derecho, sin lesión vascular aparente. Fue trasladado de urgencia a la Clínica Santa Sofía de Manizales, dejando una sensación de tristeza y respeto absoluto en los tendidos.
Así concluyó una tarde intensa, de emociones profundas y contrastes marcados: la seriedad del encierro de Santa Bárbara, la entrega sin premio de Román, la torería grande y convincente de David de Miranda, y el drama humano que golpeó a Juan de Castilla. Con casi lleno en los tendidos, Manizales volvió a escribir una página de feria donde el toreo mostró, una vez más, su verdad completa: arte, valor, entrega… y riesgo.
























